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El señor que no fue The Little Flower

6 01 2005 - 13:49

Para ahorrarse un viaje hasta Pericles y llegar a terrenos más familiares, digamos que desde que a mediados del siglo XIX las ciudades volvieron a ponerse de moda por sus nuevas tareas en la revolución industrial, son muchísimos los ejemplos de intendentes que han pasado a la historia, cuyas figuras han trascendido a sus ciudades; cuyas ciudades tomaron un brillo que opacó incluso a los países que las contenían.

El Barón Haussmann es sin duda el más importante, al menos para occidente. No sólo porque dejó a Paris tal como la conocemos (fue intendente de Paris –o Prefecto del Sena– entre 1853 y 1870, nombrado por Napoleón III); también porque fijó los parámetros sobre cómo hacer ciudades –y cómo gobernarlas– durante un siglo o más. Torcuato de Alvear en Buenos Aires o Francisco Pereira Passos en Rio de Janeiro fueron algunas de sus consecuencias naturales más conocidas por nosotros.

Otros intendentes trascendieron más por su peso político, como Willy Brandt en Berlín; o coyunturas históricas extraordinarias, como la que le tocó a Rudolph Giuliani en Nueva York; por el proceso político que lideraron, como Tabaré Vázquez y Mariano Arana en Montevideo; por la impronta –dudosa– de su gestión, como Richard Daley, que gobernó Chicago desde 1955 hasta que se murió en 1976; o por objetivos específicos de su gestión, como Enrique Peñalosa Londoño y sus campañas por la seguridad en Bogotá, exitosas pese a los peores pronósticos.

Con la ciudad en el centro de todo, muchos de estos nombres resultan conocidos para cualquiera que lea los diarios. No todos fueron brillantes. Lo que hizo Haussmann en Paris -y sus brutales seguidores en América Latina-no fue por cierto sólo embellecimiento, sino un reordenamiento social que castigaba a quienes habían levantado esas mismas ciudades.

Pero si hay algo en común que atraviesa a estos nombres, es que en todos los casos es fácil saber cuál era la pasión que movía a cada uno de ellos, la huella por la cual querían ser recordados. Esa pasión, más o menos acomodada a la historia, es lo que los marcó a ellos y sus gestiones.

De todos, yo me quedo con Fiorello LaGuardia, “The Little Flower”, el alcalde de New York entre 1933 y 1945. LaGuardia dirigió la ciudad más importante del mundo en su momento más dramático: la depresión del ‘30 y la guerra. Son esas épocas que, vistas por un pusilánime, invitan a quedarse en casa, y vistas por alguien con coraje, se convierten en una oportunidad.

LaGuardia dio vuelta la ciudad y armó Nueva York tal cual la conocemos hoy, sus mayores éxitos y sus espantos inigualables. Su relación amor/odio con Robert Moses parió puentes, parques, edificios, autopistas, puertos. Difícilmente uno pase más de una hora en Nueva York sin utilizar -o ser víctima de-algo inaugurado por LaGuardia.

Fiorello medía algo así como un metro cincuenta, había empezado su carrera trabajando en el consulado americano en Génova, peleándose con las compañías navieras por las condiciones en las que estaban los hombres y mujeres que partían hacia América. Como intendente, tuvo el carisma que correspondía a los tiempos de Roosevelt, incluso un poco más. La huelga de diarios de 1945 sirvió para que LaGuardia hiciera una de sus apariciones memorables, y leyera por la radio una tira de “Dick Tracy” y otros comics para chicos (esos actos que la derecha cultural denominó peyorativamente “populismo de izquierda” y usó para hablar tanto de LaGuardia como de The Grapes of Wrath). Murió unos años después de terminar su gestión, en su departamento de dos ambientes en el Bronx.

En una de las fotos que más recuerdo desde hace muchos años, LaGuardia aparece con un piloto, todo mojado, en la noche oscura, ayudando a los bomberos a apagar un incendio.

Un intendente puede no apagar un incendio, no es obligatorio. Pero tiene que tener una razón, algo más importante que hacer. Si se quema una casa están los bomberos. Si se quema la ciudad y él está dirigiendo el operativo desde una base de control, mejor que siga haciéndolo. Si se quema un edificio, la situación se torna dramática para la ciudad y él no tiene otra cosa que hacer, puede ayudar a apagar el incendio. Si, como es previsible, el tipo no es bombero, su ayuda no es importante por la cantidad de agua que lleve, sino por el valor agregado de su trabajo (siempre y cuando luego vuelva a dirigir su ciudad y no se quede, hmmm, con la manguera en la mano). Muy lejos de la demagogia, puede que entonces los bomberos trabajen más y mejor, que los otros funcionarios a su alrededor trabajen con más garra, que los vecinos se sientan más contenidos y las víctimas menos solas. Es la inversión de su imagen en la economía simbólica de la política, y esa es una de las razones por la que los intendentes y los presidentes se eligen por votación y no por concurso de antecedentes.

Es difícil saber cuál es la pasión de Aníbal Ibarra -por cierto no la de apagar incendios. Su acuosa aparición durante y después del incendio en Once los sobreexponen, a él y a su gestión, desabridos como ya muchos los habían visto.

Es posible –casi seguro– que Ibarra esté pagando por esos cinco años de hipófisis muscular más que por las responsabilidades eventuales de su gestión en el incendio, e incluso más que por su gestión en sí.

