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La Tragedia

10 01 2005 - 09:27

Hay que tener cuidado con los ciervos. Parecen mansos bambis, y la mayoría son, efectivamente, tan inofensivos como sus brincos espasmódicos sobre el pasto helado. Pero si uno se entusiasma y empieza a seguirlos, internándose en el bosque, se encuentra indefectiblemente con un bicho gigante que lo mira fijo y, lo que es peor, ha estado ahí todo el tiempo protegiendo a su manada, rebaño o como sea que debe nombrarse a varios ciervos juntos. Incluso antes de calcular el potencial de daño que corresponde a la cornamenta ominosa, uno ya sabe lo que tiene que hacer: hacerse el boludo, dar media vuelta y volverse por donde vino.

Por sobre cualquier otra peculiaridad —la oferta infinita de exposiciones que vale la pena ver, los precios insultantes y la variedad lamentable de sus disquerías, la gloria y felicidad del curry— no hay temporada londinense en la cual no me sorprenda por la saludable integración de los espacios naturales a la vida urbana que, en otras partes, suele arrasar con todo lo preexistente. El background de uno —una infancia porteña no te prepara para salir de una librería, cruzar la calle, y darle de comer a las ardillas— lo obliga a preguntarse si es este un rasgo exclusivo del mundo anglosajón, y en tal caso a qué se debe. A la monarquía no es, aunque esa sea la sugerencia implícita de cada Royal Park, Royal Bench, Royal Parada de Colectivo, Royal Pajita Para Tomar El Nesquik, a lo largo y a lo ancho del Reino Unido. En Los Angeles, sin reyes, las comadrejas me espiaban desde el techo y los zorrinos dormían abajo de mi auto, mientras en Madrid, con reyes, hay que hacer un esfuerzo para encontrar un gorrión. Tampoco es el idioma, claro, ni la religión (aunque habría que ver cuál es la política protestante al respecto). En cualquier caso, estos tipos han organizado sus ciudades sin aniquilar por completo la flora y la fauna que los precedió — si bien las personas, i.e. indios o, como se dice ahora, “native americans” no tuvieron tanta suerte. En algunos casos, de los cuales California es ejemplo extremo, la civilización llevó agua y animales adonde costaba imaginarse que alguien pudiera vivir, e incluso puso en práctica ideas demenciales como la de emular los alrededores de París arriba del montón de rocas y piedras que hoy yacen satisfechas bajo el Golden Gate Park, uno de mis lugares favoritos en el mundo.

Digo esto porque mi curiosidad no tiene tanto que ver con la preservación en sí (ahí no hay mucho misterio; lo que deba preservarse en serio deberá mantenerse alejado de la gente) sino con la dinámica que les permite persistir a quienes no son mayoría, aunque sea encapsulados como los ciervos del Richmond Park, aunque sea en los márgenes como las comadrejas de LA , o como el zorro que me acechaba a través de la ventana de la cocina, durante mi reciente estadía en Norbiton.

Por una de esas casualidades que los años develarán no eran tales, me toca cocinar ciervo esta noche, de vuelta en casa, y tal vez no repararía en el nombre inscrito en la bolsa de la que saco el vino que elijo para la salsa si no fuera porque, al mismo tiempo, estoy decidiendo no confesarle a mi hija el origen de la cena – “Reducción de ciervo” le sonaría igual a “guiso de esos animalitos encantadores a los cuales les estuviste dando de comer la semana pasada”, y no veo la necesidad de arruinarle la noche. Ya llegará el momento.

La bolsa dice “Lavinia”, porque así se llama la única tienda en la cual se puede conseguir, en Madrid, el vino que uno quiere. Dos años comprando ahí, y recién ahora me doy cuenta de que, fieles a la tan española tendencia de hacer “ingeniosos” juegos de palabras a la hora de bautizar cualquier cosa, los dueños de la vinería decidieron escribir “La Viña” sin eñe en dudoso homenaje al personaje de Titus Andronicus.

