Click here
Más Features

El fin de la vía (8) | El fin de la vía (7) | El fin de la vía (6) | El fin de la vía (5) | El fin de la vía (4) | El fin de la vía (3) | El fin de la vía (2) | El fin de la vía (1) | Néstor Kirchner, la (primera) película | Renuncio | Graciela Bevacqua | Testamento: 4.2 Memoria y Condición Humana |







La carta robada. Una parábola

7 06 2014 - 21:40

Pocos itinerarios en la historia del progresismo argentino tan ejemplares como el de mi escuela primaria. La fundó, en algún momento de la década de 1960, un pastor protestante llamado Luis Parrilla, junto con un centro de orientación para la vida familiar y comunitaria. La escuela se llama, todavía hoy, Laura y Henry Fishbach, y el centro, el COVIFAC, que no sé si todavía existe. Laura y Henry fueron los mecenas del pastor. Sobre ellos no pude encontrar absolutamente nada de información en Internet. Sobre el pastor Parrilla se sabe bastante. Todavía vive. Es un hombre anciano e, imagino, sabio. Pastor protestante, taoísta, maestro de meditación. Fue funcionario del gobierno de Alfonsín en el área de derechos humanos, y al regreso de la democracia colaboró con diversos organismos, como las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo, con la escuela como base de operaciones. Incluso, se dice, llegó a refugiar gente buscada por las fuerzas de seguridad durante la dictadura. El nombre completo de la escuela era Escuela Primaria Evangélica Laura y Henry Fishbach. Sin embargo, era una escuela laica; estimo que entre sus alumnos había más judíos practicantes que católicos practicantes. Tuvo su época de gloria en las décadas de 1980 y 1990. Luego comenzó su cruel decadencia. Baste decir que en el año 2002, cuando la parroquia propuso cerrarla por ser financieramente inviable, pasó a manos de sus empleados (de algunos de ellos; otros la demandaron por los salarios atrasados) y se volvió una de las más emblemáticas empresas recuperadas.

La escuela tenía la impronta del pastor, y eso la volvía, me imagino, en sus comienzos, un lugar interesante: protestante, pero pionera en la educación sexual en América Latina. A mis padres, que en ese momento todavía eran progresistas, les debe haber gustado en parte por eso. No por la educación sexual, en particular, sino porque parecía ser un ámbito idóneo para el desarrollo de la personalidad, la individualidad, la creatividad, la solidaridad, etcétera. Varios años después, cuando debieron elegir la escuela de mi hermano, lo mandaron al Liceo Francés. Creo que ese cambio no obedece solamente a que mis padres abandonaron algo de su credo; creo que mis años en esa escuela probaron que ya no era lo que había sido, o lo que se pensaba que había sido. Mi escuela primaria desde que yo entré (esto es lo que puedo asegurar; quizás haya sido siempre así), y de ahí en adelante, se volvió un lugar irrespirable. Un microclima que prefiguraba, de alguna manera, lo que pasaría después a gran escala. Lo que quiero explorar aquí es esa prefiguración. Es que me temo haber pasado mi infancia dentro del huevo de la serpiente.

Odié a mi escuela primaria algunas veces mientras fui su alumno, pero esto le debe haber pasado a todo el mundo. También la quise; allí hice grandes amigos, sobre todo. Siento que no aprendí prácticamente nada, pero, de nuevo, no sé cuánto se aprende en la primaria. Sin embargo, con el paso del tiempo, el odio fue ocupando cada vez más parcelas, o el rencor, ante otros sentimientos posibles a priori, como la nostalgia; cada vez más fue así desde que me egresé y entré en el secundario. El hecho de que de tanto en tanto me asaltaran los recuerdos de algunos episodios prueba que la experiencia tuvo picos traumáticos poderosos. Si detesto a mi primaria, también es porque de niño fui peor persona que nunca después, y eso pesa. Sufrí, e hice sufrir. Lo que voy a contar a continuación lo puse por escrito una sola vez: me comuniqué vía Facebook con un antiguo profesor, le expresé todos mis reparos con la escuela (él ya no trabajaba más ahí) y los grados inéditos de crueldad a los que me había visto sometido. Su respuesta estuvo a la altura de las circunstancias: me increpó, me dijo que estaba hablándole mal de antiguos colegas de él y que no me comunicara de nuevo por temas como ese.

