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Los Nuestros

2 01 2005 - 18:32

Los hechos de diciembre del 2001 expresaron una ruptura de la continuidad del sentido común y del imaginario social mantenido hasta entonces; prueba de esto son el caudal y la diversidad de interpretaciones que desataron. Interpretaciones tan polares como renovadas, que siguen produciéndose hoy, desde quienes hablan de ‘argentinazo’ hasta quienes sancionan su agotamiento. Unos viendo en aquellos eventos el parto irreversible de todo lo posible y otros apenas la convulsión frívola del desencanto ante episódicos tropiezos del menos malo de los sistemas. Más allá de estas diferencias todos coinciden, sin embargo, en que los protagonistas de aquella experiencia se sintieron partícipes de una subjetividad distinta: la de reconocerse en ese “nosotros” que palpita en momentos excepcionales de la historia, durante los cuales se suspende la rutina del orden instituído. Ese “nosotros”, tantas veces invocado en las proclamas militantes — esta vez corporizado en esas nuevas formas de gestión de lo común que fueron las asambleas. Esta vez, el antiguo “nosotros”, que coagula la volundad general en el “Nos” de la instrucción cívica se atrevía a hablar en nombre propio.

Es cierto que (anticipando el tránsito a una identidad de la que sólo se sabía el punto de partida) las coordenadas de una futura identidad se encaminaban por la engañosa senda del ‘no’ a lo conocido: que se vayan todos, que no quede ni uno solo…no a la Corte…no al pago de la deuda…no a los políticos… Es un recurso que, si bien desarticula los reflejos que reglan la vida social vigente, también desconoce los medios para organizarla en forma alternativa. Así pudieron convivir los reclamos por terminar con la delegación de la soberanía popular en el Estado con la exigencia de que el mismo aumente su cobertura paternalista y asistencial; los del reclamo de nacionalización de la banca confiscatoria de los ahorros vía la expropiación de sus fondos con el respetuoso silencio sobre el régimen de propiedad privada del que obtienen su poder y beneficios.

Estas contradicciones no impidieron que esa movilización hecha “nosotros” permitiera la vivencia de ser testigos de una potencia social histórica que funda y sostiene una sociedad manifiesta. Y con ella, la evidencia de compartir lo que es de todos y está en todas partes — aunque invisible en los momentos de ‘normalidad’, durante los cuales esa creatividad es sepultada bajo las formas y filiaciones que la contienen y naturalizan como producto de una instancia organizadora exterior: la tradición, el destino de país, el ser nacional, la carta Magna, el Estado, etc.

Para aproximarnos a la idea de sujeto en el registro de lo social y político es que quiero mostrar el paralelo entre esta subjetividad del “nosotros” caído del imaginario que lo conformaba hasta su desborde en diciembre del 2001 y las vicisitudes que refleja el Yo, esa agencia oficial para la conciencia de la totalidad del sujeto a quien pretende representar.

Delineada la intimidad que engrana ese posible “nosotros” con la ajenidad de lo social histórico que lo impulsa, cabe ahondar en los requisitos que traman su entidad ética y política.
En los discursos sociales y políticos circulantes es frecuente, casi obligada, la referencia causal o explicativa a la noción de sujeto y sus nociones complementarias: lo imaginario, la memoria, la repetición, el olvido, los deseos, etc. Lo sugestivo es cómo esta promoción del sujeto contradice, al mismo tiempo, la de otras “certezas” instaladas con igual fuerza en el horizonte representacional de la época: la defunción del sujeto ante la suerte de lo social y los designios de la estructura discursiva manifestada en los mitos, las ficciones literarias y las formalizaciones de la ciencia. Hecho paradojal al que se suma la reivindicación de la individualidad a la par de una renovada esperanza en su bienestar, que devendría de la recomposición del Estado y de la delegación de la soberanía en su gestión —¡otra vez!— fuente de toda razón y justicia.