Por otra de esas casualidades, la asimilación de la viña y Lavinia me devuelve a los ciervos. En el teatro isabelino, deer y dear eran intercambiables, posiblemente porque (como sucede ahora con los más jóvenes) la gente tendía a escribir basándose en la fonética. Esto, como no podía ser de otra manera, es observado por el propio Shakespeare en la misma obra:

Marcus: O! thus I found her straying in the park,
Seeking to hide herself as doth the deer
That hath receiv’d some unrecuring wound.

Titus: It was my dear; and he that wounded her
Hath hurt me more than had he kill’d me dead:

Titus dirá lo que quiera, pero es difícil aceptar que él la esté pasando peor que ella; pocas personas en la historia de la ficción han sufrido tanto como Lavinia. La violan, le cortan la lengua y después las manos — en alusión (según muchos) al destino posible de Inglaterra, aunque la ferocidad de los tormentos tenga más que ver con las necesidades dramáticas de quien rara vez se permitía aburrir al público.

Cuando, como en estos días, los muertos exceden (no sólo en número) lo que la mayoría de las personas asume como “normal”, hay que tener tanto cuidado con la tragedia como el que debe tenerse con los ciervos. Uno nunca sabe por dónde va a saltar la liebre, dicen, y en mi caso bastó una referencia a Walker Percy y su interés en el alivio secundario que sentimos ante la muerte de otros para escandalizar a los comensales en la cena de fin de año. La etiqueta, nunca explícita, sugiere que debemos entender las catástrofes de las últimas semanas como tragedias, so pena de ofrecernos al escrutinio de las masas sensibles que nos tildarán de cínicos si hacemos lo contrario. Muy pocos comentan, por lo bajo, que tal vez tragedia quiera decir otra cosa, y quienes lo hacen abrevan, necesariamente, alas, en “los griegos”.

Haciendo el esfuerzo de asumir que, en un futuro distante, el equivalente a los libros de historia mencione siquiera a la Argentina, resulta descorazonador imaginar uno que diga: “para los argentinos, Ricky Martin y Bacilos representaban la cima musical a la que todos debían aspirar”. Suponemos que nada de esto va a suceder, porque el arte suele venir con anticuerpos que lo ayudan a persistir en el tiempo — anticuerpos que, por ejemplo, Ricky Martin no tiene. Pero por algún motivo, algo similar ocurre con “los griegos”. Piscitelli dice que “para los griegos, la palabra tragedia no aludía exclusivamente a lo terrible, sino básicamente a lo inexorable”, y no quiero imaginar lo que diría el Dr. Grondona si no estuviera de vacaciones. Separando apenas la paja del trigo, John Gray dice que “para los griegos pre-socráticos, el hecho de que nuestra vida estuviera sujeta a límites era lo que nos hacía humanos.” Sucede, sin embargo, que “los griegos” no eran cinco tipos que se habían puesto de acuerdo en todo; eran muchos. Y así como algunos habían inventado el farmakos, que hoy conocemos como chivo expiatorio, otros preferían expiar por la vía de los ciervos. Una diferencia menor que no lo es tanto cuando consideramos el lugar que ocupan los ciervos en la tragedia griega.

Otra que la pasa mal (no tan mal como Lavinia, pero bastante mal) es Ifigenia — lo suficientemente mal como para que Eurípides decidiera escribir más de una versión de Ifigenia con final feliz. En estas versiones, Ifigenia zafa justo cuando la están por matar; Artemis se la lleva del altar y la reemplaza por un ciervo, que es sacrificado en su lugar. Pese a lo cual matar ciervos no era, aparentemente, un acto menos conflictivo para “los griegos” de lo que lo es para mí revolver el guiso que sigue cocinándose mientras escribo. La propia Artemis (o Diana), diosa de la caza, parece haberse ofendido tanto con Agamenón cuando éste le mató un ciervo, que en su reacción dio origen no sólo a Ifigenia sino también a Electra (la obra, no la persona). Como si esto no fuera suficiente para dudar de la consistencia de los dioses, la propia Artemis se había vengado antes de Acteón convirtiéndolo en un ciervo que fue entonces devorado por sus propios perros. Los perros de Acteón, digo. Estos griegos son confusos.

