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14 01 2005 - 06:56

Cambiar de tema no es tan fácil como parece, y para demostrarlo desayuno hoy con el escándalo desatado por el Príncipe Harry al presentarse disfrazado de nazi en un evento que, quiero suponer, no era otra cosa que un baile de disfraces —el detalle es cuidadosamente omitido por la prensa, seguramente porque el contexto les ablandaría la noticia.

En Liberty Heights, la cuarta película de la trilogía de Baltimore (sí, era una trilogía pero siguió de largo), Barry Levinson se ocupó de estas cuestiones de una manera mucho más disfrutable. No es una película perfecta, pero hay en ella más momentos memorables que en todo lo que haya visto durante este año, lo cual la convierte en una buena opción para el fin de semana (es de 1999, no sé si se estrenó en Argentina, pero debe estar editada en video). Al protagonista de Liberty Heights, un chico judío de clase media, se le ocurrió hacer lo mismo que el Príncipe Harry, unas cuatro décadas antes. La discusión subsiguiente con su padre (Joe Mantegna) vale por toda la película, y si recuerdo bien es más elocuente que todo lo que leí hoy en los diarios.

Una vez más, las víctimas y sus representantes manifiestan con firmeza su intención de impedirnos ver el bosque. Harry es un príncipe, empecemos por ahí, lo cual implica, necesariamente, que no estamos hablando de una persona normal. No porque la realeza suponga privilegios sino más bien por todo lo contrario: alguien que nace príncipe, hoy, tiene pocas esperanzas de aspirar a la base mínima de salud mental que los demás tendemos a dar por sentada. Si además sos el hijo de Lady Di, bueno, en fin, andar por ahí disfrazándote de Afrika Korps es mucho más un síntoma que una decisión, y así debería ser leído por las psicopedagogas del palacio.

El palacio no tiene psicopedagogas (y lo bien que hace) y la etiqueta, en el Reino Unido, te da permiso a apoyar golpes de estado en Sudáfrica y a hacerte el boludo en el estilo flagrante que Blair exhibió esta semana, o a disfrazarse de fantasma o de pirata, pero de nazi no, eso sí que no. Aunque lo peor, para variar, es la solemnidad de quienes cuidan la memoria de la víctimas, o la nuestra, no se entiende bien.

Lo más interesante de todo esto es, para mí, cómo nos acostumbramos a escandalizarnos sin que se entienda por qué, quién es el ofendido. ¿Cómo debe leerse la elección de un disfraz? ¿A favor de quién? ¿En contra de quién? ¿Quién es protegido por la prohibición implícita de disfrazarse de algo? ¿A quién ultrajo si me disfrazo de policía? ¿A la policía o a los ladrones? Un rabino californiano tuvo la mala idea de exigir un desagravio a la Pierini: El príncipe debe visitar Auschwitz. Habrá que mandarle entradas para The Producers, que debe seguir en cartel en Los Angeles, a ver si se despabila un poco.


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