Existe una apropiación del sentido de aquel “nosotros”, compartido como universalidad disponible para la construcción de subjetividades que lo tramiten en formas políticas concretas y asumidas, precipitado y privatizado en una matriz particular que opera en su nombre: las providencias de un gobierno y de un Estado que toma a su cargo la gestión de los deseos despertados por la crisis. Deseos que incluyen recuperar la soberanía delegada y fundar dispositivos de construcción de otra socialidad, lejos de las premisas que condujeron al desastre.

La noción de sujeto me ha servido para definir el “nosotros” como autor y no como mera entidad resultante de un referente compartido que, en rigor, sería la negación de dicha autoría. Sujeto y función intelectual (entendida como ejercicio del pensamiento) son el resultado de la misma conjugación, de la misma separación de lo universal con lo particular. Ambos reniegan de la prueba de verdad que proviene de la identidad de las analogías, los consensos y las certidumbres automáticas. El “nosotros” se ilumina desde lo intelectual a la luz de la tensión que genera la solicitud de la integración de sus funciones a los fines a los del Estado cuando éstos se asimilan interesadamente como referentes del “bien común”. Operación en la que lo común —quien puede lo más puede lo menos— comparte sus atributos con los de la nación, patria, país, ser nacional, destino indoamericano y ahora…el mercosur. En fin, lo nuestro de “nosotros”. No es difícil discernir el proceso por el cual podría ser posible interpretar al gobierno surgido del último proceso eleccionario como encarnación de los anhelos de aquel “nosotros”.

Sin embargo, ese agujero negro de sentido —el Estado kirchnerista en la actualidad— se identifica, en los hechos, con un proyecto y un programa que olvidan enunciar cómo se concilia su meta de alcanzar “un capitalismo serio” con la de atender al interés, el bienestar y el fin común. De modo que la defensa de la forma Estado, superfetada como democracia, defensa de lo nacional, de la soberanía popular y de la realización personal se convierte en una usurpación de títulos y honores de las propuestas que postulan la satisfacción del conjunto de las demandas de la sociedad. Para algunos —otros “nosotros”— resulta abusivo hacer pasar como natural el sujeto del “nosotros” cuando se reduce a la relación del todo de lo social con la forma Estado, de ésta con el gobierno que la instrumenta y del mismo con los objetivos y consecuencias del capitalismo al que se consagran sus esfuerzos.

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Ninguna de estas consideraciones surge de principismo político o imperativo moral alguno. Nuestro objetivo es evaluar los efectos de esta racionalización ideológica de lo común y lo público cuando la misma se confunde con los intereses del capital. Queda claro que esta preocupación no está guiada por la desmesura de suponer que, a la hora de las decisiones estructurales, el presidente vaya a tener en cuenta las opiniones culturales, científicas o políticas que pudieran deslizarles un ‘politólogo’ como José Nun, un ‘filósofo’ como JP Feinmann o un “ideólogo” como Miguel Bonasso, si se piensa como intervención intelectual algo más que mutuas contribuciones a los respectivos acopios de prestigio.

El asunto es más bien cómo y cuándo los intelectuales enrolados en la gestión de gobierno pueden ser requeridos como proveedores de saberes disciplinarios específicos —con el margen de autonomía que la especificidad de objeto y metodología les permiten—, utilizables en determinadas demandas que surgen de la marcha de la sociedad, cuando su capital simbólico surge precisamente de sus trayectorias políticas, de sus posturas en contra de toda limitación al pensamiento o de su rechazo a toda forma de subordinación de su vocación de verdad por sobre toda utilización instrumental so pena de transponer los umbrales de su oficio en los despachos de funcionarios de una política que prescinde de su arsenal conceptual.

Es que el “capital simbólico” disponible desborda el rango de verdad de las tablas de inversiones y de las construcciones de hegemonía política, salvo en la decisión política que lo quiere disolver en el equivalente general de su valor de cambio para el mercado.

