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La edad media

19 05 2014 - 16:20

Bob Dylan casi ni menciona a sus viejos. En Cannes, los que suben al podio no nombran a los suyos. El padre de Franco Baressi nunca quiso ir a verlo jugar.

Mi madre habla de nuestro desmoronamiento familiar como si se cayera el Barsa, o estuviéramos viviendo la caída del Imperio Romano. Pero somos solo cuatro. Cuatro gatos locos en una novela condenada a dejar de construir la casa que nos hacían dibujar en el colegio.

Este domingo a la mañana fui a verla. Necesita mi ayuda porque mi viejo está turuleco, desfasado mentalmente.

Es increíble y a veces injusto el tiempo que perdemos creyendo que el otro está equivocado. Pero a mí, de mis padres, me separa un océano. No sé bien qué es. No solo pertenecemos a dos eras distintas. No solo sufrimos cada uno nuestro caos interno a solas. Hay algo más que me cuesta mucho descubrir para describir. No entiendo el mapa. El mapa que reemplaza la filcar de mi infancia por Google Earth y el gps. No hay puente, no hay Zárate Brazo Largo ni London Bridge. Hay muelles, como esos del tigre. Un muelle está viejo, otro sobrevive y otro tal vez sea resistente pero siguen siendo muelles. Todos son de madera, la madera debería ser noble. De un muelle a otro no cruzás el río y el río, sabemos, no es nunca el mismo. No hay nada más doloroso que no querer a tus padres. Quererlos solo de memoria, solo biólogicamente o de manera cine 8 milímetros no alcanza.

Siempre desconfié un poco de quienes exageran el afecto por sus padres. En esa desconfianza se esconde tal vez una envidia, la carencia. Y ese trastorno en forma educada me lleva a creer que detrás de esos lazos suele haber vacaciones pagas, tickets aéreos, cenas, créditos personales, herencias, y el afecto claro, el afecto de sangre. Muy pocos se animan a cuestionar el sentimiento hacia sus padres. Eso me hace sentir solo. Tal vez lo escriban en diarios personales pero yo necesito saberlo (no los detalles). Tal vez hacen falta claridad y pelotas para ver en lugares tan oscuros. O mala suerte, haberte perdido.

Mis padres seguramente están convencidos de que estoy completamente loco. Qué sé yo. A veces siento que no puedo empezar una familia porque ellos existen. Necesito que dejen de existir para empezar lo mío desde una página en blanco. Una página en blanco para volcar los buenos recuerdos, el amor, la comida, y cuando estaban ahí las noches que vomitábamos o temblábamos de fiebre.

Esta mañana llegué a su casa, después de un mes sin verlos, con una barba muy tupida. Nunca me había dejado la barba de esta manera. Ninguno de los dos pareció notarlo. Mi sobrino de siete años, que había pasado la noche en su casa, fue lo primero que notó.

—¿Qué te pasó? Es horrible, estás muy distinto— me dijo.

No debería olvidarme de que no somos especiales. Tendría que acordarme o tatuarme que muchos somos disfuncionales, pero ciertas sensaciones a veces te agarran cuando menos te lo esperás. No te das cuenta y estabas en posición adelantada.

En una era en la que no está muy bien visto suicidarse me parece injusto saber que hay una posibilidad (un porcentaje) de que yo me muera antes que mi papá y mi mamá. Yo que me cuidé en la soledad, que me puse a boxear antes y después, que acompañé con la armónica, que salí a correr todas y todas las mañanas, de repente me puedo ir. No es que quiera morime último. Simplemente la posibilidad me parece injusta. Como a mis padres les puede parecer injusta la ceguera de quien tiene que seguir viviendo unas décadas más

Tener una familia disfuncional te hace llevarte bien con tus vecinos, con los solitarios del café de la esquina, con otros padres incomprendidos y otros personajes de esta gran película.

Hay una esquina, por la que paso casi todos los fines de semana, donde vive un viejo. Este viejo siempre está arreglando cosas frente a su casa. A veces está arreglando algo en la entrada, pintando una reja, reemplazando una tejas en el techo. Riega sus plantas o fuma con la mirada perdida mientras su border collie callejea contento por la cuadra. Con este viejo establecimos un vínculo. Seguramente tenga hijos que no lo visiten. Seguramente no lo visitan porque tuvieron éxito, porque no trabajan con él, porque no reciben millas aéreas. Siempre los saludo con afecto, a él y a su perro, una sonrisa, el brazo mío por la ventana, el gesto respetuoso y la devolución suya: la sonrisa sorprendida, la ceniza acumulada por la quietud y el olvido en su cigarrillo, los ojos vidriosos y el perro que da vueltas y parece reconocerme.

En esos instantes, que duran segundos, él es mi papá.


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