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29 12 2004 - 16:41

Buen día.

Nos atrasamos, y se me ocurre ofrecer excusas en dos formatos contrapuestos. Uno que presenta los compromisos que nos distraen con una sencillez casi jactanciosa, completamente alejada de la realidad: Semán se fue a esquiar y yo a leer en la British Library. En el otro escenario, más apropiado, Semán se caga de frío y se pierde como resultado de su incapacidad para leer mapas y yo paso la mitad de la tarde intentando explicarle a una señora burócrata que la ausencia de afiliación institucional en mi vida es tanto un karma como una elección personal, y que no me voy a comer los manuscritos.

No sé cómo habrá terminado el día de Semán, pero el mío terminó bien. La señora se compadeció de mí (o se rindió ante las engañosas apariencias de mi carnet del Getty Institute) y me dejó entrar. Carnet en mano, después de una productiva sesión en el Music Room, me animé a pagar el precio demencial de una entrada de cine en el West End y fui recompensado con la primera película que me emociona desde Magnolia, en 1999. Si uno lo piensa así —si hay que esperar cinco años para emocionarse en el cine—, la verdad es que Garden State deja bastante que desear, con su conclusión que no es tal y su epílogo que lo es menos. Pero si uno se sienta a verla sin esperar demasiado, la sorpresa de ver gente actuando bien textos escritos por seres humanos se convierte en una experiencia casi terapéutica.

En el medio de todo esto se murió Susan Sontag, y creo que incluso sin la vena cursi que se desprende de ver Garden State habría observado la oportunidad inquietante que eligió Sontag para irse definitivamente — si es que uno elige esas cosas y la catástrofe asiática puede calificar como “oportunidad”. Es doblemente triste leer los obituarios de Sontag; porque es una verdadera pena que se haya muerto y porque los medios eligen recordarla por sus intervenciones más prosaicas, algo así como si a uno lo terminaran recordando por textos como este, por opiniones compulsivas que, preferiría pensar, son menos interesantes y menos valiosas que otras más meditadas. La valentía tan mentada de Sontag como intelectual no está tanto, para mí, en su defensa de algunos sectores de la humanidad (que le eran más ajenos) en desmedro de otros (que le eran más familiares) sino en la intensidad con que se permitió discutir ideas toda su vida — una intensidad que obligaba a sus interlocutores a responder de un modo similar, garantizando así un mundo más interesante. No diría que On Photography cambió mi vida, pero anduvo cerca. Su último libro, Regarding The Pain Of Others, que no le llega ni a los talones a On Photography, resonaba sin embargo poderosamente en mi viaje en tren a la vuelta del cine, viendo en los diarios más amarillos de otros commuters las fotos de Indios y Bengalíes desconsolados ante los cadáveres de sus familiares. Y también al bajar del tren, en Norbiton, y encontrarme con esta pintada en una pared:

WHERE ARE THE FREE THINKERS
EVEN IN THE FORCE?
I CAN’T FIND ANY
QUELLE TRISTESSE

Aprovechando las oportunidades para leer que ofrece este clima bendito (sé que no pensaría lo mismo viviendo en Londres todos los días de mi vida, pero cada tanto viene bien) ayer me ocupé de un saque de The Wisdom Of Crowds, un libro de James Surowiecki del que me habían hablado bien hace poco. La promesa incumplida del libro —demostrar por qué mucha gente junta piensa mejor que unos pocos— también me acompañó durante todo el día. Surowiecki, que no es ningún pelotudo, es en realidad un vivo bárbaro. Todos queremos suscribir a su tesis inicial, y por eso su libro nos tienta. Lamentablemente, lo que tiene para ofrecer no es mucho más, en última instancia, que silogismos como el que sólo se anima a ofrecer en la última página:

“The decisions that democracies make may not demonstrate the wisdom of the crowd. The decision to make them democratically does.”

Bullshit, of course, lo cual no es nada sorprendente en un texto que agita a Google como bandera de conocimiento colectivo y ni menciona, digamos, por elegir al azar una de tantas variables aplicables, nimios detalles como el nazismo.

Como se ve, hay muchas razones para extrañar a Sontag. Y eso que todavía ni leí los diarios argentinos.


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