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Un puño en un balde de agua

9 06 2014 - 08:17

El gato se me acerca no porque le caiga bien. El gato se me acerca porque huele el humo. Huele el humo del cigarrillo que fumo, y el humo que se acostumbró a oler con los años es el humo de los cigarrillos de Richie, el único viejo del geriátrico que sale al jardín a fumar y se encarga de darle de comer todos los días. Micho (a los viejos no les da la cabeza para pensar más nombres) se me acerca por el síndrome de abstinencia.

Llegué al hogar de ancianos sobre la calle Segurola a las tres y media de la tarde. Después de mi cigarrillo me senté a esperarlo en la sala de televisión. Me sentí pesado, tal vez era la calefacción, y me quedé dormido. Dormíamos la siesta al mismo tiempo. Mi papá en su habitación y yo en una sala de espera que de a poco se fue poblando de personas que caminaban lento, que usaban bastones o sillas con rueditas.

Me despertó la voz de una señora que creía estar en el barrio de Barracas, en el hospital británico de la calle Perdriel. Lorena, Lorraine, no sabía donde estaba. Otra señora preguntó por su papá. Jessica, la misma enfermera que le recordó a Lorraine que no estaba en Barracas, le dijo que su papá tampoco estaba.

—Sí, si que está— insistió la señora grande enojada.
—Bueno sí, está bien— se resignó Jesica, y puso el partido de Argentina contra Eslovenia.

Mi papá apareció con cara de dormido y nos dimos un abrazo. Le dí las galletitas Sonrisas que me había pedido en la semana y un CD de JJ Cale que sabía que le iba a gustar volver a escuchar. Salimos de nuevo al jardín, volvió a acercarse el gato.

—Es por el humo— le dije, y le puse mi sweater sobre sus hombros rodeándole el cuello con las mangas por el frío.

Hablamos un poco de lo mismo. Nuestras conversaciones suelen ser como esas calesitas viejas de plaza (o del muelle de Brighton) y repetimos los mismos lugares: el trabajo, la semana, la noche anterior. El me contó lo mismo que me había contado los sábados anteriores y yo le conté lo mismo que le había contado los sábados anteriores.

“But you know what?” me dijo de repente, como contando una anécdota irrelevante. “The lady who sat next to me every meal died on thursday.” Se rió fuerte. “101 years old!” Me palmeó la rodilla riéndose.

“We are a fist in a bucket of water. If you take it out, what happens?” No lo entendí.



Cuando terminó el partido preparé café para los dos y pusimos el disco de JJ Cale en un equipo que había en un salón chiquito lleno de libros y unos sillones.

Mi papá disfrutaba del disco. Yo pensaba en este lugar, en todas estas personas que no dicen nada, que no la mencionan pero que en el fondo saben que juegan la zona de la muerte. Mi papá sonreía.

A las siete, cuando me fui, sobre la pizzarra de la entrada vi el menú de la noche: Saturday Dinner, Sopa de sémola, Escalope de ternera y pera de postre. Arriba a la izquierda de la pizarra había una foto de Liliana Tanner. 1913 – 2014. We will never forget your joy and kindness, decía en marcador.

En el colectivo repleto, el 80, volviendo a casa, un chico de unos veintipico subió y nos habló del pecado. Nos habló del infierno. Nos dijo que Dios nos amaba a pesar de nuestros pecados y predicó —en un acento correntino— que para llegar al cielo hay que creer. Ví la vulnerabilidad en la cara de todos. Yo también me sentí vulnerable y miré el folleto que nos dejó a cada uno. El folleto decía

¿Sabes cuál es el problema de la vida?

Recordé el humo y al gato y lo que dijo mi viejo: Somos un puño en un balde de agua. Si sacás el puño, ¿sabés lo que pasa? Eso quise preguntarle.


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