Click here
Más Features

El fin de la vía (8) | El fin de la vía (7) | El fin de la vía (6) | El fin de la vía (5) | El fin de la vía (4) | El fin de la vía (3) | El fin de la vía (2) | El fin de la vía (1) | Néstor Kirchner, la (primera) película | Renuncio | Graciela Bevacqua | Testamento: 4.2 Memoria y Condición Humana |







A todos nos cuesta salir

19 04 2014 - 23:00

No compré pescado. Pensé que si todos compraban pescado el mismo día tal vez iba a ser mejor esperar y comprar pescado durante la semana. Comí pastas al mediodía y voy a comer pastas por la noche con la misma salsa que parece sangre de mentira. Voy a tomar vino. Un Bianchi Malbec, pero no el que ganó el premio al mejor Malbec del mundo; uno que ni se presentó. Muchas veces pienso qué haría una persona pobre en mi lugar. Estoy convencido de que un tipo pobre se las ingenia siempre mejor. Un tipo pobre tiene menos opciones y no duda tanto y si bien no produce la literatura que queremos leer crea soluciones más prácticas, otras formas de entretenimiento. Es fácil pensar qué haría una persona pobre sin serlo; puede parecer injusto también. No conozco nada justo. Generar cosas, objetos, comidas e ideas viene del vacío, de la carencia. Allá o acá, donde no hay nada, de repente hay algo: abracadabra.

Pero cuando están solos, ¿cómo hacen los pobres? Eso me pregunto muchas veces. Pienso en la vida de los otros, entro a Facebook para salir de la pobreza, pero hablo de otro tipo de pobreza. Todos entramos a Facebook, al Miami de las redes. Muchos no quieren admitir que pasaron por Miami pero pasan y compran. Los cubanos también quieren entrar en esa red social y como son pobres no saben nadar. No saben nadar porque son pobres pero se mandan al mar como pueden, en balsas hechas vaya a saber uno con qué. Para salir de la pobreza, Cocodrilo Dundee se abrazó a los cocodrilos y le costó salir de su habitat.

El padre de un amigo inventó el kanikama, el chorizo de los crustáceos. Una temporada de pascuas le regalé un eslogan: no es pecado comer pescado. Me pagó con moluscos y un salmón.

No creo que todos los Viernes Santos sean iguales. Miro la ropa dar vueltas y vueltas, la camisa blanca se abraza con la negra, las medias se entrelazan unas a otras, los pantalones se doblan, la camiseta con la cara de Eric Cantona se fue para atrás y aparecen los shorts de Boca y un logo de Lacoste viejo. Es una chomba vieja. La máquina de lavar es de mi vecina y hace ruido. Ella también hace ruido cuando coge con los tipos que trae, pero no es un ruido grave.

Mi vecina está convencida de que soy un tipo feliz; así evita que le cuente algún quilombo. Y me deja las llaves de la casa cada vez que se va de vacaciones. Solo tengo que darle de comer al siamés. Pero me quedo un rato más porque su llave es una oportunidad para ver el mundo y las cosas desde otra perspectiva. Duermo la siesta en su sofá. Veo tele horas. Riego sus plantas. Juego con el siamés. Fumo un cigarrillo desde su ventana que da a la mía. Miro el atardecer. A la noche si vuelvo repito la escena y miro la luna, fumo otro cigarrillo y me abro una cerveza que no era para mí.

Pienso en palabras que parecen chistes: Namasté, mi alma honra tu alma, honro la luz, el amor, la verdad, la belleza y la velleza, la paz y las papafritas porque están adentro mío y las comparto. Hace años le dije al dueño del bar para el que trabajaba que el cliente no siempre tenía razón, que en realidad casi nunca tenía razón.

—Vos tampoco—, me dijo.

Voy al supermercado chino a comprar unas cervezas para reponer en la heladera de mi vecina y para mí. El carnicero —es lo más occidental del lugar— está solo al fondo, atrapado en un universo extraño. Hace años que está atrapado ahí y no puede salir.

A mí me cuesta salir de noche. Hay un jogging que no me abraza, me hace la llave de Mr. Moto, me inmoviliza.


————————————

Del mismo autor: