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Comprensión de textos

13 03 2014 - 22:23

Dicen unos (unos que se atribuyen capacidades para chequear el discurso público, capacidades que son reconocidas y promovidas por al menos uno de los más importantes diarios de la Argentina, si bien a esta altura habría que chequear antes qué significa ser un diario importante en la Argentina y tal vez —por qué no— chequear también si la Argentina existe) que no es posible sostener que uno de cada cuatro adolescentes en la Argentina es incapaz de comprender lo que lee.

Dejemos de lado la afirmación en sí, que no es más que una formulación marketinera aunque decentemente descriptiva de dos datos que ninguna persona bienintencionada y sensata discutiría: en 2008 —último dato oficial disponible— solo el 53,1% de los chicos argentinos egresó del secundario en tiempo y forma: sin abandonar ni repetir ningún año (la cifra para el año 2001 fue del 55,2%), y el 53,6% de los chicos de 15 años evaluados en las pruebas PISA obtuvo menos de 2. Siendo 1 el mínimo desempeño y 6 el máximo, el resultado exhibe serias dificultades para la comprensión de textos. El presuntamente insostenible “uno de cada cuatro chicos no comprende lo que lee” es, en realidad, por lo menos, razonable. Señora: si su hijo de 18 años aún no logró completar el secundario, y si según el test PISA no se demostró capaz de comprender un documento no más complejo que una noticia promedio de una revista no científica, entonces debería al menos formular con mucho cuidado la nota en la que le pide que compre dos leches y riegue el malvón.

Amén de esta formulación en particular, queremos detenernos en una diferencia crucial entre ambos datos. El indicador obtenido en PISA es reciente y verificable: el operativo se llevó a cabo en el 2012, los datos se controlaron y elaboraron durante el 2013, se anunció según un cronograma cuándo se publicarían. Ese cronograma fue prolijamente respetado, y en diciembre de 2013 estuvieron disponibles para cualquiera con acceso a Internet los informes, los resúmenes, las bases de datos, los instrumentos, los detalles de la metodología e inclusive las reseñas periodísticas y especializadas de las propias pruebas.

La diferencia con el dato de egresos en tiempo y forma, elaborado erráticamente por el Estado argentino, salta a la vista: la información citada tiene seis años. Tiempo suficiente para el egreso del secundario de una nueva cohorte completa de chicos. Los propios chequeadores lo explican:

Desde el Ministerio de Educación de la Nación mencionaron a Chequeado que hoy en día no cuentan con una forma de calcular el porcentaje de chicos que arrancan primer grado y terminan el secundario en tiempo y forma. Tampoco existe un dato exacto sobre qué cantidad de personas que empezaron la primaria terminaron la secundaria en algún momento, más allá de su edad.

¿Qué dato puede ser más relevante que este? Al parecer, que no se tenga información elemental confiable es algo que sencillamente el Ministerio de Educación menciona (sic). El verbo elegido es tan indicativo de la desidia del Ministerio de Educación como de la irresponsabilidad de Chequeado.

Como sea, lo que dice el Ministerio es falso: hay datos censales sobre la cantidad de jóvenes de 18 años que existían en la Argentina en el 2010, y por lo tanto es posible hacer estimaciones relativamente sencillas de cuántos son hoy, y también hay datos recientes de matrícula escolar. Solo hay que saber hacerlo. De modo que o bien el Ministerio desconoce procedimientos elementales de estadística, o no tiene interés en implementarlos.

Es más: si alguien tuviera ganas y buen criterio podría relevar las edades de quiénes cursan en las escuelas, dado que las escuelas suelen recurrir a procedimientos sencillos pero fiables, como preguntarles a los alumnos cuántos años tienen, quiénes son, cuáles son sus dificultades en el aprendizaje.

No contar con formas de calcular el porcentaje de chicos que egresan en tiempo y forma no es algo que un Ministerio puede sencillamente traer a colación. Es, como dijimos, producto de la desidia, del desprecio por los datos reales, de no querer mostrar de manera objetiva lo que subjetivamente saben los padres desesperados por pagar cuotas en una escuela privada: las escuelas secundarias públicas no cumplen con las más básicas de sus funciones (de hecho, los padres muchas veces tampoco saben si las escuelas privadas lo hacen, pero es posible que el esfuerzo de pagarlas los conduzca al menos a imaginarlo). La inexistencia de información cierta sobre la eficiencia del sistema educativo es la contracara de la insistencia infinita en que se gasta el 6% del PBI en educación, como si eso fuera alguna clase de respuesta al hecho incontrovertible de que la mitad de los adolescentes no comprende textos elementales. No contar con información sobre las trayectorias escolares de los adolescentes es afirmar, chequeadamente, que los adolescentes que no saben leer no importan.

Que un ministerio de educación reconozca abierta e impunemente que no sabe a dónde fue a parar un chico de 18 años que alguna vez ingresó en una escuela primaria a su cargo no es una afirmación insostenible: es una realidad francamente insoportable.


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