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27 05 2014 - 14:08

Busco a Georgie, soy su hijo, me presenté a la encargada del geriátrico el sábado a la tarde. Firmé un formulario y me llevaron hasta la mesa en el comedor donde estaba mi papá tomando té y comiendo tostadas, junto a personas unos diez o más años mayores que él. No parecía sorprendido de verme. Estaba contento, aunque también un poco avergonzado de que lo viera rodeado de tantos viejos.

Me llevó hasta la sala de fumadores, donde había una tele. Dos viejos mudos miraban un partido de la NBA. Sobre una mesa dormían dos señoras como si las hubieran puesto a dormir. Una siesta eterna. Con mi viejo charlamos. La cabeza caída hacia adelante. Me habló del lugar, me dijo que compraron el edificio en el 67. Villa Adelina le queda un poco a trasmano a la mayoría de los familiares. Me dijo que pensaron en mudarse pero que sería muy difícil, caro, encontrar algo de ese tamaño en otra parte.

Le pregunté que había estado haciendo. Tenía que repetir todo porque no escucha bien. Le pregunté de nuevo que había estado haciendo.

—Esto es muy tranquilo, acá tenés todo organizado. No me falta nada. Nadie lee el diario except me and old Bill. Así que yo leo el Herald y después él me pasa La Prensa. Vemos tele, las noticias. A la noche pasan películas en la sala de cine (una sala con sillones frente a una pantalla, como la de los cumpleaños de antes). Desayuno, almuerzo y ceno — eso me dijo.

En la misma sala una señora pedía una guía telefónica.

—¿No habrá por acá una guía de teléfono? ¿O una Filcar?

—No, cada uno tiene su propia agenda con sus contactos familiares— le dijo David , un enfermero ayudante del alto Perú—. ¿Con quién quiere hablar? Con alguien de acá, o… ¿De Inglaterra me dijo, es usted?

—No, viví muchos años en Hackney pero quiero hablar con mi hermana de Hurlingham. O Devoto, creo.

—A ver, no sé como podemos hacer para encontrar su teléfono. ¿Está segura de que ella vive acá?—, le preguntó David. Tal vez su hermana había muerto hacía tiempo.

Yo dije que me parecía raro que no estuvieran mirando el partido del Atlético de Madrid y el Real, la final de la Champions League. Recién había recibido un texto de mi hermano por el gol del uruguayo Godín. David se entusiasmó y cambió de canal. Una chica vestida de blanco entró a la sala y se llevó a una señora empujando su silla de ruedas. Tenía dientes de conejo. Me sonrió. Yo también le sonreí.

Miramos el partido y sufrimos, queríamos que pasara el tiempo. A dos minutos del final empató el Real. Habría alargue. Nadie quería ver más, stress. Otra enfermera se llevó a un señor a la sala de cine, David se llevó a dos más.

Había otras visitas. Algunas señoras buscaban pegar onda, hacer sociales. Un visitante hablaba con un viejo sobre la iglesia anglicana, un viaje reciente a Africa y una conferencia en Canterbury. Parecía una conversación de locos. El visitante se lamentaba y decía sentirse un outsider de the Anglican Church. Se había escapado del catolicismo de su familia y había pasado por la iglesia evangélica y la presbiteriana.

Me sorprendió la cantidad de libros. Todos en inglés. Grisham, Danielle Steele, King, Sheldon, Kinsella, Crichton, ese estilo. También los DVDs y ejemplares de National Geographic en los estantes.

Pedí permiso para dar una vuelta. Mi papá aprovechó para ir a servirse un café. Antes de salir lo vi agarrar una azucarera y llevarse dos cucharadas directo a la boca.

Este edificio en el corazón de Villa Adelina (habría que sacarle el “villa” a los barrios, no importa el orígen de término) tiene todas las comodidades básicas y un poco más. La comida que sirven es rica, el lugar es muy limpio. Organizan actividades. Te dejan libre aunque te cuidan. No se puede tomar alcohol, sí se puede fumar. Algunos se las ingenian para entrar un poquito de alcohol de vez en cuando.

