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Calatrava Reverie

21 12 2004 - 13:53

Puerto Madero, lado sur. Caminaba desde Independencia hacia el norte cerca de las tres de la tarde. Llevaba en el bolsillo del saco el pasaporte recién salido de la Policía Federal, y aún me quedaba un rato para volver al trabajo. Delante mío, a unas cuadras, tenía al Puente de la Mujer, un adefesio del arquitecto español Santiago Calatrava. No puedo dejar de mirarlo por lo desubicado que está, por su escasa comunicación con el contexto, por su profunda inutilidad, por la enorme simbología que encierra su construcción, simbología de lo banal por encima de toda otra consideración, signo de una época que tomó al cinismo de la peor manera, como un arma involuntaria más de una larvada lucha de clases en la que muchos jugamos el dudoso papel del doble agente. El Hilton de Puerto Madero necesitaba un puente, y contrató a Calatrava para que le donara a la ciudad de Buenos Aires un puente en Puerto Madero, a la salida del Hilton. El puente valía unos millones y tenía unos mecanismos mas o menos sofisticados para abrirse en dos y que pasara el barco o la farolera. De poco importaba que en Puerto Madero no se necesitaran más puentes, ni que por ese dique casi no pasaran barcos, ni que la ciudad necesitara y aún necesite con desesperación inversiones de alto valor simbólico y con capacidad de circulación mundial en un montón de lugares, menos en el ya sobrecargado corredor norte, adonde va el 80 por ciento de la inversión pública en infraestructura, sin contar los puentes de Calatrava y la Floralis Generica de Eduardo Catalano. ¿Por qué no hacés un puente de aquellos en Lugano? ¿Por qué no rediseñás el Puente Avellaneda, donde te roban hasta los calzoncillos? ¿Por qué no abrís el arroyo Maldonado y ponés un puente veneciano en Villa Luro, si sos tan atrevido, tan intervención urbana, tan impactante, banana? Calatrava es un gran mentiroso, un empleado de los ricos que —a diferencia de los grandes del renacimiento— no sabe cagarse de risa de eso. Calatrava hace unos puentes más o menos iguales en todo el mundo, pero en Buenos Aires dice que son las piernas de una mujer bailando el tango, en Mexico un mariachi tocando Sol sostenido y en Roma un plato de fetuccini al pomodoro. Calatrava se ha dedicado a estupidizar las formas, todo lo contrario de lo que uno imagina cuando piensa qué interesante es la arquitectura. En verdad entonces, pensaba ya a pocos metros del puente, esto sólo puede existir en esta parte de la ciudad, y ninguna época hubiera sido mejor que la época en que se hizo. Yo, que he sido protagonista y testigo de estos años, no tengo recursos para destrozar el puente a piedrazos o promover la construcción de algo distinto, yo no he encontrado otra forma de escaparme de esa ciudad, o de mi estar en ella, que, efectivamente, escaparme. Tengo el pasaporte, en el bolsillo del saco, unas horas para volver al trabajo, unos días para irme del país con la conciencia más o menos tranquila y las finanzas más o menos resueltas. En la boca del puente del lado del río, o del Hilton, hay una pequeña tarima, de unos tres metros de largo por dos de fondo y no más de medio metro de elevación. Hay algunos fierros alrededor, unas cintas, mucho calor y unos tipos que pasan apurados sin mirar. Para las tres de la tarde está planeada la inauguración oficial del puente, con la presencia no de Calatrava, válgame Dios, pero sí del Presidente de la Nación y del Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, que graciosamente recibieron y gestionaron la donación. Claro que el final de esta historia ya es conocido: según veo en mi pasaporte, ahora, desde otra ciudad, con otros puentes a la vista, todo esto ocurrió el 21 de diciembre de 2001, hace hoy tres años, y la inauguración nunca tuvo lugar. A la hora señalada, De la Rúa ya estaba en su quinta particular como ex Presidente; Ibarra había huído de sus oficinas un poco antes, disfrazado de enfermero o de enfermo en una ambulancia del SAME. El puente no podía tener un comienzo más alegórico. Había habido ruido de tiros durante todo el día, pero a esa hora, en ese lugar, sentado en la tarima de espaldas a la ciudad, no se escuchaba un alma.


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