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Festín diabólico

21 03 2014 - 18:43

Hace unos días vi el documental franco-camboyano L’image manquante, nominado al Oscar en la categoría de mejor film en lengua extranjera. El film, dirigido por Rithy Pahn, testimonia el horror del Khmer Rouge de manera original y conmovedora. Entre sus muchos aciertos se cuenta la banda sonora, compuesta en parte por canciones de rock n’ roll camboyano. La combinación del rock n’ roll clásico con melodías del sudeste asiático y la musicalidad de la lengua khmer me resultaron intoxicantes y, al volver a casa, me puse a investigar sobre rock camboyano. Cuál no sería mi sorpresa al descubrir que la movida del rock en Camboya en los años ’60 y hasta 1975 fue una de las más importantes y fascinantes de Oriente. Este año se estrena un documental al respecto, Don’t Think I’ve Forgotten, y en YouTube hay videos con largas compilaciones de rock camboyano. El fenómeno del rock n’ roll tanto en Occidente como en Oriente se debió no solo a la música sino también al baile. Fueron los contoneos desaforados y eléctricos de los jóvenes que escandalizaron a sus mayores. Puritanos por todo el globo terráqueo lo caracterizaron como un baile “demoníaco” y algunos hicieron campaña para prohibirlo (el boicot contra los Beatles en Filipinas es uno de los ejemplos más famosos, pero los hay de a cientos). Uno de los más geniales retratos del pánico que infundió el rock n’ roll es la escena final de Simón del Desierto (dir. Luis Buñuel, 1965) en la que el famoso estilita del siglo IV baila frenéticamente con Satanás (encarnado por la bella Silvia Pinal) al compás de una banda de rock en un típico boliche de los años ’60. Como Simón y el diablo, como miles de adolescentes a lo largo y a lo ancho del orbe, en los ’60 y ’70 la juventud camboyana bailaba el rock con frenesí hasta que un día llegó la revolución agraria de Pol Pot (otra alma iluminada en la rive gauche). Entre 1975 y 1979 más de 1,7 millones de personas murieron al servicio de la utopía marxista, entre ellos todos los músicos de rock. Ya no se bailó más y todo el mundo fue a parar a los arrozales.

Las imágenes de la juventud camboyana (sueca, canadiense, argentina, para el caso es lo mismo) bailando rabiosamente el rock n’ roll son un vívido recordatorio del poder de la danza. Desde que el hombre es hombre es también bailarín. En el baile se disuelven el lenguaje y el pensamiento, el hombre se entrega a la pura acción y se somete al ritmo. La danza parecería ser una celebración de la manifestación más primigenia de la vida: el movimiento y el latido. No es casual que en una gran variedad de culturas el baile esté estrictamente ligado con la religión. El baile desenfrenado de las bacantes en la Grecia antigua, las coreografías planetarias de los derviches turcos, las danzas chamánicas de los tehuelches y los masai son algunos ejemplos de esto. Pero este mismo impulso que lleva al hombre a bailar se encuentra también en el ámbito de lo profano, en los bailes populares y en las fiestas rave contemporáneas. El derviche sufí y el joven pasado de éxtasis se entregan a la misma pulsión y experimentan el mismo trance. Al bailar, el hombre se va despojando de sus inhibiciones una a una y, a medida que pasa el tiempo, sus músculos se van aflojando, son macerados por el ritmo y electrificados por la melodía, hasta que deja de ser hombre y no es más que un cuerpo en movimiento. El espectáculo que ofrece una persona –o un grupo– bailando de esta manera es muy particular. No es inusual que al espectador pasivo el fenómeno le resulte inquietante, incluso repugnante.

El lector quizás recuerde la tragedia de Penteo en Las Bacantes de Eurípides. El rey se opone a las bacanales de las ménades, mujeres que huían a la montaña para bailar y agitar la cabeza en delirio en honor a Dionisos, pues considera que la práctica socava las bases de la sociedad. En el final, una de las bacantes (su propia madre) lo decapita convencida de que está sacrificando un león. Durante la Edad Media y el Renacimiento los episodios de bailes masivos eran considerados un castigo divino y una seria aflicción. La coreomanía, o baile de San Vito, un fenómeno descripto por médicos y teólogos, hacía que los hombres bailaran como posesos durante días hasta caer rendidos y, en ocasiones, hasta morir. En 1278, por ejemplo, un grupo de alrededor de doscientos campesinos bailó sobre un puente en Alemania hasta que el puente se desplomó. Muchos de ellos murieron. En 1518 en Estrasburgo una mujer comenzó a bailar sola en las calles. Luego de cuatro días se le habían sumado 33 personas más y al cabo de un mes los bailarines eran 400. Muchos de ellos murieron de infartos y de agotamiento ante la mirada horrorizada de los habitantes de la ciudad. Un fenómeno similar se daba en la Italia medieval. Su nombre, “tarantismo”, se debe a una creencia según la cual si uno es picado por una tarántula el único remedio es bailar hasta caer rendido. El baile de rigor para los afectados por mordeduras de araña era, por supuesto, la “tarantella”. Con la secularización cientificista de la modernidad y los estudios de Horstius y Sydenham, se concluye que el baile de San Vito no es una aflicción divina sino una enfermedad producto de un estreptococo que afecta el sistema nervioso central ocasionando movimientos espasmódicos. El nombre moderno de la enfermedad, la Corea de Sydenham, conserva sin embargo la idea original de danza (corea, del griego choros) compulsiva. Me pregunto si “Gangnam Style” no será también una enfermedad mental.

El fenómeno de la danza frenética resulta inquietante porque conjuga dos de las características principales que Freud asigna a lo siniestro (Unheimlich): lo repetitivo y lo espasmódico. Para quien no participa, el espectáculo es odioso y terrorífico porque nos enfrenta con costados inmanejables de nuestra naturaleza. El ataque de epilepsia (considerada por los antiguos una enfermedad divina) es un ejemplo extremo de este tipo de motricidad que deshumaniza a la persona y la transforma en un autómaton al reducirla a un puro cuerpo en movimiento. Otros fenómenos similares que también resultan primero molestos, luego preocupantes y finalmente aterradores son los ataques de hipo y los ataques de risa. Al igual que el baile alocado, la risa también es contagiosa y, una vez desatado el ataque, muy difícil de detener. Al igual que el baile, el ataque de risa pone en evidencia pulsiones primigenias sobre las cuales no tenemos control y objetiviza el cuerpo al transformarlo en un juguete del impulso. El símbolo más fascinante de esto en la era “deshumanizada” (o “posthumanizada”) de Internet es el meme, cuya esencia es virulenta y su naturaleza, espasmódica, automática y repetitiva. Pienso en el “Harlem Shake”, que combina baile compulsivo y fenómeno viral cibernético. El baile frenético, el ataque de risa y el meme tienen en común que son absolutamente polarizadores: o se participa de ellos y se los habita, o se los detesta. Y quien los detesta se ve obligado a ponerles fin. El internauta cierra la página, o apaga la computadora. Pol Pot manda a matar a todos los rockeros de Camboya.


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