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Quince Tremendos Minutos de Fama

11 01 2005 - 06:15

El incendio en el boliche de Once no sólo ha dejado visible para todos que el rey estaba desnudo; puso también al descubierto a esos prestamistas del guardarropas del rey que son los medios de comunicación. El problema no es sin embargo de los medios, que funcionan según una lógica bastante consistente y precisa; sino de quienes desde la política se sienten vestidos y cobijados con atuendos tan precarios. El problema es que este rey no llevaba puesto más que eso; y que su gestión responde, ataca, se defiende, se organiza, se piensa a sí misma, y percibe su relación con la ciudadanía, desde un rictus exclusivamente mediático.

Sólo eso puede explicar que el primer acto de gestión que realizó el gobierno de Ibarra después del incendio de Once, haya sido una conferencia de prensa. Con caras conturbadas y trajes pulcros, sentados detrás de los escritorios, un día y medio después del trajín infernal de esos pibes, los funcionarios quedaban a un abismo irremontable de los rostros desencajados y los pechos transpirados y sucios de hollín, que entraban y salían del boliche en plena oscuridad, y descargaban cuerpos como bolsas sobre el asfalto.

Cuando los gobiernos funcionan exclusivamente a tracción mediática quedan atrapados en un péndulo letal. De hecho, probablemente a ningún medio le hubiera parecido una noticia, o por lo menos una gran noticia, la reforma integral del sistema de habilitaciones de la ciudad de Buenos Aires. Por lo tanto, para un gobernante que se rige por ese sistema de complicidades implícito, ese acto pierde valor. Para qué hacerlo entonces. Si no rinde mediáticamente, lo más probable es que se postergue, que circule indefinidamente por los escritorios, y que finalmente no se haga, pues no se hace aquello que no se puede vender en el mercado de la información periodística.

Así, no sólo pierde valor gestionar, sino que comienza a sentirse incluso como una cuestión evitable. Y en la cúspide de este paroxismo, un gobierno sólo se mueve por acción y reacción mediática, premiando aquello que consigue comunicarse, con independencia no sólo de su necesidad u oportunidad, sino incluso de su realización. El atajo mediático paga más que el esfuerzo de gobernar, porque paga en el momento. Desconfiar de esta rentabilidad a corto plazo de los medios es una de las tareas más urgentes que deberían darse los dirigentes políticos, pues se la pasan perdiendo en esa ruleta sin enterarse, y exponen cada vez al estado a desfallecer en esa volatilidad que no hace distingos.

La cuestión es que por supuesto lo que sí se vende siempre y lo que se paga al más alto precio en el mercado de la información periodística es la catástrofe, sobre todo, cuando roza al estado. La asociación de tragedia personal y fracaso del estado reúne un peso dramático insuperable. Sin duda, es el momento del gran banquete para los medios de comunicación. Allí consiguen su mejor alianza con el lector, apelando no sólo a su poder de contener –contando y haciendo colectiva- la tragedia personal, sino también a su poder de apropiarse y ocupar de hecho el espacio perdido por el estado, mientras le reclaman enfáticamente que lo recupere y ejerza.

Es una cuestión de lógicas, y de articulación de sistemas, y no de puntos de vista personales o decisiones periodísticas. Los medios de comunicación, que en la Argentina de la década del noventa, alentaron y prestaron legitimidad al proceso de desmantelamiento material y simbólico del estado, viven de esa inanición, de la que también son responsables. No les sirve que el estado desaparezca ni tampoco que se haga fuerte. Precisan de un estado débil en su capacidad efectiva de acción y regulación, pero colmado de todo su potencial simbólico. Sobre esta falla trabajan, y de esta falla se alimentan.

El estado y la prensa se separaron como placas tectónicas en los albores del liberalismo, cuando el ámbito de lo público se complejizó y se empezó a sentir que la prensa podía constituir un reaseguro del individuo frente a los excesos del estado. Está por lo tanto en la naturaleza de los medios de comunicación el funcionar como predadores simbólicos del estado, manteniendo siempre ese punto de equilibrio que les permita al mismo tiempo que hacen la crítica, conservar la existencia, pues sin estado tampoco hay medios de comunicación.

La lógica es tan lineal como discreta. Mezclados ahora con la indignación del pueblo, los medios corren a denunciar al rey que han vestido para gobernar un estado que antes han desvestido, y piden quedamente su cabeza, mientras hacen encuestas para medirla, o se la sostienen en las manos, sin dejar de sacudirle, para que chille, pero que no ruede. Pues para el escarmiento, como vimos, hace falta un semivivo, nunca un muerto.

Nada de todo esto disculpa a Ibarra. Sólo permite extraer algunas lecciones adicionales a propósito del incendio.


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5. Tardecita
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3. Almuerzo
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Al-Fon-Sín
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