No hace falta más que una mínima dosis de mala leche para cuestionar cualquier cosa sobre la base de una complejidad inmanente que ha pasado desapercibida para otros. No es lo que intento hacer con Piscitelli, a quien quiero mucho, ni con la lista interminable de periodistas y opinadores que me dan lo mismo pero (intuyo) no me querrían nada si tuvieran la oportunidad de conocerme. Es entendible que Piscitelli hable de “los griegos” y es de lo más lógico que “tragedia” sea la palabra en boca de todo el mundo después del Tsunami de fin de año y su módico (pero no menos espantoso) contrapunto de interiores en el barrio del Once. No es tanto la elección de las palabras lo que me tienta a reorganizar el tablero sino más bien, como se verá más adelante, el hecho de que —como causa o consecuencia, vaya uno a saber— el abuso del concepto de tragedia oscurece mucho más de lo que aclara.

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¿Qué es una tragedia? Depende a quién le preguntes. Si alguien lo supo todo, mucho antes que nosotros, ese alguien era Aristóteles. Pero en este caso su definición (“seria, completa, de cierta magnitud, catársis, etc.) no termina de sernos útil — como el término ha sobrevivido a lo largo de demasiadas épocas y sensibilidades distintas, la cosa se complica. Es cierto que cuanto más atrás nos remontemos en el tiempo, menos terrible y menos solemne resulta el concepto. Incluso mucho más acá de “los griegos”. Para Tomás de Aquino, tragedia no era más que “un parlamento acerca de la guerra”. Para el Dante era sobre todo algo serio y profundo, más allá de su desenlace, y esta parece haber sido la acepción más aceptada durante bastante tiempo. Recién en la Edad Media, justo cuando (nada casualmente) emergieron los primeros militantes académicos anti-tragedia, declarándola obsoleta, el término empieza a parecerse más a lo que entendemos hoy: algo que empieza bien y termina mal.

Me parece que es también en la Edad Media cuando la idea de sacrificio se le pega por primera vez a la tragedia como uno de esos pedacitos de cinta aisladora que siempre reaparecen cuando creíamos haberlos tirado a la basura. Como comenta Terry Eagleton en su extraordinario Sweet Violence, los scholars medievales sabían que la palabra “tragedia” deriva de “cabra”, pero no tenían la más remota idea de cuál era la relación entre lo uno y lo otro, así que interpretaban a la marchanta: quizás fuera porque una cabra era el premio por el cual los poetas trágicos solían competir; o por la barba de chivo que portaban los primeros dramaturgos; o porque los hedores de muerte propios de la tragedia encontraban una representación adecuada en el olor a chivo (juro que esto es cierto); o porque, más razonablemente, un chivito era el sacrificio que se ofrecia a los autores, o bien a los dioses. Francesco da Buti, en el Siglo XIV, daba la siguiente interpretación sobre la cabra como símbolo de la tragedia: se la ve venir, imponente, con su barba y sus cuernos, pero resulta ser un bicho inmundo, con el culo sucio al aire. Dicho de otro modo: empieza bien y termina mal.

Tal vez porque en la vida real (mucho más que en la ficción) las cosas suelen terminar mal, el término pasó de nombrar una forma dramática a designar un tipo de narración histórica, y de ahí a calificar hechos terribles en sí, más allá de cómo estén contados. Es en este sentido que las “tragedias” de las que hablan los diarios son eso, con todas las letras. Como dije antes, no tengo nada en contra de este último uso. Pero una peculiaridad de la tragedia es que el primero de los tres usos (“drama que termina mal”, digamos) sigue en vigencia. Nadie le dice “biógrafo” al cine, ni cree que hablemos de un mástil cuando decimos “carajo”; sin embargo, todos parecemos estar de acuerdo en que Hamlet y el incendio de Cromagnon son tragedias. Habiendo establecido que tienen todo el derecho del mundo a compartir la definición, podríamos preguntarnos si son o no la misma cosa. Si no lo son, sería conveniente explicar por qué. Si son lo mismo, una profusa bibliografía se nos ofrece hacia atrás en el tiempo para entender un poco más las cosas.

