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Friday Night Performance

23 05 2014 - 21:29

Tengo casi cuarenta años y estoy bailando. Ni son las ocho y bailo entre seres de este planeta, aunque por momentos desconfío de que sean de aquí. Digo de aquí porque por instantes algo me distancia. Esto podría estar sucediendo en cualquier ciudad del mundo. Me siento en un lugar neutro. Bailo torpemente sobre un piso de goma y bajo luces que me marean. Pienso en mi calvicie, en mi uniforme de viejo joven, de joven viejo vestido como muchos de los zombies que me rodean. Y soy un zombie que también rodea. Tengo puestas las marcas de una era reciclada: jeans Levi’s, zapatillas All Star camufladas, una remera de Gap azul francia, gastada. Muevo los brazos y las piernas con incomodidad. Un tipo lookeado de budista mira fijo a través de la pista, sentado en un rincón. Zapatillas cuelgan del techo y los rayos de luz nos atraviesan a todos. El sonido de una mosca con música tecnológica es la música. Hay bajos y altos pero el sonido de la mosca es el sonido fundamental de esta obra de arte. No me puedo reír. Todos sonríen pero yo no puedo sonreír, tengo las mandíbulas contracturadas del estupor. Sobre un caballo de calesita roto un señor viejo barbudo y de traje lee poesía a los gritos. No se oye lo que dice. Frente a una pantalla, una mujer en tetas baila con un fisicoculturista vestido con la indumentaria oficial de la selección argentina. Una chica se mueve con los ojos cerrados. Sobre otra pantalla gigante pelean dos gallos en cámara lenta. Segundos después proyectan bloopers y, en un video que dura minutos que parecen una eternidad, una lancha pierde el control, dos rubias terminan ensangrentadas y el pelado que maneja sale volando. Parece filmado con una Go Pro. Un chico se mueve a destiempo, o al suyo. Los tiempos son raros. Pienso en el curso del Arte de Vivir, no sé por qué. Veo personas de mi edad que nunca se cansan de bailar, de salir. A un costado se abre un círculo y, en una parrilla hecha con un barril reciclado (un chulengo), dos artistas queman computadoras que se derriten y despiden un olor tóxico. En el baño nadie habla. Solo se mea y algunos se lavan las manos, otros no. Pero hay silencio. El sensor moderno de una canilla no reconoce mis manos. Otro sensor sí. El sensor del secador automático no capta mi presencia. A la salida le pido mi campera a una chica vestida de traje. Busco en una canasta mi celula, que tiene pegado un número. Todos los invitados teníamos que dejar el celular en esa canasta. Cuando meto la mano para encontrar el mío, el número 37, algunos celulares se encienden. Le pregunto a la chica vestida de traje dónde puedo pedir un taxi. Calle, calle, calle, calle, avenida o en la rotonda después de cuatro calles, me dice, y me da un cosito de la pizza con un papel enrollado para el próximo evento, en un estacionamiento subterráneo abandonado.

En un kiosko compro cigarrillos. En la avenida encuentro un taxi. Hay olor a cigarrillo en el auto. Le pregunto si puedo fumar. Me dice que sí y le pido fuego. El taxista no encuentra su encendedor y en el encendedor de su auto tiene enchufado el cargador de su celular porque está esperando una llamada y se quedó sin batería. Un hijo te cambia la vida, me dice. Pero tal vez no la querés cambiar. Pienso en el pelado que sale volando de la lancha, en el blooper y se lo cuento al taxista. Buscálo en youtube, le digo. Poné: lancha choca.


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