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El salario del miedo

29 03 2014 - 18:23

Se puede hacer una rápida búsqueda en el libro Las calles de Buenos Aires para ver cuáles fueron las arterias que obtuvieron su denominación con la Ordenanza Nº 2410/1927, promulgada en el Boletín Municipal Nº 1.319, del 21/12/1927. Se trata de Albania, Alemania, Bélgica, Bulgaria, Canadá, Dinamarca, Estonia, Finlandia, Holanda (tempranamente cambiado al exótico “Los Territorios”, en 1928), Hungría, Inglaterra, Islandia, Lituania, Luxemburgo, Noruega, Polonia, Portugal, Rumania, Rusia, Suecia, Suiza y Turquía. Casi ninguna tenía un nombre previo; no sabemos cómo las llamaban los vecinos, excepto por el caso notable de Lituania, que era conocida como “Bola de Nieve”, en un homenaje profético al mejor cantante de boleros de todos los tiempos.

Podemos imaginar al Honorable Concejo Deliberante de aquella época, en la envidiable tarea de ponerles nombres a las calles de una ciudad por poco naciente (imaginemos lo que sería Agronomía en 1927; seguramente, un lugar muy parecido a su nombre). ¿Por qué no homenajear, habrán pensado, a los países de los que vienen tantos de nuestros habitantes, de los que venimos nosotros mismos?

El 2 de abril de 1982 la Argentina invadió las Islas Malvinas, en lo que sería la declaración de una guerra que terminó con 649 argentinos y 273 ingleses muertos. Meses después, en enero de 1983, un grupo llamado Centro de Voluntarios por la Patria (fundado el 12 de agosto de 1982, dos meses después del fin de la guerra, el 14 de junio) decidió cambiar el nombre de la cincuentenaria calle Inglaterra por el nuevo nombre de “2 de Abril”. No sabemos qué opinaron los vecinos en ese momento, porque el Centro de Voluntarios, por supuesto, no hizo ninguna audiencia pública para preguntarles.

Como sea, es imaginable que los vecinos apoyaron el nuevo nombre, que logró volverse común en el barrio y reemplazar a la antigua denominación. O, al menos, se acostumbraron. El año pasado el Gobierno de la Ciudad cambió la cartelería urbana y repuso el nombre original, que nunca había sido cambiado oficialmente: el pasaje de Agronomía volvió a llamarse “Inglaterra”. Mientras tanto, en Villa Lugano, la continuación de la calle Santander se sigue llamando “2 de Abril”, como se llaman “Malvinas Argentinas” y “Combatientes de Malvinas” otras calles de la ciudad.

Esto suscitó diversas reacciones. La primera fue la más estúpida, obviamente: “Macri le puso ‘Inglaterra’ a la calle 2 de Abril”. El malentendido fue explicado rápidamente. Pero todo esto no hizo sino darle nueva fuerza a una antigua iniciativa de distintos grupos de malvineros y de algunos vecinos: que el cambio de nombre fuera oficial. Que tuviéramos dos calles 2 de Abril y ninguna Inglaterra. Esta decisión política quedaba en manos del cuerpo colegiado más estúpido de toda la Argentina: la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires.

El 14 de noviembre de 2013 la Legislatura trató dos proyectos de ley para el cambio de nombre. Aprobó en ese día el cambio de nombre en lo que se llama primera lectura. Luego hubo una audiencia pública y una segunda votación. El cambio ya es oficial. La única posibilidad de que no se concrete, entiendo, es que Macri lo vete. En fin.

Uno de los proyectos fue de Fernando de Andreis (PRO), ex legislador y actual presidente del Ente de Turismo de la Ciudad de Buenos Aires. El otro, de María Rachid, ex vicepresidenta del Inadi y actual legisladora por el Frente para la Victoria. El proyecto de De Andreis comienza diciendo: “La actual calle Inglaterra, que lleva dicha denominación de forma oficial hace décadas, fue, por intervención de los vecinos, bautizada popularmente como ‘2 de Abril de 1982’, en razón del conflicto bélico con dicha nación en el año 1982”. Seguramente, esto sea falso. La iniciativa surgió del trasnochado Centro de Voluntarios, no de los vecinos.