Lo que me lleva a escribir todo esto es que, en el último tiempo, mi bronca con la institución se reactivó con virulencia. Me enteré de que Mariano Feuer había transitado también sus aulas. Para quien no lo sepa: Feuer es o fue (no quiero decir nada de más: ya me amenazó en otra oportunidad con mandarme a sus abogados) un conocido community manager, estrella de Twitter y ex empleado (o empleado actual) del Senado de la Nación. Uno de sus momentos rutilantes tuvo lugar cuando, desde una heladería o café porteño, tuiteó fotos de unas mujeres que estaban hablando en una mesa y transcribió sus diálogos. En ellos, quedaba puesto de manifiesto que las mujeres eran antikirchneristas y que, además, tenían amantes. Feuer puso sus imágenes en Internet y delató sus amoríos extramatrimoniales, motivado por sus desavenencias ideológicas con las señoras. Luego, dijo que era todo mentira, que inventó los diálogos. Que sea falso o verdadero me resulta, como diría Juana Molina, totalmente inverosímil. Feuer es, a su vez, amigo de otra persona, no famosa, también exalumna de Fishbach, que hace un tiempo, también en Twitter, me dijo: “De chiquito eras bueno. Eras amigo de mi hermano. Venías a nuestra casa, estabas con mi familia. ¿Qué te pasó? ¿En qué te convertiste?”. No pude no ver los restos de la pavorosa instrucción primaria en ese tipo de acciones descomunalmente psicopateadoras. De la delación ideológico-moral de un agente gubernamental al golpe bajo de la hermana de mi amigo: variaciones de lo mismo.

Lo que le conté a ese antiguo maestro de primaria es escalofriante. En quinto grado, toda la clase, yo incluido, por supuesto, torturó psicológicamente a un compañero discapacitado a instancias de la maestra (aclaración: una de las features progresistas de mi escuela era que recibía muchos alumnos con discapacidades mentales o físicas). La sesión de tortura fue la siguiente: uno de estos chicos con problemas era especialmente conflictivo. Se peleaba con todo el mundo, rompía cosas, gritaba, a la vez que podía expresar su amor más tierno por las personas que peor lo trataban, etcétera. Un día, los padres del chico le mandaron una carta a la maestra, en la que juzgaban en duros términos la actuación de los chicos del grado y de la maestra misma respecto de su hijo. Era una carta que dejaba a todos mal parados, imagino que con algo de razón y con bastante falta de ella también. La carta era solo para la maestra. Ella decidió, en cambio, leerla en voz alta, para toda la clase, ante los gritos de desesperación y el llanto histérico del chico. Nada la detuvo. Quizás creyera que esto era necesario para su víctima, como deben haber creído tantos torturadores a lo largo de la historia.

Creo que ninguno de nosotros dijo nada en ese momento. Posiblemente, a nadie le haya parecido mal. Así se crea un monstruo. Muchos monstruos. Nosotros. Nunca podré sacarme del todo la culpa de haber participado de esa agresión. Esa misma maestra hacía chistes de humor negro sobre dos hermanas que no hablaban en público (pero escuchaban y entendían perfectamente). Eran buenas, prestaban sus útiles y, a su modo, eran cariñosas. Pero no hablaban. Materia suficiente para el chiste cruel.

A sus alumnos preferidos, en cambio, los invitaba a la casa, después de clase, a ver una película. Te hacías muy amigo de ella. En la casa, te adoctrinaba. Te mostraba sus fotos de Leonardo Favio. Su mejor amiga era maestra en el “A” (yo iba al “B”), les hablaba a sus alumnos de cuarto grado de los abortos que se hacía y entraba a todas las aulas el 17 de octubre diciendo, a los gritos: “FELIZ DÍA DE LA LEALTAD”.

Como decía, la escuela era pionera en educación sexual en América Latina. Veíamos unos videos llamados “De dónde venimos”, en los que un varón tenía sexo con una mujer y así salía el nene. Todo quedaba clarísimo. Por supuesto, la homosexualidad no existía: todavía era, como otros hoy en día (algunos, increíblemente eternos, como los crímenes de la revolución cubana), uno de los límites del progresismo.

