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28 12 2004 - 01:53

Buen día.

Me habría tentado responder a los comentarios que hizo Semán ayer sobre Juana Molina y el descerebrado de Bono (todo es posible si U2 está en una lista de lo mejor de algo, ergo nada es sorprendente), pero el alivio y el espanto de haber preferido el sudeste de Londres al sudeste de Asia pueden más. Nada parece muy relevante con esos muertos tan frescos, mucho menos la exclusividad de la cual Clarín se jacta en su tapa: “ayer anunciamos en exclusiva que había víctimas argentinas…” Ugh. Aunque por supuesto el tiempo se encarga de todo y en pocas semanas estaremos hablando otra vez de música, o de Juana Molina o de José Nun o de nosotros mismos como si no fueramos la misma cosa, en el fondo.

Preferimos pensar que no lo somos y acertamos a medias, como siempre. Es verdad que ante el tsunami del mes que viene somos todos iguales, pero mientras no venga el tsunami somos bastante distintos. Nun, para el caso, es más distinto que muchos, al menos en su novedosísima puesta en escena navideña para Página/12 y sus lectores. Supongo que es la primera vez que un funcionario “rompe el silencio” (como dice página, en una expresión que sugiere que Nun es una especie de Yrigoyen desempeñándose en su cargo desde hace años) para hablar de cualquier cosa menos de cuestiones que puedan tener algo que ver con el area de su gestión.

¿Está mal, esto? No necesariamente. Siempre es más divertido leer lo que piensa la gente acerca de las cosas que no les competen directamente — Godard es más interesante cuando habla de política, Havel es más interesante cuando habla de teatro, Charly García es más interesante cuando habla de la vida cotidiana. Si algo va quedando claro, sin embargo, es que Nun no es ni Havel ni Godard ni García, y que la predicción de Tomás Abraham (que nos íbamos a aburrir horrores con Nun como Secretario de Cultura) era tan razonable como certera.

Haciendo un esfuerzo sobrehumano (Nun es soporífero como pocos) y valiéndome del buen humor automático que deviene de largos paseos por Richmond Park, se me ocurre señalar como interesante, sin embargo, el hecho de que al ignorar por completo las especificidades de su área, Nun pone sobre la mesa una pregunta tácita: ¿para que sirve un ministro de cultura? Es que, de veras, yo no sé para qué sirve.

“Cultura” es una palabra cuyo sentido cambió de a poco pero radicalmente en el uso cotidiano durante los últimos treinta años. Y al principio parecía una buena noticia, un cambio que nos liberaba de la herrumbre académica y enciclopedista (que, en esa época, era curiosamente sinónimo de represión), dándonos permiso para abrazar una idea de cultura más rica, abarcadora y compleja. Por algún motivo (por muchos motivos), el resultado de esta operación no fue tan exitoso. Hoy “cultura” no quiere decir nada; o Nun no lo sabe, o lo sabe y no le importa. Tal vez sea demasiado pronto para arremeter contra Nun o su gestión, pese a sus sugerencias (en recuadro aparte) de usar fragatas como circos ambulantes difusores de “cultura”. La urgencia habitual de este espacio sólo me deja, for the record, comentar que la impresión inicial es de terror.

En estos días durante los cuales deberíamos estar recibiendo decenas, cientos, miles de respuestas a la encuesta de TP (cuyos resultados, a este paso, terminarán siendo inventados, lo cual tal vez no esté tan mal, ), recibimos en cambio mails anónimos denostando a Jorge Coscia y la pequeña mafia estoica que lo acompaña en el INCAA. Horribles, tanto Coscia como los mails que lo denuncian: un ejemplo de lo que no tiene nada que ver con la cultura, o con lo que uno se imagina que debería ser la cultura de un lugar en el que den ganas de vivir y hacer cosas. Y sin embargo, lamentablemente, también un exponente genuino y fiel de lo que en realidad hay a nuestro alcance: una ríña de gallos cuyo premio —el que se lleva el pájaro maltrecho que sobrevive— es ocupar un lugar de poder en el trono nominal de una cultura sin tradición y sin plan, la cultura de la ameba que se sienta a esperar su reproducción celular sabiendo que sucederá tarde o temprano sin el más mínimo esfuerzo.


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