Desayuno en el río
Un día en la playa
Rain Man al gobierno, Garp al poder
A causa de un equívoco banal y transparente
Una modesta refutación
My Old Flame
Sure & Safe
Palermo Apache
Idle Memories
Gangsta Salvatrucha
¿Cómo se dice "una de terror" en ruso?
Baloonberg
PEP Talk
La Tradición del Mazazo
Fashion
holy fuck
tp bar
tp shop
about tp
dailies
archivo
el podcast
the south downs
Acá falta algo. Ya va.
Estamos ordenando.
Mientras tanto:
————————
Search still works:
Huge Assumptions
Ernesto Semán
20 01 2004 - 21:42
En algún momento pareció que todas las noches tiraban gente de los trenes. Otras veces, que violaban chicas en los parques. O asaltaban kioskos. Y remataban a alguien randomly en algún lugar público. O robaban restaurantes en los que, siempre, mataban algún comensal. O secuestraban al azar a quien tuviera un auto bueno, o una ropa cara o una cara bonita. ¿Qué pasa con todas esas historias? ¿Dejan de existir cuando desaparecen de los diarios? ¿O nunca existieron?
Pasé por Buenos Aires este verano, ya se sabe. Tres meses, a cargo de 14 americanos de paso por una ciudad mentalmente bajo estado de sitio. Hubiera creído que era parte de la eterna paranoia de los medios. Y eso quise mientras pude. Nada que uno no vea en Rio de Janeiro o Mexico. Dos de las chicas me llamaron a las cinco de la mañana de un día, con alguien en el balcón de su departamento en Caballito, que yo atrasado unos tres años había descripto como un lugar seguro. Otra chica me llamó a la semana para ver cómo tramitar una nueva tarjeta porque acababan de sacarle la cartera de la mochila. El bueno de Kris me preguntó si tenía sentido denunciar (¿en dónde? ¿a quién?) el puntazo que le habían dado a la salida de la cancha de boca, y por el cual sufrió daños verdaderamente menores.

Hubiera pensado entonces que los gringos son un blanco fácil hasta en Noruega. Y de hecho lo pensé, hasta un fin de semana en el que dos chicos de menos de 15 años me pusieron a mi y a mi acompañante dos pistolas en la cabeza, nos sacaron todo lo que teníamos y se fueron caminando, sin duda alguna, mucho más tranquilos que nosotros. Algo que le puede pasar a cualquiera, pero a mi no me había pasado nunca, aunque tampoco había intentado subir al Puente que une (o no) la ciudad de Buenos Aires con la Isla Maciel y Avellaneda.
El robo puso en marcha una novelle que empezó con el policía que, al pie del puente, bajó morosamente la ventana del patrullero, dejó la coca sobre la guantera y casi sin levantar la mirada ni la voz, me dijo: “Y, nene, ¿no escuchaste hablar de la Isla Maciel? Deberías hacer la denuncia”. Siguió unos días después con una llamada en la que alguien decía haber “encontrado” unas mochilas con el número de teléfono de mi acompañante, y nos invitaba a recoger nuestras cosas en la Isla Maciel. Después de negociar un bar en La Boca y deducir que quien había encontrado nuestras ex pertenencias bien podía ser el mismo que las había tomado, enviamos a una policía de civil, quien nos había dicho que eso es usual, que siempre piden unos pesos para devolver aquello que no pueden hacer plata. Le dimos a ella 20 pesos. Volvió con el relato conmovedor de una pobre chica que la había robado el corazón con su ternura a resultas de la cual le había dado 40 pesos. A resultas de lo cual llegamos a recuperar algo de lo que habíamos perdido después de distribuir 20 pesos entre los desocupados estructurales del Gran Buenos Aires y 20 pesos entre los policías peor pagos del continente.
La historia perdió algo de su gracia unos días después, cuando el portero de la casa de mi madre atendió el timbre y vio por la cámara recientemente instalada a lo que describió como un negrito peruano, que decía ser empleado de la compañía celular y que venía a ver el tema de la devolución del teléfono robado, un enriedo que forzó a mi mamá y a todo su edificio a hacer un recambio general de llaves.
Es decir, aun cuando mi espíritu liberal le dio a todo el asunto un lugar lateral en la visita, no pude dejar de sentir algunos reajustes en lo que un etnógrafo llamaría “encuentros urbanos”. El omen de las fuerzas de seguridad como las que aparecen en la foto, que casualmente tomé un día antes de quedar envuelto en mi modesto saqueo, se había convertido para mi en una presencia intangible e intranquilizante.
Algo de todo esto había sido ¿anticipado, producido, promovido, enunciado, diseminado, expandido, exagerado? por los medios, sobre todo en los meses previos al invierno argentino. Ahora que el tema no ha salido en la tapa de Clarín en los últimos diez días, ¿puedo confiar en llevar a mi próximo grupo de futuros posgrados sin tanquetas y guardaespaldas? ¿Dejo de lado la idea de alojarlos a todos en un apart hotel, en una logística que parecía más una pasantía en la base militar en Baghdad que un cultural exchange en Buenos Aires?
Mi pregunta esta vez no es porqué lo hicieron, sino porqué lo dejaron de hacer, quizás para entender así cómo funcionan. Lo seguro es que, cualquiera sea la dimensión del problema, el mismo no desapareció en dos meses. Antes y ahora la inseguridad y la presunta necesidad de estar informado al respecto debe ser la misma, aunque no quizás el deseo de consumir esa información. Quizás la noticia como objeto de consumo esté llegando a una nueva dimensión, más cínica y sincera a un mismo tiempo, en la que el bien público de la libertad de información ya no está en juego, lo que deja débil de fundamentos a la mismísima primera enmienda.
