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El Imperio del Bien

4 04 2014 - 19:07

En una columna del 15 de marzo en Perfil, Gustavo Grobocopatel relata su experiencia como integrante de la comitiva por el diálogo interreligioso que recorría Europa y Medio Oriente en esos días. Describe vívidamente la experiencia del shabat y especula sobre cómo afectará a sus compañeros de viaje, entre los que se cuentan judíos, cristianos y musulmanes. La comitiva viene de algún modo a preparar el terreno para la visita que el Papa ofrecerá en mayo.

Luego del relato y el testimonio de orden más personal, Grobocopatel se lanza a algunas especulaciones más conceptuales sobre el conflicto árabe-israelí. Pero, obnubilado por el fervor de las buenas intenciones (la paz para la región), se equivoca sistemáticamente en el diagnóstico del problema y en sus posibles tratamientos. Comienza por referirse a la “histórica confraternidad entre los dos pueblos, solo alterada los últimos setenta años luego de la creación del Estado de Israel”.

¿Todo estaba bien entre los árabes y los judíos en la región hasta el 14 de mayo de 1948? Cerca de un millón de judíos tuvieron que abandonar sus países de origen en el mundo árabe entre 1940 y la creación del Estado para evitar persecuciones y pogromos.

Los judíos tenían el estatus de dhimmi en el mundo árabe medieval. Esto equivalía a que se les reconocieran ciertos derechos como minorías, protegidas como tales (el derecho a tener sus propia organización religiosa), y se los privara de otros (derechos políticos). Hay un acuerdo generalizado entre los especialistas respecto de que, pese ese estatus de “ciudadanos de segunda”, hasta el siglo XIX los judíos estaban mejor allí que en la Europa cristiana. Sin embargo, también en esas latitudes los judíos tuvieron que enfrentarse con limpiezas étnicas, conversiones forzadas (so pena de muerte) o la destrucción de sus templos.

Más cerca en el tiempo, en 1840, en Damasco, Siria, ocho judíos fueron acusados falsamente de asesinar a un monje cristiano. Los encarcelaron y los torturaron. Algunos murieron, otros fueron obligados a convertirse al Islam. La grey musulmana de Damasco destruyó la sinagoga del barrio de Jobar. En 1910 pasó algo parecido en Irán. Los judíos de la ciudad de Shiraz fueron acusados en su conjunto de haber asesinado a una niña musulmana. El barrio judío fue arrasado. 12 judíos murieron y 50 resultaron heridos. Son distintas modulaciones del llamado “libelo de sangre”, por el cual se acusa a cierto grupo judío de cometer asesinatos rituales de personas inocentes.

Difícilmente pueda hablarse de confraternidad; y más difícilmente aun pueda decirse que ella se terminó recién con la creación del Estado de Israel. En 1936 y 1939 hubo varias manifestaciones árabes, de intensidad variable, contra la inmigración judía hacia Palestina. Ya en 1908 se había fundado el diario al-Karmil para combatir a los pioneros sionistas. No hubo año, de hecho, entre 1920 y 1948, en que no hubiera muertos israelíes o árabes en el Mandato Británico en Palestina. Un solo ejemplo: en los disturbios de Jaffa de 1921, murieron, en tan solo una semana, 45 judíos y 48 árabes, y otros cientos resultaron heridos.

Amin al-Husayini, mufti de Jerusalén desde 1921, fue nazi. Transmitió proclamas hitlerianas por radio en idioma árabe. Se reunió con Hitler, con Eichmann y con Himmler y visitó varios campos de concentración. En 1943 dijo: “Tenemos el deber de expulsar a todos los judíos de los países árabes y musulmanes. Alemania también está luchando contra nuestro enemigo común, que oprime a los árabes y a los musulmanes en sus diferentes países. Ha identificado muy claramente a los judíos por lo que son y resuelto que ha de encontrar una solución final para el peligro judío, que eliminará la escoria que los judíos representan en el mundo”. Actualmente, se sospecha que el Mufti promovió la deportación a los campos de concentración de Polonia de 400.000 judíos húngaros que estaban por exiliarse a Palestina.

