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Ars tuitera

12 05 2014 - 21:25

Hace unos días La Nación entrevistó a Rodrigo Fresán a raíz de la publicación de su última novela, La parte inventada. En la entrevista Fresán –de quien, confieso, no he leído nada– se refiere brevemente al fenómeno de la escritura en las redes sociales, haciendo especial hincapié en el ejemplo de Twitter. Dice el escritor: “Creo que en el mundo virtual se escribe peor y se lee peor. Estoy predispuesto a que aparezcan las grandes novelas de Facebook y de Twitter. Las leeré, pero no llegan”. Finalmente concluye que “en Twitter se lee y se escribe cada vez más mierda”. En otra entrevista concedida al periódico online español Público hace dos meses, Fresán defiende la idea de que la literatura es una cuestión de estilo más que de trama y aclara: “Se suele decir que nunca se leyó y se escribió tanto como hoy día, estoy de acuerdo, pero añadiría que nunca se leyó y se escribió tanta mierda como ahora”. Hoy, Infobae –otro periódico digital– publica una entrevista a Fresán en la que al autor declara que el furor por las redes sociales lo “preocupa” y le “da más bien pena”.

Visto que Fresán no es el tema de esta nota, permítanme compartir con ustedes un par de preguntas que me vinieron a la cabeza al leer esto, así me las saco de encima y podemos pasar a lo importante. ¿Qué quiere decir que Fresán está predispuesto a que aparezca la gran novela de Facebook o Twitter? ¿Nos está dando a los banales internautas su bendición para que procedamos a impresionarlo? Infeliz elección del verbo en un hombre que se jacta de ser un estilista obsesivo. Y ¿qué hay de la observación respecto de la relación cantidad-calidad? ¿No es evidente que a mayor cantidad de texto publicado le correponde mayor cantidad de “mierda”? Que la literatura –como todas las artes, como todos los oficios– es una cuestión de técnica, de destreza, una actividad artesanal, es otra gigantesca obviedad que podemos dejar pasar. Acaso Fresán estuviese tratando de educar a las masas embrutecidas que leen entrevistas a Rodrigo Fresán por Internet. En cuanto a la pena y preocupación que le producen las redes sociales, no pude evitar recordar a Stephen Gosson, el panfletista puritano de la Inglaterra isabelina que escribió en 1579 Escuela de los abusos, donde ataca a la nueva imaginación literaria, a la poesía de los jóvenes anti petrarquistas, y al teatro por “distraer y corromper” a la gente. Lejos de detener la marea creativa que traería consigo, entre otros, a Marlowe, Shakespeare y Donne, el panfleto de Gosson inspiró la inmortal Defensa de la poesía de Sir Philip Sidney. Pero volviendo a Fresán, lo que más me interesó de su intervención en el tema fue la idea de una “gran novela de Twitter”. Pues esto me llevó a pensar en el tweet (o tuit), el TL (o “timeline,” es decir la colección de todos los tuits de un usuario) y Twitter en tanto sumatoria total u horizonte último de todos los TL, como género literario.

Descubrí Twitter hace un año y desde entonces he pasado mucho, muchísimo (¿demasiado?) tiempo barrenando la ola interminable de sus TL. Hay algo hipnótico en el medio que hace que uno se pierda en su constante novedad. Al principio, debo admitir que lo hacía –“tuiteaba”– con un fuerte sentido de culpa e incluso algo de vergüenza. “Esto es banal, qué barbaridad, qué pérdida de tiempo, qué patético”, me recriminaba mi superyó a los gritos. Encontré un justificativo intelectual a mi vergonzante nuevo hobby en el TL de @Barksdale666, conocido en el mundo de los seres tangibles como Andrés Calamaro. No recuerdo bien cuándo ni cómo (una de las delicias de Twitter es que el único contexto de cada tuit es Twitter mismo en tanto universo del discurso) @Barksdale666 señaló que Twitter no es ni bueno ni malo puesto que se trata simplemente de una nueva manera de comunicarse, como el mensaje de texto, el teléfono o la carta. Y si la carta produjo literatura (algunas joyas del género epistolar que me vienen a la mente son Werther, Frankenstein, Drácula), ¿por qué no habría el tuiter de producir algo similar?

El tuit como género tiene dos enormes virtudes. En primer lugar, es heredero de una antiquísima tradición que se remonta hasta la Grecia Antigua y quizás aún más allá: el aforismo. Aparte de la ventaja de la brevedad, el aforismo tiene, gracias a sus orígenes oraculares, el don de la ambigüedad: parece simple, pero uno sabe que no lo es. El aforismo tiene una capacidad admirable de incitar a la reflexión. Esto me lleva a la segunda virtud del tuit: la ley de los 140 caracteres. Mucho se ha criticado esta arbitrariedad. A mí me parece uno de los aspectos más fascinantes del género pues obliga aún al tuitero más rudimentario a pensar lo que quiere decir en vez de liberar el fluir de su consciencia sin filtro alguno, como sucede en los infames “status” de Facebook. Cuando se nos ocurre algo para tuitear nos encontramos siempre frente al desafío de decirlo en no más de 140 caracteres. En ocasiones se usa continuar una misma idea o narración en varios tuits, pero esto es algo excepcional y no muy bien visto por la exigente comunidad tuitera. La ley de los 140 caracteres, entonces, nos impone elegir las palabras con cuidado, nos obliga a buscar sinónimos, nos lleva indirecta y quizás inconscientemente a pensar cuestiones de semántica y de sintáctica. En tuiter no es que el estilo importa más que el contenido: tuiter es una tiranía del estilo. Todo está en el cómo, el qué es lo de menos: literatura pura.