No es posible para uno hablar del incendio. Uno tiene que coincidir, insólitamente o no, con Katja Alemann, quien en su carta pública bien dice que “las conjeturas erráticas, la tendencia a pontificar, y la falta de humildad para informar un hecho con la seriedad que requiere, hacen que también el periodismo forme parte de esta inconciencia generalizada que finalmente sólo nos lleva al desastre”.

La solución está en hablar menos o investigar más, y razones diversas me inclinan por la primer opción. Nada parece indicar, en todo caso, que el tratamiento que tuvo el boliche en Once por parte de la ciudad haya sido más negligente o más venal que el resto de los encuentros diarios entre la administración pública y la sociedad que gobierna.

En aquella ya increíblemente estúpida comparación con “un país serio” que apunta siempre a Estados Unidos, vale recordar que el incendio en Rhode Island en enero de 2003 costó cien muertos en circunstancias similares a las de Once. Por no mencionar el más famoso del Coconut Grove de Boston en 1942, donde murieron casi quinientas personas cuando un empleado quiso arreglar una lamparita y como no veía bien prendió un fósforo que en 10 segundos era un incendio fenomenal.

“Esas cosas pasan”. Esa es, exactamente, la conclusión que Ibarra no debería sacar y la que parece haberlo guiado. Esas cosas pasan porque alguien se manda una cagada de aquellas. Puede que la cagada que se mandó Ibarra sea no haber hecho nada. No tener inspectores ni inspección, ni reglamentación realista, que nadie crea seriamente que una reglamentación es posible de cumplir, que la reglamentación misma esté hecha para que no pueda ser cumplida, que todos supongan que eso es normal e inofensivo. todo eso precede a Ibarra.

El problema es, como se quejaba Alberto Dalotto hace unos días en este mismo lugar, con claridad y honestidad brutal, la desazón: “no tengo nada contra Ibarra, lo he votado y creo pertenecer al mismo espacio de ideas en que él y su gente abrevan, pero allí están las evidencias y la sensación de que cambiar la sociedad quedó en el recuerdo de los desvaríos juveniles y que somos otros pero los mismos argentinos de siempre, un grupo de impotentes interesados sólo en sobrevivir y beneficiarnos de los privilegios de un sistema de mierda que se cae a pedazos y que no le resuelve los problemas a nadie.”

La responsabilidad de Ibarra no está en la enumeración de más arriba, sino en que nada de eso haya sido siquiera amenazado tras cinco años de gestión. Es cierto que a Ibarra no le tocó el momento más plácido del mundo, al igual que a Fiorello LaGuardia. A su favor, hay que decir muchas cosas que han mantenido a flote a Buenos Aires en medio del maremoto. El “buen manejo de las finanzas” suena aburrido y tecnócrata, pero se tradujo en que la ciudad no viviera el temporal de la recesión, la explosión de la crisis y la depresión posterior con la crudeza que se vivió extramuros. En Buenos Aires se pagaron los salarios públicos todos los meses y esa puede ser la diferencia entre pasarla mal o pasarla muuuuy mal, o incluso no pasarla. Aunque hoy suene odioso, parte de ese buen manejo se lo debemos a Adalberto Rodríguez Giavarini, que refinanció la deuda de la ciudad en el momento oportuno, iniciando un saneamiento financiero que hubiera sido imposible tiempo después.

Dicho esto, Ibarra no parece haber hecho mucho más, lo que lo deja expuesto a pecho abierto a recibir cualquier bala. Llegado el incendio casi a fin de año, Ibarra no tuvo siquiera el reflejo casi humano de reunirse con las víctimas, enajenándose por completo, indispuesto incluso a recibir un par de bifes que hasta lo hubieran mejorado en la imagen pública. Insólitamente, termina organizando su encuentro con las víctimas en una suerte de “concesión” a Kirchner, cuando pudo ser al revés, y debió haberlo sido de hecho, considerando el cargo que cada uno ocupa.

Como a un vecino que presencia un asalto, a Ibarra le puede pegar una bala perdida, pero parece decidido a no estar en ningún rol protagónico. Es medio triste que pague con un caso como el incendio del Once. Pero, entre otros problemas, la inquebrantable dejadez de Ibarra le impide elegir en qué campo de batalla caer, qué legado dejar, ni decidir cuál será su frase póstuma (en el límite del humor negro, mi hermanó se dedicó al refraseo y me dijo: “se necesitaba tanto fuego para apagar tanta agua”).

El incendio en Once hará aflorar las peores miserias, como las que pueden verse en Clarín, reclamando más y mejor Estado después de haber sido uno de los más activos en su desmembramiento. Clarín será el mayor exponente de la segunda fase de la destrucción del Estado: la primera fue desmantelarlo de sus herramientas y su lugar en el mundo, la segunda será pedirle aquello que no puede realizar. Claro que no hay Estado, y que esa falta de herramientas públicas comulga con el humor público expandido durante los ‘90, cuando el Estado dejó de ser una herramienta para sostener altos niveles de integración que, desde entonces, pasaron a denominarse “ficticios”. Bueno, ficticios las pelotas. Estas eran, por ejemplo, algunas de las cosas de las que tenía que encargarse el Estado.

El efecto distópico que uno imagina de esta sinergia es un Estado torturador que seguramente no estará encabezado por Ibarra, una plaza pública con pantallas gigantes y la imagen de Marcelo Bonelli en todos lados, enrejada y toda cubierta con tapas de la revista Viva, y con un incendio al fondo de todo.


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