Todo se hacía a medias, y se encaraba por el costado más fácil. Tuvimos clases de música los siete años. Nadie aprendió absolutamente nada. Tuvimos clases de inglés los siete años. Lo mismo. Eso en parte obedecía a que la escuela era un eterno descalabro, pero también a un sustrato ideológico: ¿para qué estudiar música? ¿Por qué darle un instrumento a un chico, si puede cantar “Presente” todos los años? También, siempre: “Cambia, todo cambia” (“Todo cambia menos la canción”, agregó mi vieja una vez, que imagino que vería con una mezcla de estupor e impotencia las boludeces que me hacían hacer: yo no me quería cambiar de escuela de ningún modo). Con que el chico cante es suficiente: ni siquiera no tiene que afinar. Sobre el inglés, la directora de la escuela nos dijo, en más de una oportunidad, que nos lo enseñaban porque estaban legalmente obligados a hacerlo.

Quizás la asignatura Música exponga más que ninguna otra la tragedia de la educación progresista. Salvo que seas un genio, si no te enseñan música, si no te dan un instrumento y te obligan a que aprendas a tocar algo, nunca vas a a aprender nada. No vas a poder pasar de cantar “Presente”. Una de las escenas más memorables de Los Simpson tiene lugar cuando Marge, Homero, Bart y Maggie van a ver a Lisa, que toca con la orquesta de su escuela. El programa consiste en la Sinfonía Inconclusa, cuyo nombre alegra a Homero, que tiene que ir a ver un show de autos monstruo inmediatamente después. La orquesta suena horriblemente desafinada, pero la música de Schubert es reconocible. Una orquesta de una escuela primaria, que es más bien una banda, está tocando una sinfonía de Schubert. No pretendo eso, por ahora, de las escuelas argentinas, pero sí un punto intermedio. No se puede desperdiciar tanto tiempo de tantos niños en enseñarles nada más que letras y letras de canciones populares. Sin disciplina, al menos aquella requerida para que un chico pueda tocar en una pequeña banda, nunca va a haber clases de música en las escuelas. Y el progresismo educativo odia la disciplina.

Cuando pedí que me dejaran faltar un par de días a la escuela, en séptimo grado, porque estaba haciendo el curso de ingreso a un colegio universitario, la directora me dijo: “Cada uno se mete en los líos que quiere”. Uno podría pensar que la escuela tenía secundario y estaban celosos: afortunadamente, no. Solo era primaria. Lo que le molestaba era que alguien decidiera alejarse de su senda pastoral y buscara aventurarse en los caminos liberal-elitistas del mérito y el esfuerzo.

La misma maestra que martirizó al niño de la carta a mí no me corregía las tildes para no violentarme. Esto es la pura verdad. Si aprendí a escribir, fue gracias a mi mamá, que inspeccionaba toda la tarea que la escuela decidía abandonar.

La energía que podría haberse destinado a reunir a los chicos en una orquesta se dispensaba, en cambio, todas las mañanas, todas y cada una de ellas, cuando llegábamos todos, en una asamblea. No íbamos directo a nuestras aulas, ni a izar la bandera (esto se hizo recién en mis últimos años y de nuevo, creo, por obligación gubernamental; yo no aprendí ningún himno patrio, y entré al secundario pensando que Sarmiento era una mala persona), sino que nos reuníamos todos en el comedor, toda la escuela. Nos mirábamos a las caras. Esa era la asamblea. Quizás la directora decía unas palabras. Aun cuando nadie tuviera nada para decir, teníamos que vernos, como si no fuéramos a hacerlo de nuevo durante las ocho horas siguientes que duraba la jornada. Por supuesto, todos odiábamos la asamblea.

Las calificaciones en el boletín no eran numéricas. Ni siquiera se podía usar el término Muy bueno, o Sobresaliente.

Mi escuela inventó el kirchnerismo, al sumarle a la herencia de la izquierda antiimperialista, nacionalista de Jorge Abelardo Ramos y Hernández Arregui la perversión tan propia de las maestras de primaria, conocida en general y exacerbada en este caso en particular, que Cristina Kirchner expone ejemplarmente una y otra vez. La música no se estudia, se vive. El inglés es una obligación. Podés aprovecharte de una persona más débil que vos si eso te va a traer beneficios con terceros, no sin antes presentarte como el paladín del amor, el respeto, la solidaridad y la tolerancia. ¿Acaso alguien no cree que Cristina leería la carta de los padres de mi compañero por Cadena Nacional?


————————————

Del mismo autor: