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El Efecto Nudler

19 12 2004 - 17:20

O los obligan a renunciar o los echan, y ellos se enojan. El evento pasa a primer plano. Todos opinan. El escándalo nos entretiene unos días, después nos empieza a aburrir y a las pocas semanas es reemplazado por uno nuevo (Ferrari, Cuba, whatever). Hay un problema con esto: el escándalo nunca se transforma en lo que debería ser; instrumento para la dispersión centrípeta de un debate interesante. Otro tipo de ventiladores, sin embargo, funcionan a la perfección.

La anomia cultural es severa. Pocos lo reconocen, y esos pocos lo hacen mal. Ahí están Torcuato Di Tella y Nudler haciendo zapping en sus casas. Las trincheras son demasiadas, y ninguna lo suficientemente seductora como para unírsele. De hecho, daría la impresion de que desde adentro, la vida en la trinchera se hace insoportable, algo así como el colegio secundario. ¿Ya mencioné a Nudler y a Di Tella?

Lo de Quintín es distinto por varios motivos. El venía callando el lógico desprecio que sentía hacia sus jefes con una mezcla de hidalguía y resignación que no parece haber sido suficiente para ellos. En las declaraciones y escritos del Quintín post-despido se ve claramente el crescendo de alguien a quien le hincharon tanto las pelotas que al final dice lo que ellos quieren escuchar. O no exactamente (no imagino a Gustavo López regocijándose ante la nota de Quintín que publicamos hoy), pero algo de eso hay: una cierta validación de López como interlocutor que, en principio, suena excesiva. Y no es que no nos hayamos ocupado del Gobierno de la Ciudad en estas páginas, pero aclaremos por las dudas lo que Quintín, por sus circunstancias, dice a medias y contempla menos: ninguno de estos sujetos tiene la entidad intelectual necesaria como para participar en estas conversaciones.

Hubiéramos preferido que nuestra primera nota escrita por Quintín fuera sobre cine, o sobre el calamar gigante, sobre cualquier cosa más interesante que Gustavo López. Sobre todo porque para eso están los diarios — sería tonto esperar otra cosa de ellos. El hecho de que las cartas de López tengan que ser comentadas acá es grave en dos niveles: primero porque el silencio de los medios ante algo relativamente inofensivo como esto sólo puede hacernos pensar lo peor en cuanto a cómo manejan noticias más conflictivas; segundo porque nos gusta más hablar de otras cosas, pero si vamos a hablar de las mismas deberíamos, por lo menos, usarlas para entender algo nuevo acerca del funcionamiento del universo. No pudo ser así esta vez, y no sería justo cargarlo a Quintín con la responsabilidad. Pero tanto nosotros como él nos merecemos algo mejor que el destino de Nudler, ícono de la rebelión contra autoridades de una banalidad vergonzante, empujado a la periferia de la denuncia. Nudler también lo merece, de hecho. Let’s get together and go bowling.

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Las cartitas del Señor López, por Quintín

Contra el Gustavolopecinismo. Quintín recoge una serie de guantes lanzados por los funcionarios de la Ciudad y sus satélites.

Además:

El doble adiós, por Quintín y Flavia de la Fuente.

Despedida a ser publicada en el próximo número de El Amante.

Entre lo público y lo privado (link externo a nota de Pablo Sirvén)

Feo de veras.

Respuesta de Q a Sirvén

En carta a La Nación que no fue publicada.

La única dueña, por Huili Raffo

Una lectura algo distinta de la nota de Sirvén, publicada acá hace unos días


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