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Llamado a la cordura

23 03 2014 - 20:47

Amén del grado de realidad de las cosas que ocurren en Twitter, lo cierto es que uno les dedica bastante tiempo, de modo que una línea política o ideológica que solo tiene existencia allí puede volverse lo suficientemente irritante como para que valga la pena escribir sobre ella. Un ejemplo es el yomismo, el entusiasmo con el legislador peronista, menemista y kirchnerista Jorge Yoma, uno de los adalides del nuevo institucionalismo, como Alberto Fernández o, en vías de maduración (no falta mucho, me arriesgo), Florencio Randazzo.

Otra de estas nuevas líneas ideológicas –el yomismo no es más que una de cuyas variaciones– es el antiprogresismo, por llamarlo de alguna manera. Si lo que más irrita del progresismo es su absoluta reticencia a cualquier pensamiento contrario a las ideas recibidas (el Che Guevara fue una buena persona), con el antiprogresismo ocurre lo mismo. Las ideas recibidas del antiprogresismo son las ideas progresistas, invertidas. Nada bueno puede salir de eso. Así, se viene leyendo en Twitter desde hace tiempo que toda iniciativa concerniente, por ejemplo, a la cuestión del género es ridícula. Y ya no importa lo que pueda decir sobre el tema, por ejemplo, Susan Sontag, porque el antiprogresismo se limita a leer a Lubertino.

No importa siquiera detenerse a reflexionar sobre los problemas que puede ocasionar la minería, porque siempre va a haber un ejemplar argentino lo suficientemente estúpido (Camila Speziale) como para que el pensamiento no necesite pasar de la parodia. Quizás Margaret Thatcher tuviera razón cuando decía que “no hay alternativa”, pero eso hay que explicarlo. No importa una sola de las acciones de la historia del sindicalismo mundial, porque lo tenemos a Baradel, ni interesa que la política educativa finlandesa sea cabalmente progresista (prácticamente, no se toman exámenes, y se busca que los alumnos sean creativos y solidarios [!]), porque el progresismo educativo argentino hizo realmente muchísimo daño.

Cuando murió Mandela, tuve que leer gente en Twitter diciendo que había sido un mal presidente. ¿Cómo puede la banalidad alcanzar niveles tan explosivos? No lo sé. La alerta es que no solo Página/12 escribe sin pensar, como quien está cagando, sino que también lo hace mucha de la gente que debería trabajar para que algo como Página/12 no existiera. También tengo que leer a diario que la gente llama “negros” a los pobres de toda laya, como si eso tuviera alguna gracia o fuera excusable porque el kirchnerismo haga tal o cual otra cosa. Como lo del Indoamericano es realmente inconcebible, decimos que quienes lo hacen son unos “negros de mierda”. No, la verdad que no.

Aclaro, por si hiciera falta, que esto no tiene nada que ver con el kirchnerismo. Todo lo que haga el kirchnerismo está mal y hay que oponérsele porque es un gobierno estalinista, intrínsecamente ilegítimo. Si el kirchnerismo hace algo bueno, esperemos unos años para decirlo; por lo menos, hasta que haya terminado. Suele ocurrir, sin embargo, que el antikirchnerismo, pudiendo esgrimir el argumento general del autoritarismo, se aventura muchas veces en críticas particulares, y a veces se equivoca. Así, hubo que escuchar no solo las defensas más irritantes del proyecto de código penal, sino también los ataques más irritantes, consistentes en todo tipo de argumentaciones antigarantistas de talante medieval.

Obviamente, la dictadura y sus alrededores concitan todo el interés del progresismo y de su espejo invertido. Así, mientras uno de los contendientes afirma que los Montoneros lucharon por la democracia, el otro dice que todos los secuestrados fueron terroristas y que toda indemnización es, por lo tanto, incorrecta (como si la indemnización no dependiera del hecho de que el secuestro es ilegal sino de las virtudes o los defectos de la persona secuestrada). Hay, en todo caso, argumentos mejores, como los que ofrece hoy Philippe Joseph Salazar en una entrevista en Enfoques.

