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Las cartitas del Señor López

19 12 2004 - 14:28

La primera carta del señor López es un e-mail del 17 de noviembre por el cual me despidió como director del Bafici (Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente).

Estimado Quntín:He tenido que tomar una decisión que no hubiera querido tomar, pero tu decisión de dirigir el MARFICI hace incompatible tu continuidad a cargo de nuestro Festival.
A vos te consta que cuando ingresé a la secretaría banqué tu nombre porque la tarea desarrollada habá sido muy importante, pero resulta imposible la continuidad con lo que ocurrió.
Reitero, resulta absolutamente incompatible y luego de tus declaraciones en el Diario La Nación confirmando todo me dejan sin opción.
Hoy lo hablé con el Jefe de Gobierno y estoy comunicando la decisión a todos.
A tu regreso podremos conversar pero la resolución lamentablemente ya está tomada.

Gustavo López

El Marfici fue un pequeño festival organizado, financiado y dirigido por empresarios de Mar del Plata que tuvo la idea de llamarse así en homenaje al prestigio del Bafici. Los organizadores contrataron a todo el equipo de programadores del Bafici para que eligieran las películas. De modo que no dirigí el Marfici (que tuvo lugar en los primeros días de diciembre), no lo organicé, no tuve ninguna responsabilidad, salvo trabajar para él en ejercicio legítimo de mis derechos ya que no tenía con la Ciudad una relación de exclusividad sino un contrato basura (sin garantía de estabilidad ni derecho a indemnización, sin vacaciones, aguinaldo, medicina o aporte jubilatorio, como ocurre con innumerables agentes del Estado, el gran empleador en negro de la Argentina). López mintió en su primera carta, que invoca un trascendido periodístico como fundamento de una decisión brutal. Ni siquiera el artículo de la Nación, parte de una operación de prensa del propio López, decía que estuviera dirigiendo nada. La incompatibilidad invocada, además, se aplicaba solo a mi persona. Ni al resto de los programadores, ni al nuevo director, Fernando Martín Peña, quien declaró, apenas nombrado, que había puesto como exigencia para aceptar el cargo la posibilidad de continuar ejerciendo como programador del Museo Latinoamericano de Buenos Aires.

La segunda carta de López desarrolla un poco más esta idea de la incompatibilidad. Es una respuesta a una carta de protesta por mi despido del crítico americano Jonathan Rosenbaum.

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GOBIERNO DE LA CIUDAD DE BUENOS AIRES

Buenos Aires, 16 de diciembre de 2004.

SEÑOR JONATHAN ROSENBAUM

S / D

Atento a su nota enviada al Jefe de Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Dr. Aníbal Ibarra con fecha 3 de diciembre de 2004, quisiera agradecer su carta y la preocupación y afecto con que se refiere al Bafici que es, fuera de toda duda, uno de los eventos culturales más preciados de esta Secretaría y, sobretodo, valorado por cineastas y vecinos.

También quisiera tranquilizarlo en cuanto a que, más allá de estilos, saberes y limitaciones personales de quienes estén temporalmente a cargo del Bafici, el proyecto de esta Secretaría es que el Bafici continúe creciendo en la misma línea desarrollada hasta la fecha. El estímulo y fomento de la diversidad cultural, y, en especial, brindar espacios a las producciones culturales más alejadas del mercado, es política prioritaria para esta Secretaría y para este Gobierno no sólo para el cine sino para las diversas ramas del arte.

La separación de Quintín de su cargo de Director del Bafici no nos impide reconocer sus virtudes ni considerar como muy positiva su gestión al frente del mismo. Pero es una decisión que nos vimos obligados a asumir en cuanto se borraron los límites entre lo público y lo privado.

Pese a conocer nuestra opinión contraria, Quintín resolvió aceptar la propuesta de organizar un festival de carácter privado de similares características, hecho que no reconoce antecedentes en el mundo. Desde el punto de vista de este Gobierno, ambas actividades resultan manifiestamente incompatibles desde que se utilizan estructuras e insumos del Estado en beneficio propio y para lucro personal, por lo que esperamos comprenda Ud. que la decisión asumida fue producto de la responsabilidad que nos toca en tanto administradores del patrimonio público..

Este Gobierno se ha caracterizado, tanto en su primer etapa como en el período en curso iniciado hace poco mas de un año, por hacer de la ética una bandera irrenunciable que no puede quedar sometida a situaciones confusas.

Hemos confiado la dirección del Bafici a un profesional de amplia experiencia, y como siempre hemos hecho, haremos los mayores esfuerzos para que el Bafici siga siendo un faro para el cine independiente y para la Ciudad de Buenos Aires.

Esperando haber respondido sus inquietudes y quedando a vuestra disposición para cualquier aclaración que considere necesaria, saludamos a Usted atentamente

Dr. Gustavo F. López

Secretario de Cultura

Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

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Hay varias cosas que decir sobre esta carta. En primer lugar, no organicé el Marfici y López lo sabe perfectamente. También sabe que no hay características similares entre ambos festivales (salvo el nombre, que nosotros no le pusimos). En segundo, decir que algo “no tiene antecedentes en el mundo” es de una estupidez soprendente. ¿Revisó todos los festivales de todos los países? Me gustaría presentarle a Dimitri Eipides, un griego que dirige un festival en Grecia y otro en Chipre y además colabora en la programación de otro festival griego, más un cuarto en Toronto y un quinto en Montreal. Eipides, dada su múltiple actividad, es vastamente conocido (y respetado) en el circuito del cine internacional. Por otra parte, dado que ni siquiera teníamos una oficina en el Bafici, no sé qué estructura podríamos haber usado. En cuanto a los insumos, ignoro si López habla de biromes o de papel higiénico. Tal vez crea que nos robábamos las películas del Bafici para darlas en el Marfici.

