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Mi pasado progresista

13 03 2014 - 22:22

Yo me la veía venir. Tarde o temprano me iba a reencontrar con mi pasado progresista, un período que en mi caso va desde los 18 años —cuando salí de casa rumbo a la Facultad— hasta más o menos los 30, cuando me interesó empezar a entender cómo funcionaban las cosas. Mi pasado progresista me encontró en Facebook, como esos amigos de la primaria que dejamos de ver y que veinte años más tarde vuelven con la fantasía de encontrar la misma persona que una vez les prestó la plasticola. La diferencia es que los amigos de la infancia quieren encontrarte por encontrarte, por curiosidad, sin pedir nada a cambio. Quieren ver si estás más viejo o más gordo o más canoso o más pelado, aunque siempre te van a decir que estás igual. El pasado progresista, en cambio, te persigue para decirte que no estás igual, que ya no sos el mismo; para horrorizarse de que ya no seas su copia fiel. El pasado progresista viene a pasarte una factura.

La culpa del reencuentro con mi pasado progresista la tuvo Nicolás Maduro. Lo que de alguna forma me hermana con los millones de venezolanos indignados con su gobierno. Bastó decir que un gobierno democrático no debería matar estudiantes o encarcelar opositores para que en Progrelandia sonaran todas las alarmas. En la Biblioteca Nacional hay una sala secreta donde Horacio González, con un casco de titanio en la cabeza, rastrea a cada uno de los progresistas argentinos que existen en el planeta, como en X-Men. Cuando detecta un progresista que mutó, presiona un botón rojo, y ahí los colectivos paraprogresistas salen a buscarte. A diferencia de lo que pasa en Venezuela o en Cuba (capital galáctica de la especie), cuando te encuentran sólo te matan simbólicamente. En eso, hay que reconocerlo, hay cierto progreso. No hay juicios sumarios como antes, sino comentarios llenos de tristeza existencial, de auténtica decepción tanguera por lo que vos fuiste y ya no sos: uno de ellos.

El reproche suele destilarse en la misma pregunta: ¿Qué te pasó, Guille querido? Lo que me pasó es fácil de responder. Me pasó algo que, evidentemente, no les pasó a ellos: cuestioné los mandatos paternos y cambié de opinión sobre muchas cosas. Pero la carga letal en esta pregunta no es “¿Qué te pasó?”, sino “Guille querido”. Tanto, que algunos de mis nuevos compinches postprogresistas cayeron en la trampa y comentaron: “Pero se ve que te querían”. Error. Todo sugiere que me querían, sí, pero como proyecto político, no como acostumbran querer los amigos de la infancia. Y esto, aunque parezca una boludez, no es ninguna boludez. Es el rasgo principal, a la vez humano e inhumano, del amor progresista. Te quieren como ellos, a su imagen y semejanza. Y sino: “Te querían”.

Una noche, conversando con mi primo —uno de los tantos pibes protoprogresistas fascinados con la edad de oro del kirchnerismo— tuve una iluminación, producto probablemente del exceso de whisky. Le dije: “Julián, vos no sos ellos.” Y se lo repetí como mantra de borracho hasta que nos desmayamos. Nótese que hay una diferencia entre decir: vos no sos ellos y afirmar que vos no sos como ellos. Es la diferencia básica entre estar más o menos cuerdo y estar completamente loco. Lo que me pasó fue esto: percibí con claridad que la naturaleza del amor de mis héroes era una locura. Ellos querían reencarnar en mí y usar mi única vida para perpetuar las suyas. Que el capitalismo me quite la plusvalía, vaya y pase, en todo caso podemos discutir el precio. Pero mi única vida no.

¿Para qué nos querían? Yo creo que, en el fondo, para no ser juzgados. ¿No fue por eso que se fueron de la Plaza cuando Perón no resultó ser el Perón que ellos querían? Y tal vez hayan vuelto ahora porque, para un huérfano, el juicio de un padre es menos definitivo que el juicio de los hijos. Volvieron con los defectos intactos, a clonarse.


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