Y luego, claro, está el tema fundamental de la identidad. Incluso quienes conservan su propio nombre y apellido (una enorme cantidad de usuarios tiene nombres y fotos de fantasía) deben tomar decisiones acerca de qué clase de tuitero o tuitera quieren ser. La curaduría del propio TL (¿qué avatar queremos que nos represente, qué colores tendrá nuestro fondo de pantalla, qué diremos de nosotros mismos en nuestra biografía, queremos que se sepa desde dónde escribimos o no?) es un elemento indispensable; la elección de qué TL seguir es crucial. Incluso el tuitero pasivo que solamente usa el medio para leer lo que escriben los demás toma decisiones constantemente acerca a quién seguir o dejar de seguir, y estas decisiones se basan en el estilo de los diversos TL. En síntesis, todo usuario es a la vez personaje, lector y crítico en la interminable obra colectiva, masiva, desbordada que es Twitter.

Pero todo esto no son delirios de un tuitero de trasnoche como quien les habla. Nada de eso. Muchos excelentes escritores se han lanzado al océano de los TL. Entre ellos, no pocos han logrado voces que difieren de las exploradas en su obra publicada. Algunos de mis ejemplos favoritos son @perezreverte, que generalmente tuitea los domingos desde el “bar de Lola” con pasión y con elocuencia acerca de los horrores de la política española, o films que ha visto recientemente. La genial @joycecaroloates, candidata natural al Premio Nobel, es una presencia preciada en el TL de cualquiera: naïf, sincera y de una inteligencia lacerante. De nuestras latitudes, una de las voces más originales es @carlosbusqued, cuyos tuits son una rendija a la imaginación de un personaje tan raro como fascinante: el energúmeno melancólico. Otros como @StephenKing, @BretEastonEllis, @SalmanRushdie y, entre los nuestros, @MairalPedro son presencias interesantes, aunque menos involcucradas con explotar las posibilidades que les ofrece el medio. Pero acaso los personajes más fascinantes de tuiter sean los anónimos. Cuentas como @kimkierkegaard que mezcla filosofía danesa con el ethos de la Valley Girl californiana, TL que narran la guerra de Vietnam en tiempo real, o recogen citas de grandes escritores del pasado (@tweetsofgrass es mi predilecto), o difunden fotos de gente que usa zapatos espantosos (@scarpedemerda); en el supermercado de Twitter nunca hay escasez de nada. Entre mis TL de rigor, hay también tuiteros que simplememente inventan mundos paralelos absolutamente ensimismados y monomaníacos. Mis favoritos en este momento (porque estas cosas cambian de la noche a la mañana) son tres. El primero es @gguerber un “doctor en física y leñador” cordobés que vive en Montevideo y estudia temas fundamentales como la historia del gabinete de curiosidades. El segundo es @digamosverdades, un ser esquivo, muy difícil de imaginar en carne y hueso –si me esfuerzo no llego más que a figurármelo tuiteando desde una oficina en el palacio de Tribunales mientras le da sorbitos a un Nescafé– que se presenta con el rostro de Ennio Morricone y tuitea con rigor virgiliano: nunca una palabra de más. Finalmente, la gran @IamEnidColeslaw, o Mary Charlene, cuyo humor mezcla el patetismo y lo sublime con una creatividad inusitada.

Hablar de la “gran novela de Twitter” implica no solo no comprender que se trata de un medio, de un género y de un producto radicalmente distinto, sino que equivale a medir la valía literaria de algo de acuerdo con la de un género literario específico que nació trastabillando, tuvo su apogeo en el siglo XIX, murió en 1924 con la publicación de La montaña mágica, y luego experimentó un puñado de resurrecciones tan memorables como raras. Aunque dure apenas unos años más, aunque la mayor parte de lo que se escriba allí valga poco y nada, Twitter no necesita de una novela que lo confirme como literariamente válido. Su naturaleza colectiva, masiva, interactiva, compuesta de usuarios que son a un tiempo escritores, lectores, personajes y críticos, y su rígida ley de los 140 caracteres bastan para consolidarlo como género literario autosuficiente. Pero Twitter no es un simple género más. Su excepcionalidad radica en ser a la vez género y obra, medio y mensaje, texto y contexto: aterradora máquina autopoiética, work-in-progress infinito que se autorregenera, se reformula, y se renueva segundo a segundo. Es agobiante, sí, pero no hay nada que valga la pena que no lo sea.


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