Click here
Más Features

El fin de la vía (8) | El fin de la vía (7) | El fin de la vía (6) | El fin de la vía (5) | El fin de la vía (4) | El fin de la vía (3) | El fin de la vía (2) | El fin de la vía (1) | Néstor Kirchner, la (primera) película | Renuncio | Graciela Bevacqua | Testamento: 4.2 Memoria y Condición Humana |







Sure & Safe

27 12 2004 - 06:41


“¿Qué es estar protegido [...]?. No es estar instalado en la certidumbre de poder dominar perfectamente todos los riesgos de la existencia, sino más bien vivir rodeado de sistemas que dan seguridad, que son construcciones complejas y frágiles, las cuales conllevan en sí mismas el riesgo de fallar en su objetivo y de frustrar las expectativas que generan. Por lo tanto, la propia búsqueda de protecciones estaría creando inseguridad. La razón de ello sería que el sentimiento de inseguridad no es un dato inmediato de la conciencia. Muy por el contrario, va de la mano de configuraciones históricas diferentes, porque la seguridad y la inseguridad son relaciones con los tipos de protecciones que asegura –o no- una sociedad, de manera adecuada. En otras palabras, hoy estar protegido es también estar amenazado”.

Robert Castel,
(2004)

Hace pocas semanas, alguien protestó porque un comentario de este sitio miraba con cierto escepticismo el reclamo de los vecinos de Palermo por mayor seguridad, y porque comentaba —varias veces para el gusto del crítico anónimo— que la inseguridad y el “desmantelamiento del Estado” (esa es la expresión que el lector lamentó) se deben tanto el uno al otro.

Aquella nota también se preguntaba hasta qué punto el fenómeno de la inseguridad es una experiencia sensorial —digamos, una sensación cotidiana— nutrida tanto de los crímenes como de cuánto y cómo se habla de ellos en la escena pública monopolizada por los medios de comunicación.

Entre los balances de navidad y fin de año que llueven en éstas horas, la ciudad de Nueva York hace también su reporte de siempre sobre el índice de criminalidad. Y como siempre —si se acepta el mote de “siempre” a una tendencia de 14 años seguidos— la tasa de criminalidad volvió a bajar, llegando al número record de 549 asesinatos (homicidios dolosos) en el 2004. A menos que la gente se empiece a matar a lo loco en lo que queda del año, el 204 cierra con 30 muertos menos que en el 2003 y bastante por abajo de los 2.245 muertos de 1990, cuando el tráfico de crack hizo estragos en la ciudad, o al menos en partes importantes de la misma.

Es un número sorprendentemente bajo por donde se lo mire. La reducción de homicidios, además, viene acompañada de una baja en el número de violaciones, robos a mano armada y asaltos. Hasta la última semana, el único rubro que subió fue el del robo de autos, un 2,2 por ciento más que en el 2003.

Además de la experiencia cotidiana (en mi barrio de clase media, Carroll Gardens, no se registró ningún asesinato ni violación en los últimos dos años; en el barrio contiguo de clase baja de Red Hook, los homicidios subieron de 0 a 1, las violaciones bajaron de 2 a 0) la comparación con otras ciudades van todas en el mismo sentido. La tasa de criminalidad en Nueva York es de 6,8 asesinatos por cada 100 mil habitantes —la medición standard utilizada mundialmente— muy por debajo del 12,4 de las 10 ciudades más grandes de los Estados Unidos.

Es difícil encontrar una sola razón para explicar un proceso que, dada su extensión en el tiempo, parece estructural y no el producto de un factor casual o coyuntural. Muy a pesar de la autopercepción que los Estados Unidos construye de sí mismo, parte de la explicación tiene que ver con un generoso despliegue social y territorial —no sólo represivo— del Estado, asi como con las tendencias que resisten su repliegue. La reforma policial de Nueva York se conversó tanto en todo el mundo y se usó para justificar acciones tan diversas —incluso por sus propios progenitores, no todos a la altura de la política que implementaron— que resulta difícil establecer qué fue. Pero nadie negaría al menos tres partes centrales, que hacen de la política de “tolerancia cero” algo bastante más complejo que lo que se ha publicitado: 1) Liderazgo civil; 2) Cambios en el gerenciamiento y los mecanismos de control interno de la policía; 3) Generosa disponibilidad de fondos para incrementar la calidad y cantidad del personal policial y su equipamiento.