Y, precisamente, quienes mejor lo entendieron son los miembros de la administración Bush que, en su manejo de los medios, tienen menos tapujos (y menos riesgos) que nadie para sentar las bases de una relación más sincera y menos edulcorada con los medios, al mismo tiempo que performa una nueva y mas deteriorada esfera pública. Para horror de la intelligentsia liberal con la que uno se acuesta cada noche, of course. De esto, la mejor síntesis la da nota del último New Yorker al respecto, que motivó este nuevo entry y cuyo comienzo es una buena síntesis of the world to come: “Last August, in Crawford, Texas, George W. Bush gave a barbecue for the press corps. Bush has let it be known that he’s not much of a television-news watcher or a newspaper reader, apart from the sports section; and during a conversation with reporters he explained, perhaps without intending to, why his White House often seems indifferent to the press. “How do you then know what the public thinks?” a reporter asked, according to Bush aides and reporters who heard the exchange. And Bush replied, “You’re making a huge assumption—that you represent what the public thinks.”
——————————————————————
Raffo responde:
Es cierto que la inseguridad se nota menos en los medios (especialmente en los más afines al gobierno), pero de ahí a decir que “desapareció” hay un trecho. Estos son titulares de hoy, en Clarín solamente:
Qué se yo. No me parece poco. Leyendo diarios europeos en el mismo día obviamente no encuentro tales referencias.
Es difícil distinguir. Desde hace años — muchos, por lo menos diez — personas con enfoques tan disímiles como Rosman, Krohn, Puricelli y diversos miembros de mi familia extendida, responden a mis preguntas sobre inseguridad aclarando que, por sobre todas las cosas, la culpa es de los medios. Hmm.
Como queda claro elsewhere on this site, no pongo en duda la vileza de los medios. Pero no es sólo el factor “kill the messenger” lo que me inquieta, si no también el hecho de que mi visión de las cosas no se corresponde con ese diagnóstico. Sí, ya sé, hace años que no vivo en Buenos Aires, pero mucho me temo que eso puede incluso jugar a mi favor: pese a la distancia, me encuentro cotidianamente con víctimas de la violencia en Argentina. Hace un par de meses entraron en la casa de la madre del dueño del video club de acá a la vuelta. La casa de la madre del dueño del video club de acá a la vuelta está, por supuesto, en Buenos Aires. Y la madre del dueño del video club de acá a la vuelta está en terapia intensiva. Todos tenemos historias personales o cercanas que confluyen en lo mismo que dicen los diarios, y si embargo el consenso entre la intelligentsia amiga, como dice Semán, es que la situación no es particularmente alarmante: los alarmistas son los medios.
Vuelvo a atajarme: titulares como el que comentábamos con regocijo la semana pasada (“Detienen a hermanos mellizos que viajaban armados y fumando marihuana”) no ayudan. El amarillismo, sin embargo, no es un invento de la semana pasada ni suele estar tan alejado de las sensibilidades de la época. De cada época, digo. De hecho, una cosa es preferir expresiones periodísticas màs saludables y otra muy distinta negar que la prensa amarilla otorga respuestas a las preocupaciones más genuinas de su público. Siempre intuí (y nunca constaté) la existencia de una ecuación por la cual a mayor amarillismo, mayor trascendencia y profundidad de los temas expuestos. O, dicho mejor, de otra manera: cuánto más amarillo es un medio, más inherentes a la condición humana son los temas de los cuales se ocupa — aunque más aberrante es, también, la manera en que decide ocuparse de los mismos.
Podemos pensar que los enfrentamientos diplomáticos con la cuarta parte del planeta que últimamente aparecen en primera plana (no le envidio el puesto a Bielsa) son indicadores más serios y atendibles que los random muertos que comparten espacio en los mismos medios. Ni hablar del FMI. Pero para los muertos, sus amigos y sus familiares, e incluso para los victimarios, las relaciones con el FMI pasan, efectivamente, por un carril ajeno y tan irrelevante como lo son ellos mismos para el FMI. Ya vendrá algún militante obediente a decirme que el FMI es el responsable de los muertos. Sure.
En última instancia, la dosis de ambición en las preguntas que se desprenden de un tipo y otro de noticia es claramente inversa a lo que habitualmente se sostiene: ”¿Cumple el Banco Mundial con su misión nominal de ayudar a naciones en problemas?” no tiene con qué darle a ”¿Qué posibilidades hay de que me maten hoy, cuando salgo a la calle?” Me arriesgo a sugerir también que a más “seria” la noticia, más obvia la respuesta posible. La materia prima de lo amarillo y sus controversias (aborto, drogas, violencia en todas sus formas, marcianos, mellizos armados) es para lo que no hay respuestas claras. El grueso de los intelectuales de la política desprecia estas preguntas. Yo no. Estas preguntas siempre sirven, aunque la prensa las formule mal.
Come on: ¿Qué probabilidades hay de ser asaltado por mellizos armados en un vagón de tren? Las suficientes, parece, como para que suceda.
Culpar a los medios cuando la paranoia sube no es descabellado, pero la paranoia y los medios son, ambos, accesorios. Lo que sucede es lo que sucede. El progresismo reacciona mecánicamente contra la alarma escandalizada de lo que consideran “el establishment”. Al hacerlo, se amparan en la lógica del fumador: de algo hay que morirse. Disiento. Hay que empezar a discutir en otros términos.
————————————
Del mismo autor:
Chacho en el bar
Todo lo que podría entrar en seis sílabas si uno supiera cómo escribirlo
Pirulo, Catrasca y el Presidente Genérico
Ha muerto Leslie Matchbox
Aleluia
Jedwabne
On A Slow Boat from China
40 Millones
Cuadritos y Masitas
dEvolution