A esta altura es que llamo a leer en forma sintomal en contratapa/12 a JPFeinmann, quien a su vez llama a cerrar filas en torno al nombramiento de José Nun como Secretario de Cultura, entusiasmado de que “uno de los nuestros”, “de los mejores”, “de los genuinos”, sea llamado por el ejecutivo a colaborar con el Estado. Una celebración como esta, que al mismo tiempo traza la linea divisoria con quienes se abstienen de adherir a su euforia, me lleva a devolver la invitación a tamaño amuchamiento por lo que tiene de vaciamiento y privatización de lo intelectual.

Nadie tiene la patente para establecer la autenticidad de qué es o quién es intelectual. De acuerdo. Soy de los que piensan que las identidades teórico-políticas son inconciliables con los agrupamientos corporativos o amistosos: un pensamiento, como el político, no se confunde con “un sentimiento” o “un movimiento”. Mi “nosotros” se funda y trama, en todos los casos, en las redes de un discurso (sea éste advertido o no) tan necesario como posible de analizar en sus premisas, contextos, sentidos — aun en sus fuentes más imaginarias como las que abrevan en la tradición, las emociones y las experiencias compartidas. Un discurso inscripto en discursos previos, en frontera con las singularidades de otros más o menos afines y en confrontación con los que portan sentidos diferentes de comprender e intervenir en la realidad.

Habrá quienes digan que así son las reglas de la política cuando se tiene ambición de poder. Agregarán que hay que elegir entre las “almas bellas” y “los comisarios políticos”, como si la identidad intelectual (y política) siempre pasara por el brete de ceñirse el tutú o enfundarse las charreteras. En definitiva, que “eso es lo que hay en política y de lo que se trata es de hacer lo que se pueda”, concluirán quienes piensan que la preocupación por los valores de verdad de una opción laboral o profesional son prescindibles prejuicios del racionalismo, el realismo y el modernismo ilustrado.

Pero parte de la misma condición de intelectual está en no desimplicarse de los destinos de su capital simbólico. Hay un punto en el que debe enfrentarse el dilema de privilegiar la gestión de las mejores soluciones (las menos malas, dentro de lo posible), ocuparse del buen funcionamiento (económico, rendidor, eficaz, equitativo) del mundo tal como viene o, renunciar a hacerlo y dejar los negocios públicos a los técnicos idóneos en su mantenimiento y service. Y este suele ser el punto en el que el debate sobre la marcha de la sociedad es interrumpido por los encargados de que las cosas funcionen, quienes argumentan: “eso es política, es ideología, es abstracto, es ideal, yo los quisiera ver ocupandose de los problemas concretos de todos los días… “ Punto en el cual se pone a prueba la buena o mala conciencia intelectual: ¿debemos entregar al César la soberanía sobre la vida y hacienda de la sociedad toda o creemos en la legitimidad de interrogar esta razón técnocrática de la burocracia?

Nada de lo dicho equivale a ningún horror al orden, a la racionalidad, al uso de la ciencia, a los aportes de la tecnología, a las funciones de la ley, al respeto a la autoridad del saber hacer o a la necesidad de las instituciones como organización de la sociedad. Tampoco a la supuesta denuncia o condena de toda integración y colaboración en las respuestas organizadas y centrales de las demandas sociales. No estoy discutiendo ni la validez de las tareas administrativas ni los pecados de quienes las tienen a su cargo: hablo de los grados de heterogeneidad que se establecen entre el manejo (insisto, imprescindible) de bienes y servicios, y la actitud crítica de preguntarse por el sentido de los mismos.

Como se verá, este planteo va más allá de las fórmulas justificatorias de los intelectuales convocados que a la hora de asumir los cargos (lo que supondría haber podido responder a todo lo anterior) tienen la “valentía” de dejar en claro que no comparten todo con quienes los convocan. Cuando el problema no es esperar al todo para integrarse a un proyecto sino tener claro que se juega conformarse o no creyendo que salvando las partes se avanza hacia ese todo.

