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Mensaje en unos billetes

19 04 2014 - 22:32

A fines del año pasado empezaron a aparecer por Internet imágenes de billetes intervenidos artísticamente. Circulan las fotos y no los billetes en sí, devenidas las primeras en obras de arte de un valor posiblemente superior a la denominación que intervienen. Varios medios mencionaron esta moda. En general se limitan a publicar galerías de imágenes con las obras, y no indagan sobre el origen o el valor intrínseco de la tendencia.

Todo indica que fue El Fafero el primero en viralizar el fenómeno con un retrato de Ricardo Fort por sobre la cara de Bartolomé Mitre, pocos días después del fallecimiento del mediático. Hace un par de días la página de Facebook Los Billetes Andan Diciendo llegó a los 200.000 Me Gusta, para desaparecer acto seguido sin anuncio previo. Desde entonces se han visto retratos de diversos personajes de la cultura pop, mayormente sobre la base de Bartolomé Mitre en el billete de $2, y algunos casos en billetes de mayor denominación.

Lo más interesante es que aunque no haya un trasfondo político visible, esto habla como pocas cosas del devenir ecónomico y las instituciones en la Década Ganada. Ya no solo es más caro el metal de las monedas que su valor nominal. Un sector de la sociedad le da más valor al entretenimiento de ilustrar sobre un billete y exponerlo en Internet que al propio papel moneda. No solo más valor que dos pesos, también más que cinco, diez e incluso en algunos casos más valor que cien. Con una inflación acumulada de al menos 500% en lo que va del kirchnerismo y la absoluta negación del problema de circulante, el cada vez más raro cambio se convierte en un bien de valor afectivo.

Mark Wagner es probablemente el mayor referente del mundo en la técnica de collage y especificamente en arte con papel moneda. Su obra está realizada magistralmente con billetes de un dólar, en palabras del artista, “el más ubicuo pedazo de papel en Estados Unidos”. Wagner realiza originales y reinterpreta clásicos—este retrato de Chuck Close es artística y conceptualmente superlativo— con una técnica virtuosa e inimitable que multiplica por varios dígitos el valor de la materia prima utilizada en cada pieza. A diferencia de él, que comercializa las reproducciones de sus obras y forma parte de las colecciones de los mejores museos del mundo, los retratos en billetes argentinos se aferran de una forma más directa y rudimentaria al postulado de Duchamp sobre los readymades, objetos cotidianos intervenidos lo suficiente para resignificarlos conceptualmente, disfrutarlos estéticamente y poder discernir su forma original de su nuevo estado de obra de arte. Como el de los graffiti, presentes en todas las culturas desde el comienzo de la vida urbana, es un fenómeno colectivo generado por un cambio de mentalidad en el conjunto y en las condiciones de vida y no la idea brillante y trabajada de un individuo aislado.

Si la Presidenta se empecina en sacar billetes conmemorativos de las mismas denominaciones insuficientes que ya existen y no crear nuevas más altas, es lógico un acto de rebeldía casera y displicencia acumulativa. Así como el consumo fue el nuevo ahorro, hoy que se proyecta una caída abrupta de la demanda de bienes de consumo durables, la juventud que menos recuerdos tiene de la convertibilidad, y que pasó toda su vida económicamente activa entre un tipo de cambio de fluctuación sucia y un decreto nunca firmado, da por sentado que el poder de compra de cada billete por sí solo es nulo y lo resignifica de una forma totalmente desinteresada abrazándose inconscientemente a artistas y teóricos de principios del siglo XX que no llegaron a ver el arte pop, el dadaísmo o el conceptualismo como el mainstream contemporáneo que conforman desde mediados de los 60.

En algunos casos los propios artistas se encargan de rotular su trabajo como “Arte del Conurbano”. Si bien esta necesidad de atribuirse una pertenencia no tiene ningún sentido práctico ni es necesariamente precisa a la hora de definir el fenómeno, puede interpretarse —más allá de la creciente tendencia de la década a generar una épica cool del lumpenaje— como un grito de alerta sobre la resignación de las perspectivas. Entendiendo el conurbano como la base social, cultural y económica, el mensaje es el de un estado apremiante, donde no hay lugar ni sentido en el ahorro de ninguna clase, lo que lleva a una búsqueda de placer, en este caso estético, sin contemplar necesidades futuras. Teniendo en cuenta que la primera decoradora de billetes es la Presidenta, la declaraciones del Jefe de Gabinete (“El ahorro promueve la avaricia”), la imposibilidad fáctica de comprar divisas y la vaporización del poder adquisitvo, parece ser política de Estado dibujar sobre los billetes. Aún cuando se trata en rigor de un acto de vandalismo. Los billetes no son propiedad privada, sino del Estado nacional, pero al representar patrimonio personal del interventor y no el de terceros, como es en el caso de un graffiti, difícilmente alguien sea procesado por estos actos. Aunque con la espectacular política procesal y de persecución pública nunca se puede estar seguro del todo.


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