Jonathan Swift dijo que el enojo es la venganza en uno mismo de los errores de los demás. Se puede extender esto y pensar que el antiprogresismo es la venganza que el pensamiento crítico se inflige a sí mismo ante los errores del progresismo. Realmente, es una pena.

El aspecto positivo de todo esto es que uno puede muy fácilmente ver cómo los boludos quedan en evidencia. Los boludos del progresismo cabal se vienen exponiendo desde hace bastante, porque este gobierno los puso en la palestra como nunca antes. Ahora se vislumbra este nuevo flagelo, que posiblemente alcance su paroxismo en el próximo gobierno. Será molesto, decadente y, además, aburrido.

El mecanismo que puede estar operando es el siguiente. Todo lo bueno que tiene el progresismo se encuentra ya en la tradición liberal (sobre todo, de izquierda). El progresismo, como término específico, define entonces aquello que se agrega por sobre ese núcleo liberal. Y todo eso que se agrega es sistemáticamente malo (a la igualdad de género, digamos, se agrega la embestida de Lubertino contra los Kinder, por dar un ejemplo especialmente lamentable; el suplemento progresista del garantismo, esencialmente liberal, es Zaffaroni diciendo que el sexo oral forzado a una niña no constituye acceso carnal). Lo que ocurre es que en el ataque del antiprogresismo no solo caen en la volteada los Lubertinos de este mundo, sino también las ideas serias, normales y deseables que están por detrás de todo eso.

Para colmo, la inversión del progresismo ni siquiera es total en el antiprogresismo. Si así fuera, tendría algunas virtudes, como ser absolutamente antimalvinero, o sionista (o, al menos, ser más inteligente sobre el tema árabe-israelí), y no ocurre ninguna de las dos cosas.

Quizás el nombre no sea “antiprogresismo”. Se pensaba que el kirchnerismo era solo antimenemismo hasta que demostró ser un zombi purulento autónomo. Como sea, mientras le ponemos un nombre, hago un llamado a la cordura con estas palabras de Odo Marquard:

La apología del civismo burgués defiende el punto medio, y precisamente también el centro político. Pues a la manera aristotélica, el mundo burgués liberal privilegia el punto medio frente a los extremos, las pequeñas mejoras frente a los grandes cuestionamientos, lo cotidiano frente a la “moratoria de lo cotiadano” (Manès Sperber), lo regular frente a lo sublime, la ironía frente al radicalismo, el reglamento frente al carisma, lo normal frente a lo enorme, el individuo frente a la versión secularizada de la comunidad final de salvación; en una palabra: el civismo burgués frente a su negación. De este modo, el mundo burgués (también porque las ventajas vitales que trae consigo se consideran obvias) no es muy excitante, es un poco aburrido y, en gran medida, demasiado humano; por eso hay algunos a los que no les conviene esta orientación burguesa, porque no cubre la necesidad de lo extraordinario que siente los perfeccionadores radicales del mundo. Pero el apetito que estos sienten de situaciones extraordinarias, su apetito del estado de excepción, es irracional: racional es quien evita el estado de excepción. El entusiasmo por la revolución y las dictaduras antiburguesas (de derechas o de izquierdas) es nefasto. Y sobre todo, no es un compromiso a favor del individuo. Hay que hacer políticamente superfluo este entusiasmo por el radicalismo reforzando políticamente el centro político, sobre el que puede discutirse si es mejor un centro reformista o un centro conservador: la democracia parlamentaria dispone de buenos procedimientos para resolver esta cuestión unas veces en un sentido, y otras en el otro. El individuo vive de esta defensa política del punto medio burgués; por tanto, el individuo no vive de la negación del civismo burgués, sino del coraje para el civismo burgués.


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