Click here
Más Features

El fin de la vía (8) | El fin de la vía (7) | El fin de la vía (6) | El fin de la vía (5) | El fin de la vía (4) | El fin de la vía (3) | El fin de la vía (2) | El fin de la vía (1) | Néstor Kirchner, la (primera) película | Renuncio | Graciela Bevacqua | Testamento: 4.2 Memoria y Condición Humana |







Shhh! Reloaded

1 01 2005 - 16:18

El sol, que gracias a la bonhomía y sentido de la oportunidad de Olafur Eliasson, brilló en la Turbine Hall de la Tate Gallery durante buena parte del año pasado, había sido una experiencia inolvidable para todos quienes nos acostamos unas cuantas veces bajo su manto amarillo. No es que la Serie Unilever no viniera bien desde antes — la gran corneta carmesí de Anish Kapoor también tenía lo suyo — pero lo del sol era distinto. En varios sentidos (me doy cuenta ahora que intento describirlo), lo del sol me hacía acordar al Burning Man, aquel evento en el desierto de nevada del que tanto habíamos desconfiado hasta caer por fin, en 1997, presa de sus encantos de experiencia comunitaria. Me doy cuenta de que ya dije “experiencia” dos veces en el mismo párrafo; es el karma inevitable de la prosa hippie, lánguida y pajera que se cuela, por más que uno intente evitarla, al intentar escribir, justamente, sobre una “experiencia” intransferible. Eso era el Burning Man, entonces (no description) y eso era el Sol de Eliasson, elevado a la N — el sol era “mejor” in my book porque además era Arte, en cuanto objeto que funcionaba solo, con o sin gente. Pero la gente que iba a verlo terminaba convirtiéndolo en algo inolvidable.

No era fácil que una nueva instalación —sonora, en este caso, a cargo de Bruce Nauman— pudiera satisfacer las expectativas automáticas que genera algo como el Sol. Pero Nauman es un tipo interesante y la idea era osada: ¿sonido? ¿Ahí? Las fotos que habían aparecido en el Guardian, en las cuales se veía a la gente detenida en el tiempo y el espacio, escuchando distintas cosas en medio del galpón inmenso, me habían alentado a esperar algo decididamente hi-tech, voces que salían de la nada, una especie de holophonics del futuro. No sé qué esperaba, en realidad, de Raw Materials, pero es evidente que esperaba demasiado.

Entrando a la Turbine Hall, la primera columna de sonido (cuya ubicación y alcance no diferirá en nada de las otras) también es prometedora: el loop de un tipo gritando thank you thank you thank you thank you. Thank you thank you thank you thank you. Thank you. Thank you. Thank you thank you. Simple, pero cargado de una multiplicidad de sentidos que hacen impacto al mismo tiempo; un perro que dice gracias, un insulto desesperado, un grito que suena simultáneamente a ruego y a extorsión. Todo me pareció barranca abajo de ahí en más, literal y metafóricamente también.

Estoy casi seguro de que algunos otros loops en la instalación de Nauman son, en sí mismos o en su contexto original (están sacados, en su mayoría, de obras anteriores) tan interesantes como el de thankyouthankyou. Pero incluso habiéndoles dedicado el tiempo y el esfuerzo que por definición merece quien se le anime a ese espacio, lo único que conseguí fue que me irritaran cada vez más. Sólo que no me di cuenta de esto hasta más tarde: en ese momento lo que me irritaba era la gente que tenía al lado.

Es evidente que el diseño de Nauman contempla este efecto que a mí me terminó sacando de quicio: está previsto que, al recorrer la instalación, uno confunda a menudo las voces grabadas con las de los otros visitantes que caminan por ahí. Y no suena mal, como idea. De hecho, suena tan bien en los papeles (y tan bien, también, en la versión en Flash que acabo de descubrir en el site de la Tate) que es increíble que suene tan mal en los hechos. Lo cual es opinable, por supuesto, pero a mí me daban ganas de hacer callar a los demás como si estuviéramos en el cine. El nombre de la muestra de agosto en el V&A le habría calzado perfecto a la de Nauman.

Debería haber vuelto a recorrer el espacio sabiendo al menos qué era lo que me molestaba, pero no tuve tiempo. La sorpresa de encontrarme con una retrospectiva de Robert Frank de la que no había oído hablar me hizo olvidarme inmediatamente de Nauman y sus voces. No cualquier día tiene uno la oportunidad de ver los contactos de The Americans. Lo de Frank me deprimió durante varias horas, y después, como siempre, como corresponde, me dio más ganas que nunca de sacar fotos.

Más tarde, tomando una sopa frente al río, me reconcilié sin embargo con Raw Materials por la via algo sorprendente de compararla, inevitablemente, con el Sol. En el mismo espacio, en la misma ciudad, en el mismo clima, la obra de Eliasson te hacía sentir agradecido de tener a otras personas desconocidas al lado mientras la de Nauman te impulsa a partirles la cabeza con una sartén. Extrapolando, tal vez haya obras (y objetos, y cosas, incluso personas o discursos o actitudes) que esparcen como un virus la disposición que uno puede, bajo su influencia, tener hacia el prójimo. Me pregunto si tengo alguna idea de cómo califican, en este contexto, las cosas que yo hago. No tengo respuesta, por ahora, pero la pregunta es buena.


————————————

Del mismo autor:
PS 01
La Educación de Pol Pot
Political Science 3x SOLD OUT
Más vivos que nunca print SOLD OUT
TPP 31 - Las Comunidades Primitivas
El Dream
8. Gracias
TPP 30 - El Circo del Hambre
El Ultimo
Viedma Ayer