La fundamentación de Rachid abunda en otros conceptos y dice algo interesante: “Según trascendidos, las/os vecinas/os de la cuadra tendrían registrado en sus Documentos Nacionales de Identidad sus domicilios con denominación de la calle como ‘2 de Abril’. Por ende, no existen dudas que el nombre de la calle es aquel que las/os propias/os vecinas/os del barrio decidieron colocarle desde hace ya más de 30 años”. Sería bueno que una legisladora, en un proyecto de su autoría, se preocupara por verificar la información y no basarse en “trascendidos”. Como sea, este es el mejor argumento para oficializar el nombre de la calle: todo el mundo la llama así, hasta en sus DNI.

Pero no es suficiente. Primero: si el nombre de la calle Inglaterra pudo ser abandonado al cabo de cierto tiempo (como pasa con todos los cambios de nombres de calles: todas las calles que cambiaron su nombre vieron el antiguo estampado en algún DNI), seguramente pueda recuperarlo, si el Estado se encarga de que así sea. Por otro lado, no se está discutiendo si ponerle a una calle “Los sauces” porque tiene muchos sauces, y todo el mundo la llama así desde hace treinta años. Se está discutiendo si se puede legalizar un acto de vandalismo nacionalista que acabó con un nombre de calle que llevaba cincuenta años de vigencia. Y si está bien homenajear una vez más ya no la soberanía argentina sobre las Malvinas, sino, más específicamente, el día en que una dictadura declaró una guerra que acabó con la vida de casi mil personas (con el agravante, además, de que ya hay otra calle que tiene exactamente el mismo nombre). Curiosamente, un legislador del PRO, Daniel Lipovetzky, suscribe la interpretación galtierista cuando dice que el 2 de abril es la fecha en la que “se recuperaron los derechos soberanos sobre nuestras islas”. Se nota.

Insólitamente, uno de los legisladores (Antonio Campos, UCR) advierte, por ejemplo: “Se está violentando la Ley de Nomenclatura Urbana”, pero vota igual a favor del proyecto, como todo su bloque.

No me interesa que los vecinos hayan apoyado o no en su momento el cambio de nombre (para el caso, apoyaron la guerra), ni que haya sido un grupo comando el que lo cambió primero. Ni siquiera me interesa tanto, de hecho, que los legisladores ratificaran el cambio de nombre. Lo que más me llama la atención es que ni uno solo de los sesenta se haya opuesto. Nadie. De cincuenta y cinco legisladores presentes, se abstuvo uno solo (no sé quién) y el resto dio el sí:

Se registran los siguientes votos positivos: Acevedo, Alegre, Amor, Amoroso, Arenaza, Basteiro, Bergman, Bisutti, Bodart, Cabandié, Campos, Camps, de Andreis, Form, Frigerio, Garayalde, García Tuñón, García, Gentili, González Gass, González, Gullo, Herrero, Ibarra, Lipovetzky, Martínez Barrios, Montes, Morales Gorleri, Moscariello, Naddeo, Neira, Nenna, Ocampo, Pagani, Palmeyro, Polledo, Presman, Presti, Quattromano, Quintana, Rachid, Raffo, Rebot, Rinaldi, Ritondo, Romeo, Rueda, Sánchez Andía, Saya, Screnci Silva, Seijo, Spalla, Varela y Zago.

No sé qué escenario me resulta más deprimente: aquel en el que verdaderamente todos piensan que esto es una buena idea, o aquel en el cual los que piensan que no lo es tienen miedo de decirlo. O quizás no es miedo. Quizás piensan que oponerse no les conviene políticamente, como si lo que están haciendo ahora no fuera ya política, como si nadie los hubiera votado, como si fuera legítimo vivir aplazando, para no conspirar contra sus propias aspiraciones de poder verdadero, el momento de ser inteligentes y honestos.


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