Ninguna ciencia. En otros tantos casos en el mundo, la misma combinación no dio idénticos resultados. Nueva York tuvo la buena fortuna de que ésto se combinara con otros procesos más o menos externos a la ciudad, como la persecución nacional al tráfico de crack —cuya violencia resultó ser mayor y más extendida que en el resto de las drogas— o el ya conocido crecimiento económico de los Estados Unidos durante los ‘90. Aun así, la ciudad ya vivió una crisis como el 11 de setiembre de 2001, una cuasi recesión antes y después, y un deterioro de buena parte de los indicadores económicos y sociales, sin que la tasa de crímenes dejara de bajar.

La presencia del Estado en todo esto es difícil de disimular: el gobierno de la ciudad y sus caras conocidas invirtiendo su capital simbólico en el tema; la publicidad en toda la ciudad invitando o forzando el involucramiento de los vecinos en denunciar tanto los crímenes como los abusos policiales,; el poder judicial agilizando sus procesos y actualizando sus leyes; la ciudad llevando la cantidad de policías a 40 mil, aumentando los salarios y multiplicando por dos la cantidad de patrulleros; la policía misma creando órganos de control y gerenciamiento interno apoyados por el poder público estatal que disminuyeron drásticamente la corrupción interna.

Primera lección: no creer demasiado lo que las sociedades o sus representantes dicen de sí mismos. Estados Unidos se ve a sí mismo como un todo con poco Estado y mucho mercado libre, y ven experiencias como la seguridad en Nueva York como el producto de una mayor dureza represiva: en realidad, los datos, los análisis y la experiencia cotidiana no dan ninguna evidencia de ello.

En todo caso, los discursos autoinflingidos pueden lograr, con el tiempo, hacerse realidad, pero para cuando Nueva York se acerque a su discurso, carezca de Estado y base su contención criminal en la represión pura y dura, juego doble contra sencillo que la tasa de crimen va a ser bien otra.

Hablando de autopercepciones: en el 2003, los homicidios dolosos en la ciudad y la provincia de Buenos Aires sumados llegan a 1498, casi 1500 asesinatos, 1352 en la provincia y 146 en la ciudad. Es difícil la comparación. Nueva York es un agregado de ocho millones de personas que, a muy grosso modo histórico y social, se asemeja a la ciudad de Buenos Aires y el Gran Buenos Aires combinados, mientras que la ciudad de Buenos Aires adquiere simbólicamente el lugar de Manhattan en más de un sentido: una isla en la que todo está mejor que alrededor. De hecho, la tasa de crimen en la ciudad autónoma fue de apenas 5,2 muertos por cada 100 mil habitantes, mientras que en la provincia de Buenos Aires llegó a 9,94.

Un breve ejercicio, que parece complicado pero no lo es, podría ser separar el Gran Buenos Aires del resto de la Provincia, unirlo con la Capital y ponderar el peso relativo de ambas poblaciones para tener asi una estadística del crimen en el Area Metropolitana, algo más o menos comparable con Nueva York. Terminado todo ese trámite, la tasa de criminalidad en el Area Metropolitana se ubica un poco por arriba de los 10 muertos por cada 100 mil habitantes.

El número pone al area metropolitana de Buenos Aires muy por arriba de todas las capitales europeas salvo Moscú (18,20 amasijos por cada 100 mil moscovitas), y por encima de varias ciudades latinoamericanas, aunque debajo de San Pablo, Rio, Caracas y Mexico City.

Todavía, Buenos Aires está lejos de los 26 muertos por cada 100 mil que registró Pretoria el último año.

Como en Grozny, Río de Janeiro o Shanghai, la seguridad en Buenos Aires tiene características comunes a todas las grandes ciudades y, al mismo tiempo, absolutamente específicas. El “rasgo bonaerense”, único y distintivo, es la cadena asociativa entre el crimen organizado y el poder político a través de la policía. Y más distintivo aún es el contexto en el que se generó, marcado por la desaparición de recursos públicos para la acción política y la resistencia de las estructuras políticas a desaparecer.

Es posible que a alguien le moleste la expresión —y lo siento mucho por él, sobre todo si supone que la expresión tiene sólo la densidad de un frase de diario— , pero el “repliegue del Estado”, sobre todo en su versión Argentina, está ahí, todo a lo largo del problema. Una explicación simplificada pero no menos cierta indica que en la Argentina, las estructuras territoriales de representación son más importantes que en otros países (Estados Unidos, por ejemplo). Los distritos, los punteros, los locales partidarios, las manzaneras… Desplazados los sindicatos del centro de la escena, todo eso formó y forma buena parte de la conexión entre la ciudadanía y sus representantes. Esa estructura dependió siempre de una buena inyección de recursos públicos para financiarse y funcionar.