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La expurgación del cuadro del dictador Videla en Colegio Militar, el acto de la ESMA, la remoción de las cupulas militares y policiales, los cambios en la Corte Suprema —para dar ejemplos de algunos de los gestos más recurridos a la hora de dar “apoyo crítico” al kirchnerismo— son intervenciones que, pese a su carácter eminentemente simbólico, se vuelven auténticas impugnaciones a lo estatal establecido y, desde ese estricto punto de vista, legítimas maneras de minarlo. Hasta el preciso instante en que tuvieron efecto. A partir de allí comienzan a ser baluartes del poder para consolidarse y acumular consenso a favor de lo establecido; el gobierno se asume representante de la soberanía que impulsó los hechos de los que se apropia y de sus desvelos para presentar lo alcanzado como metas últimas y, por eso, razones de la estabilidad —gobernabilidad— que deberá defenderlas.

No parece tan razonable ‘explicar’ las vacilaciones del espíritu crítico (o meramente objetivo) por la traición o la deserción de los involucrados en procura de los favores del poder. Deberíamos, en cambio, considerar la presión que supone, sobre el sujeto de la función intelectual, el hecho de enfrentar un medio social y cultural facilmente capturable por las ofertas de renovar las expectativas frente al sistema. Una situación dialécticamente ayudada por el riesgo real que corre de precipitar a los “inintegrables” en el páramo de la marginación y la prédica en el desierto o, en el igualmente patético ejercicio de ecolalia entre los convencidos a libro cerrado.

Es indicativo de esto el celo con el cual los gurús de la adaptación al sistema inducen la autoayuda como la mejor defensa contra el mayor de los peligros que enfrenta la sociedad para derramar felicidad: el hábito de la sospecha o de la crítica que envenena el disfrute de lo disponible para el consumo, sea de mercancías como de esparcimiento. Esto puede sugerir que el intelectual crítico es un simple agente de la mufa, un aguafiestas — o bien alquien querechaz el engaño de que lo prometido nos será dado, por añadidura, si aceptamos recibirlo de los que saben cuándo, cómo y a qué precio, mientras seguimos haciendo la cola de la comunidad organizada por el Estado. Este es el lado de otro “nosotros” que no es el de “uno de los nuestros”.

Horacio Gonzalez describe, en un largo artículo, la modalidad política inaugurada por el gobierno de Kirchner. Lo ubica como actualización de aquella modalidad de gobierno de las masas que fundara Perón basado en una particular relación de las masas (los sujetos) en su relación de dependencia del Estado y de éste como pivote del conflicto social. Un conflicto en el que el peronismo parecería no tomar partido sino por el todo de la sociedad aunque ello signifique naturalizar su realidad: clases sociales, desigualdades económicas, jerarquías de poder, etc.

En ese plan presenta la estrategia del General como la del Profesor que mira, como buen militar, desde el Estado (sin mencionar su rol de líder sin competencia). Foucault lo llamaría panóptico pero HG lo eufemiza como toponimia araucana. La pieza clave de su argumentación es la intervención de dicho General en el llamado Discurso ante la Bolsa de Comercio. “El peronismo buscó esa “serena proporción”, cuando aparecían conflictos, como el que con envergadura clásica se describe como el del capital y el trabajo”...”Perón seguía avisando de “agentes de provocación que actúan dentro de las masas provocando todo lo que sea desorden” . HG califica de “molesto derroche de sagacidad” a estas frases (desde una desagradable exterioridad respecto de los trabajadores), lo cual lo lleva a concluir que éste era el modo de aconsejar a los empresarios con la astucia de entregar algunos anillos y así evitar la amenaza de perder algunos dedos. La conclusión del largo y complejo trabajo es un elogio a las virtudes de la astucia: “Debía cargar con una revolución y al mismo tiempo saber contenerla”. “Para prosperar, la revolución debía ceder unos pocos, escogidos y relucientes anillos. Y hablados con la jerga del conductor: ‘todo en su medida y armoniosamente’ “. Puedo agregar, en la misma dirección, una cita en la misma inteligencia de conducción: “se trata de desplumar la gallina sin que chille”.