Lo cierto es que unos cuantos siglos de modernidad se ocuparon de complicarnos el acceso a la idea de lo trágico. Igual que todo lo demás —la mente, el cuerpo, la composición atómica del Chicle Bazooka—, la tragedia tiene sus expertos, todos ellos tras el grial de la definición perfecta que les aísle prolijamente el objeto de estudio. Paul Allen tiene una buena (“a story with an unhappy ending that is memorably and upliftingly moving, rather than simply sad”), AC Bradley otra (“any spiritual conflict involving spiritual waste”), el joven Roland Barthes la suya (“il nous indique que notre enquête la plus intime ne va pas à l’issue des choses mais à leur pourquoi) y Nietzsche, bueno, Nietzsche tiene diez. La buena y la mala noticia son la misma: ninguna de estas definiciones funciona del todo. La muerte de un viajante no le cuaja a Bradley, Otelo no le encaja a Paul Allen, La Mosca no le sirve a Barthes. Sabemos de qué se trata cuando estamos en presencia de una tragedia, pero es difícilísimo nombrar la suma de reglas que nos acerca a esa certidumbre. Como bien dice Eagleton, ninguna definición de tragedia es infalible salvo la que la consigna como algo “muy triste”.

Y sin embargo “trágico” y “triste” no son, ni en pedo, la misma cosa. Eagleton sugiere, un poco en joda y un poco en serio, que en realidad algo trágico es muy muy muy triste, pero yo no estoy tan seguro de que se trate de intensidades.

Uno de los elementos que me asisten en mi convicción de que, además de las diferencias en intensidad, hay otras, es el hecho de que cada tanto aparece alguien anunciando el fin de la tragedia. A nadie se le ocurriría declarar el fin del sufrimiento, o de la tristeza. La tragedia, sin embargo, resulta inviable tanto para extremos muy pelotudos (la ceguera religiosa de la religión organizada, la pretensión de cruzados individuales como John Gray) como en posiciones de elevada percepción y sensibilidad (Beckett, la sugerencia de un mundo “post-trágico” a partir del nazismo). Como en la maldita alegoría del sueldo del papá de Mafalda, los granitos de arena se le escapan de las manos a todos y cada uno de quienes se aventuran a declarar la muerte de la tragedia. La vida (y, por lo tanto, la ficción) se las ingenia siempre para devolverlos a ese punto en el cual lo trágico aplasta toda predicción en su contra. Habiendo invertido tiempo y esfuerzo en su deconstrucción, los adherentes a la escuela del fin-de-la-tragedia sólo pueden volverse a su cueva a reformular viejas definiciones.

No sé cómo sonará originalmente en alemán, pero la definición de Hegel —para quien no había instancia más noble o elevada que la tragedia— me acompaña en inglés desde hace tiempo como la más seductora de todas:

Tragedy is a conflict, not between right and wrong, but of right with right.

Tampoco sé cómo será eso traducido eso al castellano (right is not good and wrong is not evil), pero así como está me basta y me sobra. Hegel hablaba de la tragedia “moderna” diferenciada de la clásica por una infinidad de motivos, todos atendibles. Habría mucho para decir sobre esto, pero temo que la disgresión me distraiga ahuyentando lectores que podrían, de otro modo, leer esto hasta el final. Menciono al pasar, entonces, cómo Hegel cuela de pronto lo moral en la ecuación, iluminándolo todo al negar, justamente, la incidencia de lo moral en el asunto.