Lo que ha pasado en los últimos diez años es que esas estructuras se han achicado, pero muchísimo menos que lo que se han reducido los fondos públicos que las sustentaban. Digamos que mientras éstos se han reducido de 100 a 20, las estructuras se han achicado de 100 a 80. Esa natural resistencia a la baja en el tamaño de las estructuras no es necesariamente mala. Todo lo contrario: habla de un obstinado esfuerzo por seguir integrados, de la durabilidad de la acción colectiva como salida mucho más allá de lo que muchos imaginaban. El de las organizaciones piqueteras es uno de los mejores extremos de esa terquedad de la memoria histórica, el azar y la obstinación, ejemplo que llevó a Javier Auyero a decir en un reportaje que “la clase media debería estar agradecida” por la existencia de los piqueteros, una inteligente provocación que no todos alcanzaron a entender pero que es la base de un análisis compartido por muchos: es casi milagroso, y tributario de la historia argentina, que la fulminante desintegración vivida en los ‘90 haya derivado en organizaciones piqueteras y no en Port-Au-Prince o Abidjan.

Si la multiplicación por cuatro del desempleo, la quita de la mitad de la capacidad de compra del salario y la multiplicación por tres de la marginación social en el Gran Buenos Aires fueron el caldo de cultivo para una tasa de asesinatos que no llega ni al doble de la de la exitosa y próspera Nueva York, pues no digo que haya que festejar, pero sí parar un poco la moto con la alarma.

Dicho esto, queda por explicar cómo se financia esa obstinada integración. Si los recursos públicos se redujeron a 20 y los que llegan a “la base” se redujeron a 80, ¿de dónde salen los 60 restantes? Del crimen organizado, no en una deliberada estrategia del mal asociada a políticos demoníamos, sino en una más natural redistribución de roles en la vida diaria.

Ejemplo: un intendente tenía 100 pesos que solía repartir en 10 contratos de 10 pesos. Ante la mayor presión social, los repartió en 20 contratos de 5 pesos. La reducción de fondos del Estado conicidió con una demanda aún mayor, y el intendente se dio cuenta que repartir 50 pesos en 50 contratos de 1 peso no servía para nada. Al mismo tiempo, su base histórica de punteros comenzó a acercarle unos pesos de aquí y unos pesos de allá. Como por arte de magia, el intendente está poniendo 50 pesos para 20 personas, pero está financiando una estructura de 100 pesos para 40. “Don´t ask, don’t tell”, la plata sigue fluyendo. Luego su jefe político lo sienta con otros 10 intendentes de la zona para conversar sobre la próxima campaña electoral. Les dice que el gobernador o el presidente los apoyan y necesitan el apoyo de ellos, y que cada uno de los ellos debe garantizar unos, digamos, 100 pesos por distrito. A esta altura, el jefe político también sabe que estos diez intendentes no tienen 1.000 pesos genuinos para aportar, pero no pregunta nada, porque sabe que la plata aparecerá de todos modos.

La brecha entre el dinero oficial y el realmente existente se convierte en una suerte de elefante blanco al que todos perciben pero del que nadie habla. Ese elefante blanco es el que aporta la policía, con fondos provenientes del crimen organizado, fondos que le garantizan autofinanciamiento desde el delito y protección desde el poder político al mismo tiempo. Con la casi desaparición del juego clandestino producto de la crisis económica, la única fuente de recursos masiva es el creciente tráfico y consumo de drogas.

Puesto de otro modo: mantener vivo a un mamut como el PJ bonaerense requiere de un flujo de fondos tan grande que sólo se explica por el crimen organizado alrededor de la droga y sus asociados (robo de autos, etc), el único rubro cuyo crecimiento es sostenido en el tiempo. Se calcula que, en promedio, el consumo de marihuana y cocaína en la Argentina se quintuplicó en los últimos 15 años. El consumo es aun más bajo que en otros países de riesgo; el ritmo de crecimiento, en cambio, es incomparable.

Dicho lo cual, queda claro que reducir la inseguridad pasa por desarmar el compromiso entre la policía y el crimen organizado, y eso sólo puede hacerse si el poder político deja de ser un factor de demanda de recursos provenientes del crimen organizado y asume algún tipo de liderazgo para, al contrario, desmontar esa connivencia. El poder político necesita martillarse un dedo y, encima, creer que es saludable.