Hugo Moyano (referente paradigmático del sindicalismo peronista) declara: “en la CGT existe ‘preocupación’ ante la profundización de los conflictos por salarios”, refiriéndose a los liderados por direcciones que no responden a la conducción de la CGT (subtes, docentes bonaerenses, FFCC). “Los dirigentes sindicales —enfatiza— tenemos que tener la responsabilidad de evitar todo tipo de desbordes. En los últimos años hemos aprendido bastante como para volver a cometer errores que puedan perjudicar nuevamente a la economía. Esta dirigencia sindical sabe hasta dónde puede llevar los reclamos”. Es una dirigencia que avaló las privatizaciones, la devaluación, el congelamiento de los salarios, protegiendo una economía que en la página siguiente en el mismo diario muestra sus logros: Aunque la economía crece, baja la porción que reciben los asalariados (de 24,3 % del producto en 2001 a 21,5% en el 2004).

Mario Wainfeld , aludiendo a lo anterior, traduce la nueva conflictividad de los trabajadores en procura de mejoras salariales en la clave del eterno retorno de la renovación peronista: “En la específica materia gremial coexiste en el oficialismo el interés por los nuevos líderes y su vocación por intervenir activamente en la pulseada, para orientarla del lado de los trabajadores. Pero esa fresca novedad convive con la confianza en las destrezas, la moderación, las astucias o…(llene el lector los puntos como le parezca) de los actores más trillados. La CGT, tal cual es hoy día, es muy funcional a la política oficial pues le permite liderar la puja salarial y, a la vez, determinarle topes”. La nota se titula Entre el torrente, el cauce y el dique.

¿Alguien puede suponer que estoy diciendo que González da letra a la burocracia peronista, que Wainfeld le sopla al oído la política sindical a Kirchner, o que Miguel Bonasso dicta la política diplomacia frente a Cuba? Sin embargo, ¿es posible negar el aire de familia de una lógica que empieza en la socarrona ‘astucia’ del Viejo, enarbola las cadenas (no precisamente significantes) de los gordos y encuadra los conflictos sociales bajo un nuevo Lider? ¿Es preciso imaginar conciliábulos complotistas para reconocer la impronta de un pensamiento que habilita la potencia de lo social recién cuando toma forma de comunidad organizada en código estatal — es decir, cuando se reconoce deudor de la exterioridad de los encargados del interés general? ¿Es producto de los celos paranoicos de los “nosotros” que rehusan “ser de los nuestros” afirmar que esa subordinación de la función intelectual a los cánones de la gobernabilidad es funcional a la indiscriminación Estado-lider?

Para muestra están los silogismos de un secretario de cultura como Nun , que en lugar de aprovechar su investidura para promover un debate que lleve conciencia sobre modos de convivencia alternativos a los vigentes se apura, apenas asumido, a sentar doctrina: en la relación Estado, capitalismo y democracia es evidente que “puede haber capitalismo sin democracia pero no democracia sin capitalismo”(!) Un dato que se agrega a la única anticipación de su programa de gobierno: su preocupación por demostrar que la cultura puede ser una fuente de divisas: un negocio más. Nada que pueda suponer el cuestionamiento de lo existente, la raíz de lo establecido, el estímulo para dar paso a la inventiva de formas alternativas de vida y satisfacción de las necesidades, empezando antes por reconocer cuál es su origen. Lo que ofrece, en el mejor de los casos, es distribuir lo dado y conocido a todos los rincones de la sociedad, ya que nada ha dicho en relación a los temas marginados de la agenda electoral de cualquier Estado: la representación política, la superación de la encuesta como compulsa de voluntades, la movilización y participación en la toma de las grandes decisiones que comprometen al conjunto, cómo asegurar la circulación de las ideas, la libertad de expresión, la superación de la pasividad en el consumismo de las artes, las ideas y las costumbres.

Las funciones de los bomberos, los policías, los médicos, los mecánicos y los funcionarios son tan útiles a la complejidad de funcionamiento de la sociedad moderna que se vuelven indispensables. Apagar incendios, imponer el orden, prevenir las enfermedades y llevar el debe y el haber de las cuentas públicas son funciones y lógicas ineludibles del gobierno de la vida social pero inconciliables con la premisas del compromiso y disfrute de la labor del pensamiento en función intelectual.


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