Pero demos la discusión de fondo en beneficio de los que de buena o mala fe, siguen creyendo que “algo habremos hecho”. La acusación de López se basa en la homologación de nuestra conducta a un modelo como el siguiente:

El gobierno de la ciudad posee una verdulería. Yo era el encargado de administrar la verdulería. Un día, instalé una verdulería privada en frente de la oficial y allí vendí, de contrabando, los tomates y las zanahorias adquiridas por el municipio. Por supuesto, este esquema consituiría un delito y López, como funcionario público, tendría el deber de denunciarlo a la justicia.

Pero yo nunca dirigí una verdulería, o al menos traté de que el festival no se pareciera a una, con el debido respeto a los verduleros. En realidad, dirigir un festival público y programar uno privado se parece más a una situación completamente normal y aceptada por los usos y costumbres: el de un médico municipal, un cirujano digamos, tal vez el jefe de un servicio o por qué no el director de un hospital que también opera en clínicas privadas. De más está decir que los médicos adquieren buena parte de su experiencia y conocimientos en el hospital y los utilizan en su consultorio. En general, los magros sueldos del Estado hacen que no se abstengan de practicar la medicina particular. El mismo derecho debería asistirle al director de un festival mientras un pacto explícito no diga lo contrario. Y no hay mucho más que hablar al respecto, salvo que López decidió abusar de su posición, interpretar unilateralmente la ley y nos privó de hacer lo que ella no prohibe, en contra de lo que manda la Constitución Nacional. Y, para colmo, López continúa calumniándonos en público.

Porque hubo, además, otra carta de López, aunque no la firmó él sino el periodista Pablo Sirvén, en La Nación del 12 de diciembre. López, en la carta a Rosenbaum, afirma como concepto fundamental en relación a mi despido, que se borraron los límites «entre lo público y lo privado». Ese es exactamente el título del artículo de Sirvén. El estilo de esta tercera carta es nauseabundo, con el tono de un pasquín amarillo y acentos de libelo racista. Hay algo notable en la alianza entre López y Sirvén. En estos días López se enfrenta con la derecha católica y defiende (como corresponde) la exposición del artista León Ferrari en la Recoleta. Pero, al mismo tiempo, ha recurrido a un católico reaccionario como Sirvén para que nos ataque. Es curioso que los dos matutinos de derecha, La Nación (desde la gestión de Sirvén al frente de Espectáculos) y Ambito financiero (desde siempre) se hayan opuesto a nuestra gestión en el Bafici. No sólo eso: si se lee atentamente la nota de Sirvén se comprueba que su autor se opone al festival mismo bajo el pretexto de que es caro y se desvanece enseguida, mientras que Ambito descalificó siempre al Bafici bajo el mote de “festival municipal”.

Estos medios gráficos son los que hoy respaldan la arbitraria decisión de López y el nombramiento de Fernando Peña (el resto calla). En este nombramiento se expresa el consenso de una buena parte del medio cinematográfico y su sentido se hará seguramente más claro en los próximos meses. Por lo pronto, del lado de Peña están La Nación y Ambito y el lenguaje de Sirvén. Y las injurias que semana a semana los allegados a Peña desparraman desde hace años en algunas radios contra todos los que creen en un cine distinto. Y un funcionario como López, de una incultura apabullante, al que le tocó ser Secretario de Cultura y que no teme poner en peligro el evento más prestigioso de su gestión para afirmar su autoridad, quedar bien con sus aliados en el gobierno nacional y preparar negocios a futuro con la industria del cine.

Hay otra carta que mencionar, esta vez un artículo que Flavia y yo publicamos en El Amante como despedida del festival y de la revista en la que anunciamos un largo y acaso definitivo paréntesis en nuestra vida profesional. Después de escribirla, nos encontramos con la monstruosa nota de La Nación. No es agradable descubrir que funcionarios del gobierno nos hacen calumniar en la prensa y es lícito pensar que lo seguirán haciendo. Y nos da miedo, aun desde el retiro. Y más miedo nos da que una barbaridad incivil como la de Sirvén pase sin respuesta, porque las que hubo no se publicaron, porque hay muchos que celebraron el exabrupto y muchos más que se resignan a él como moneda corriente.

Desde este miedo que produce la sensación de haber sido eyectado de la vida pública para pasar a ocupar definitivamente el lugar de réprobo, desde el peligro incluso de volverme paranoico y aunque sea parte interesada de estos conflictos, no puedo menos que hacer un apunte a futuro que espero sea desmentido por los acontecimientos. El consenso que hoy rodea al nuevo director del Bafici (y que parece habilitar, como vimos, un conjunto de prácticas antidemocráticas) poco tiene que ver con calidades profesionales y sí con un consenso más profundo: el de un país en el que el nacionalismo más ramplón habilita el autoritarismo, la censura y los negocios corporativos, horizonte hacia el que la Argentina parece encaminarse y en el que el cine juega un papel destacado como rehén de un ancestral oscurantismo. Si se me permite una palabra final de orgullo, contra ese oscurantismo hicimos el Bafici durante estos cuatro años.


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