La posición en la que está Kirchner es interesante: ha sido uno de los pocos dirigentes políticos —y desde ya el único presidente— que denunció que la política y su propio partido están financiados por el narcotráfico y que eso está en la raiz de la inseguridad, y al mismo tiempo, parte importante de su apoyo político depende del mismo sector al que denunció. Ha tenido gestos inusuales para estos casos, como nombrar al ex subsecretario de Seguridad Bonaerense, Marcelo Saín —el primero que denunció la complicidad entre el peronismo y el narcotráfico— para rediseñar la seguridad presidencial, y es una persona de consulta permanente en el Gobierno, lo que menuda gracia le debe hacer a Eduardo Duhalde y los intendentes que en su momento se sintieron aludidos.

Aun así está lejos de sentirse con total independencia respecto de aquella estructura y de aquel líder que lo empujó a la presidencia hace un año y medio. En buena parte, porque la autonomía total respecto de aquellos aparatos implica, o bien reconstruir el Estado para reemplazar esas redes y dotar a la integración de un carácter positivo, como parece querer Kirchner; o bien mejorar los mecanismos que garanticen una mayor dualización de la sociedad, en la que los que no tienen, simplemente no tengan, ni se quejen, ni protesten, ni sean escuchados, alternativa que hasta que asumió este gobierno era la que más terreno había ganado.

Con todo eso a cuestas, el nivel de autonomía alcanzado hoy por el gobierno respecto de esas estrcuturas asociadas al crimen organizado era difícil de imaginar hace un par de años. Cabalgando sobre esa ambivalencia de origen, es probable que cualquiera de las dos alternativas mencionadas arriba sean empresas que excedan los límites de la gestión de Kirchner, pero su paso por el Gobierno bien puede dejar sentadas las bases para la primera.

De todo este panorama, queda la sensación de que hay al menos cuatro situaciones paradójicas, que transforman a la seguridad en algo más complejo que lo que desearía algún vecino de Palermo.

La primera: La idea de que Argentina se ha latinoamericanizado no podría ser más justa para analizar la seguridad (sobre todo, el repliegue irresponsable del Estado, por más que suene a obvio para quien ya esté cansado de la retórica antinoventista de estos tiempos) y lo que vive en estos años es simplemente el paso de las estadísticas europeas a las estadísticas del continente. Pero al mismo tiempo, son los recursos pre-latinoamericanización de la Argentina los que han evitado que las cosas sean peores.

La segunda: La famosa cuestión social puede ser condición necesaria para una alta tasa de criminalidad (los asesinatos no parecen ser el principal problema en Oslo, por ejemplo) pero poco sirven para explicarla en su totalidad y, mucho menos, para esperar a que la situación mejore. La política pública y el Estado explican mucho del consistente declive del crimen en Nueva York. La memoria histórica explica por qué en Buenos Aires las cosas no son peores.

La tercera: Las cosas no son tan malas como se dicen —si se mide en términos comparativos con el resto del continente o con cualquier ciudad en la que la seguridad se transforma en problema endémico— . Pero al mismo tiempo, todo indica que las cosas pueden ser mucho peores — lo que nadie dice: si, como sostiene Marcelo Saín —quizás la persona que más sabe del tráfico de droga en la Argentina de hoy— , las peleas entre fracciones del crimen organizado aun no explotaron porque Argentina sigue siendo un mercado en expansión, cuando ese mercado se sature y las peleas por franjas del mismo se hagan cotidianas, encontrará a una sociedad sin un Estado capaz de brindar justicia, seguridad o lo que sea.

La cuarta: Hay una coincidencia mundial en que la seguridad tiene un alto componente del orden de la percepción, de la intuición de saberse vulnerables o indefensos ante fuerzas que no conocemos o controlamos. Para diagnosticar la seguridad de una ciudad, es tan importante la sensación de sentirse seguro como la tasa de homicidios por cada 100 mil habitantes. Si esto es cierto, la crisis de la seguridad en la Argentina tiene también un fuerte componente sensorial. La diferencia entre 10 asesinatos por cada 100 mil habitantes en Buenos Aires frente a 6,4 en Nueva York es importante, pero no alcanza ni remotamente para explicar que en Argentina se hable de “la mayor crisis de seguridad en la historia”, y en Nueva York el debate empiece a ser ahora si la tasa puede bajar aún más o si se ha llegado a un piso difícil de perforar. Los números no avalan tamaña brecha discursiva, y la relación entre poder político y medios —a veces casi tan odiosa como la relación con el crimen organizado— tiene mucho que ver en todo esto.


————————————

Del mismo autor:
Chacho en el bar
Todo lo que podría entrar en seis sílabas si uno supiera cómo escribirlo
Pirulo, Catrasca y el Presidente Genérico
Ha muerto Leslie Matchbox
Aleluia
Jedwabne
On A Slow Boat from China
40 Millones
Cuadritos y Masitas
dEvolution