—Habría que sacarle el “villa” a los barrios, no importa el origen— le dije a mi viejo.
—What? Ah. Yes, haha.
—Villa Villa, Villa Crespo, Villa Devoto, Villa Bosch— le dije—. Dejarle solo Crespo, Adelina, no sé. La palabra villa no es alegre. ¿O sí? ¿Es mansión de familia o es un asentamiento pobre?

Mi papá no me prestaba atención. Miraba a la encargada que me recibió cuando llegué caminando al lugar. Caminando diez cuadras desde una avenida donde me había dejado el 87, o el 80, desde Barrancas de Belgrano.

En la página de inicio del geriátrico suena una canción:
I’ll say to my kids
go
and book me a room at babs.
have no insurance
can’t save a dime.
but it’s no matter
for when it’s time.
i’ll just say
book me a room at babs.
though there is no drink
one could snip a sip or two
so book me a room at babs.”

De afuera parece un colegio en fin de semana, con ese silencio. Adentro hay vida; los residentes (cuarenta y cinco ancianas versus seis tipos mayores), la planta permanente, enfermeros/as, cocineros, recepcionista, coordinador, director. En la semana llegan profesores de gimnasia por al mañana, una profesora de guitarra, una señora que lee cuentos. Greg, que alquila un cuarto hace cinco años, es el encargado de darle de comer al gato todos los días.

Hay un jardín lindo, con una parrilla, árboles, canteros con flores cuidadas. es un lugar acogedor. No está mal para irse una semana y desconectarse del mundo, traerse libros, escribir. Preparar asados. Ví unas habitaciones con las luces encendidas. Por una ventana llegué a ver la cabeza y el pelo blanco de una señora vieja, quieta. Es un lindo lugar para ver el mundial. Arriba hay una sala más chica con pantalla de TV más grande.

—¿Como anda el laburo?— me pregunto mi viejo cuando volví a entrar.
—Bien, sin sobresaltos, va bien.
—¿Y las minas?
Le dije que estaba saliendo con la chica del noticiero, la del noticiero de la noche.
—Ah! Interesting news, that’s good.
Hubo un silencio.
Me preguntó por mi casa y le dije que seguía con el tema del fantasma de la antigua dueña pero que todo iba bien ya. Que me había acostumbrado.
-What? ¿Qué? ¿Qué?
—Que me acostumbré. Que aprendimos a convivir.
Cada tanto me iba a ver como iba el partido. Ya estaba perdido. Por mensaje de texto lo ponía al día al Cholo, un amigo que volvía por el Tigre en lancha). 2 a 1, 3 a 1 , 4 a 1. En la residencia muchos se lamentaron. Una señora se lamentó mucho, hasta lagrimear.
Antes de irme mi papá me preguntó por el río.
—¿Cómo estaba esta mañana? ¿Bajaste hoy? ¿Caminaste por ahí?
—Sí- le dije- Estaba bajo, esta mañana estaba bajito. Podías ir caminando bastante adentro.

Nos dimos un abrazo. El me agradeció mucho la visita. Buscando la salida me encontré con la encargada. Sentí cierta tensión sexual de parte de los dos, o era más bien solo yo. Sin querer le tomé la cintura. Pensé en mi ventaja, ser casi el único joven o el único del día. Le dejé mi teléfono por si surgía alguna emergencia con mi viejo. Le miré bien los pezones a través de la transparencia del celeste. Un pezón me quedó grabado. Saludé y agradecí y busqué la salida. Me perdí, entré en una enfermería, después en una sala de juego y al final llegué hasta la cocina, donde preparaban pizza especial para la noche. Un cocinero me explicó como salir.

—La puerta a la derecha y vas a ver un timbre. Tocá ahí y te abren.


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