Antes de pasar a lo que quería decir al principio, cuando me puse a hablar de los ciervos, hay otro elemento en la línea hegeliana que hace falta mencionar: la anagnorisis, el momento en el cual el desenlace de la tragedia resulta evidente para quien la protagoniza (no era casual que las tragedias griegas llevaran de título el nombre de las víctimas: “a vos te va a tocar”). Sólo que el protagonista, como nosotros, no lo sabía de entrada, ni siquiera si el oráculo le dibujaba un mapita, explicándole las cosas con lujo de detalles.

Todos conocemos ese momento.

“Uy…”

Qué cagada me mandé. Ahora ya es tarde. Cómo no me dí cuenta antes. Yo sabía.

Lejos de ser infalible (hay tragedias con todas las de la ley, como Otelo, en las cuales la anagnorisis brilla por su ausencia y el tipo no se da cuenta de nada), la combinación entre este momento crucial y la definición de Hegel nos va acercando, si no a una buena definición de tragedia, por lo menos al punto en el que puedo permitirme hablar de cosas que están pasando ahora.

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De lo anterior se desprende que, en un sentido amplio, el incendio en República Cromagnon puede ser (y seguirá siendo) calificado de tragedia por los medios, y que esto no quiere decir mucho. También sugiere que la objeción de Piscitelli (“En las sociedades post-divinas no hay tragedias, ni naturales ni artificiales”) es un disparate. En ecosistemas enfermos como Clarín, un diario que viene escribiendo “accidente trágico” desde que tengo memoria (andá a explicarle a Edipo que lo suyo fue un accidente, o a Van Der Kooy qué es un oxímoron), semejantes distinciones no son posibles ni lo serán en el futuro cercano. Cada uno define implícitamente sus responsabilidades, y la de Clarín es alimentar bajos instintos. Las de Piscitelli (y las de Página/12, si uno tuviera esperanzas) deberían ser muy distintas, y es por eso que una vez más nos encontramos ante la necesidad de señalar con mayor énfasis la torpeza de quienes deberían estar más cerca de nosotros.

¿Qué puedo esperar de Piscitelli si me recomienda a Sandra Russo? Ella escribe, en una nota que no evita, claro, mencionar “la tragedia”:

“Embutidos (¿?) en la desolación que los embarga, todavía en shock y con un sentimiento de impotencia inabarcable, los adolescentes se están organizando. [...] Un gran sector de chicos está expresando con sus actos una conciencia política profunda, un saber de esos que no se sabe exactamente cómo se transmiten. [...] Se han plantado en el dolor y de ahí no los van a sacar. Quien pretenda hacerlo se encontrará con una rara generación de jóvenes marginalizados que a su manera han sabido generar su propia cultura política. Que no haya ningún dirigente que los represente no quiere decir que no estén preparados para espantar a quienes no los representan. Estos chicos saben perfectamente que la argentinidad tiene sus trampas cazabobos. Pero también tiene, parece, nuevos radares de alerta”

La “argentinidad”, quiero pensar, no tiene nada que ver con esto. El rechazo de grupos informales relacionados con el incendio a los avances de la izquierda menos sutil le da permiso a Russo para intentar un avance más ruin, en segunda línea: “yo los entiendo, chicos”. Pero no entiende nada, como quedará claro más adelante.

Eduardo Fabregat, otro recomendado de Piscitelli, dice que

Nadie es inocente. Nadie puede lavarse las manos y pretender que no entró en el juego.

y que

sólo el rock podrá encontrar las respuestas y el remedio a su peor tragedia, su hora más nefasta.

Primero: yo no hice nada, y conozco un montón de gente inocente. Salvo que Fabregat asuma que estamos condenados por nuestra inacción, y en ese caso le deseo suerte. “El rock” debe ser inocente (si no, no sería una tragedia ¿no?) para Fabregat. Lamento disentir ahí también: “el rock” podrá no ser culpable de su propia extinción, pero sus restos sí lo son (y los medios son más que cómplices) de reproducir la ilusión de que esta subcultura triste que el universo tetrabriker del “rock barrial” encarna es algo más que un indicador sociológico preocupante. (*)

Russo y Fabregat son sólo dos voces, elegidas al azar, de entre un coro bien consistente que enaltece el universo de las víctimas con la clara intención de sumarlas a su lista de sacrificios humanos que valdrán la pena, a la larga. Por eso se trata, obligatoriamente, de una tragedia. No están solos en su approach: sus adversarios hacen lo mismo —Blumberg, y Bush, y todos quienes se ocupan de honrar a los muertos convenciéndose de que por ellos luchan, por ellos hacen. La noticia que debemos dar, (un poco tarde, pero parece que hace falta) es que a los muertos no les importa.