También fueron usuales los actos de terrorismo sionista contra objetivos árabes. Son conocidos dos atentados del grupo paramilitar Irgun: el 22 de julio de 1946 una bomba en el Hotel Rey David mató a 91 personas e hirió a 46. El 9 de abril de 1948 tuvo lugar la masacre de Deir Yassin, un poblado árabe en las cercanías de Jerusalén. Milicianos de Irgun asesinaron a 107 personas e hirieron a otras tantas (mujeres y niños incluidos). Algunos otros fueron capturados y se los hizo desfilar por Jerusalén Occidental, para matarlos después.

Como sea: siglos de conflicto, con valles y picos, recrudecido en líneas generales del siglo XIX en adelante. Que el Estado de Israel vino a romper la paz es algo que no resiste el menor análisis. Grobocopatel procede a una especie de desarrollo de este malentendido cuando afirma lo siguiente: “La idea israelí de tener un territorio bien demarcado, seguro, ‘amurallado’, no parece de estos tiempos, donde la globalización invita a la integración, los libres flujos de bienes, servicios y conocimientos”.

La muralla en un país, efectivamente, no parece de estos tiempos. Pero no lo parece para el Occidente más o menos democrático. Grobocopatel, sin quererlo (queriendo todo lo contrario), practica una suerte de imperialismo moral, por el cual supone que sus valores son los de todo el orbe (es una versión del Imperio del Bien del que habla Philippe Muray: “Ideal supremo: un mundo poblado de suecos socialdemócratas en celofán, plácidos, higiénicos, participativos y ecocompatibles”). No es así. No hace falta ser un realista despiadado como Henry Kissinger para advertir que si del otro lado de ese muro es común la práctica del terrorismo suicida, o si desde Gaza se disparan 20 misiles en un par días, entonces la consideración de “estos tiempos” pierde sentido. No debería sorprender a nadie que Israel acuda a soluciones que no son las de “estos tiempos”, sino las de los tiempos de otros.

De acuerdo a estadísticas oficiales del gobierno israelí, entre 2000 y julio de 2003 se llevaron a cabo 73 atentados suicidas desde Cisjordania, que acabaron con la vida de 293 israelíes e hirieron a casi dos mil. Entre agosto de 2003 (cuando comienza la construcción del muro) y 2006, hubo solo 12 ataques, que mataron a 64 israelíes e hirieron a 445. La cifra puede discutirse por su procedencia, pero es en cualquier caso muy expresiva. Cualquier reflexión debería ser subsidiaria de la protección estatal de la vida humana. (Que Grobocopatel incluya la seguridad del territorio como una pretensión que no es de estos tiempos lo tomo como una desliz. Si no lo hiciera, debería preguntarme, por ejemplo: ¿quién podría pretender que la Argentina fuera un territorio libre de narcotráfico, en estos tiempos?)

“La mejor manera de conocerse es haciendo negocios juntos”: peca de soberbia Grobocopatel al suponer que su actividad profesional (los negocios) resolverá el conflicto árabe-israelí. Daniel Barenboim tiene la prudencia de aclarar que la Orquesta del West-Eastern Divan no solucionará –“obviamente”, agrega– el conflicto árabe-israelí.

Las personas involucradas en el conflicto, las que lo padecen todos los días, tienen una visión más objetiva, más realista y –vaya paradoja– más distanciada que aquellas que están muy lejos y se imponen la responsabilidad de solucionarlo. Los árabes y los israelíes se conocen tanto como el que más. Viven juntos, de una manera extraña y fallida, desde hace siglos. Evidentemente, el problema pasa por otro lado. Aspirar a resolverlo, desde nuestra posición, es de una ingenuidad infinita; pero al menos podríamos esforzarnos –trabajo difícil, en un terreno donde campea, de la mano de la ideología, la desinformación más radical– por entenderlo.


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