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2 01 2005 - 14:33

Como uno no está en Tailandia ni en el Once, se hace difícil sentarse a escribir las sesenta o setenta líneas con las que nos obligamos a cumplir todos los días. ¿De qué hablar? Mi día transcurrió plácido, dándole de comer a las ardillas y los pavos reales de Holland Park, revolviendo los estantes de oferta en Foyle’s hasta que cerrara, horneando quiches y protegiéndolos del zorro carroñero que acecha en los callejones de Norbiton. Pero incluso una cotidianeidad más pálida y alienante, como la que me espera en Madrid, se convierte de pronto en la jactancia del sobreviviente. Por otra parte, no está en mí ceder ante la tentación del cinismo que agita, cual demonio en cartoon de entreguerras (el Pato Donald con alas y arpa; el Pato Donald con cuernos y tridente) la inevitabilidad del olvido a corto plazo. Ni tampoco al amarillismo miserable que implicaría arremeter contra Ibarra en momentos como éste, en los cuales lo más sabio parecería ser dudar de la existencia de Ibarra así como —el Obispo de Canterbury admite a regañadientes— la mayoría de los mortales duda de la existencia de Dios.

Hablando de Dios, ahora que los medios encontraron su Grial del Mes y Bergoglio no escucha, ocupado como está haciendo proselitismo a los pies de quemados y agonizantes, fuí a ver la muestra curada por Baldessari en el ICA: 100 Artists See God. Horrible el display, todos los cuadros juntos como en un altar a la Difunta Correa, pero muy interesante el contenido, especialmente la ambiciosa instalación del primer piso, mucho mejor aun de lo que es si uno la imagina, como yo de entrada, autoría de una sola persona y no de los caprichos de Baldessari y sus amigos. No pude evitar acordarme de Peperino Pómoro al verlo a William Wegman haciendo de cura en el apartado confesional (“So you were provoked? It’s OK then. Don’t worry. You may go.”) y como consecuencia lógica salí del ICA preguntándome, otra vez, cómo y dónde se establece la delgada línea que separa el arte conceptual de la comedia, la performance del stand-up comedy, y así.

Más llamativo aun fue encontrar, entre los 100 artistas comisionados, a uno que expresaba mi propia visión del mundo, o más bien (mejor aun) mis propias compulsiones. Para algunos Dios era una rana crucificada y para otros un huevito con patas y anteojos. Había un neón reproduciendo fielmente la firma de Warhol y un rack llleno de remedios, para variar, prolijamente organizados por adivinen quién. Pero abajo de todo, en la ampliación excesiva de una foto sencilla y sin pretensiones, se exponía la gloria divina absoluta, cortesía de Cindy Bernard: la sucursal Hollywood de Amoeba, sin duda la mejor disquería del planeta. No sé cuánta gente podría entender el chiste, ni sé si es un chiste (de nuevo, la relación se repite). Menos personas aun tendrían la claridad de ofrecer esa respuesta ante una pregunta de carácter trascendente. Y no me cuento entre ellas pero sé que Cindy Bernard tiene razón, y lo sabía antes de ver la foto. Ante semejante comunión espiritual, las categorías de arte o comedia importan bastante poco.

Calzándome el gorro en Embankment para protegerme del viento más helado, me invadió la certeza (de constatación reciente) de que una muestra como la del ICA no podría haber sido posible en Córdoba ni, de ahora en más, en Buenos Aires. Y a partir de ahí una suerte de depresión retroactiva, o nostalgia anacrónica — la extraña sensación de ser un exiliado, algo que no me había pasado jamás en mi vida pese a haber vivido fuera de Argentina durante casi una década. Peor: la sensación recurrente de que la historia, lejos de acabar, retrocede — un miedo distinto aunque también instaurado circa 9/11, que se confirma de a poco, cada vez más, en instancias menores pero repetidas, cuando uno menos lo espera, anunciando lo peor en distintos tonos e idiomas, como si de pronto las colas de las películas que uno va a ver fueran no las del mes que viene sino las del mes pasado, y las del anterior, y las del anterior, hasta el infinito, hasta que uno se muere o nace o vaya uno a saber qué pasa cuando se acaba lo que conoce.


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