Los chicos muertos en Once no volverán, como el papá de Hamlet, a susurrarnos al oído que matemos a Ibarra. Lo que pasó no tiene sentido y por eso, entre otras cosas, es que no fue una tragedia. El otro motivo por el cual no es una tragedia, es que las tragedias sociales no existen.

Lo que Russo no entiende es esto: los adolescentes que repudian tanto a Blumberg como al trosko disfrazado de vecino sí vienen de una experiencia trágica. Lo que repudian, sabiéndolo o no, no es la falta de representación (puesto que no habría representación posible) sino la peregrina idea de que las Tragedias individuales que los convocan puedan ser diluídas en una tragedia con minúsculas por la vía de la racionalización y las banderas. La edad influye: Blumberg no puede soportar la falta de sentido y la diluye efectivamente con su tardía militancia. Falta de Sentido es todo lo que hay cuando uno tiene 15 años, y la domesticación que ofrecen hoy los medios y la política se encuadra dentro de la visión del mundo (más que cuestionable) bajo la que fueron educados sus actores.

Hay algo verdaderamente repugnante en el entusiasmo con que cierto progresismo (cf. Feinmann) intenta convertir estas muertes en combustible para el horno de sacrificios humanos que mueve su locomotora teórica. Veremos, o no, cómo una horda de ciudadanos lincha a Chabán, o a Ibarra, o al chivo (responsable o no, siempre expiatorio), convencidos ellos de que todo va mejor con Iñigo Montoya (“you killed my father, prepare to die”). Chabán e Ibarra, si sobreviven, escribirán su propia historia, y será trágica. Es que la tragedia no tiene demasiado que ver con todo esto.

La tragedia, cuando nos toca, nos toca como personas, a cada uno. El héroe social es una pelotudez de Oesterheld, fruto sin duda de su filiación política. Ese es el otro motivo por el cual, concluyo, con algún temor a equivocarme, no estamos hablando ahora de una tragedia. No para nosotros, ni para la sociedad, ni para la Ciudad de Buenos Aires. Cualquier intento de apropiación de las tragedias (sí, ahí si) personales de los demás resulta, desde esta óptica, una porquería.

Algo está muy mal cuando la política, en vez de desactivarse, acelera ante un montón de muertes individuales, agregando al sinsentido de esas muertes el ultraje extra de seguir negándoles la individualidad que les negaban a esas personas cuando estaban vivas. Peor aun cuando quienes están de nuestro lado repiten indefectiblemente el más espantoso error de sus mayores, como si fuera un legado inevitable. Podrá discutirse cómo se enfrenta uno a la inadmisible muerte de otros desde la gestión pública (no es fácil). Pero si escribís un blog, o la contratapa de un diario, lo menos que podés hacer es sentarte a pensar un rato.

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*Post Scriptum (abril del 2005):

Lecturas subsiguientes del blog de Fabregat y un par de mails que cruzamos después me demostraron que justamente él era de los pocos que no compraban una visión épica y socialmente comprensiva del universo del “rock chabón”. No sólo eso, sino que además parece saber mucho más acerca de ese mundo que yo, con lo cual queda claro que hasta que Pablo Semán se digne escribirnos algo más o menos serio sobre el tema, nuestro scope se verá limitado a los exabruptos de Schmidt y a mis opiniones de lego. Sigo sin saber cómo “el rock” realizará esa suerte de autopurga que sugiere Fabregat, pero esa es otra discusión.


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