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La Desgracia

14 01 2005 - 07:06

Si tomamos como punto de partida a Aristóteles, tenemos que empezar por notar que en el momento en que él escribía y pensaba, en el final del siglo V AC, la tragedia era en Atenas una representación teatral plenamente institucionalizada. De hecho, en los certámenes trágicos, intervenía un magistrado de la polis, que era el encargado de seleccionar a los participantes, mientras que los fondos para solventar la puesta en escena de las obras se garantizaban mediante la contribución de ciudadanos atenienses.

Pero la tragedia no había empezado con ellos. Antes de ser una práctica institucionalizada de la polis ateniense, había sido una ceremonia litúrgica y festiva de la sociedad arcaica, un canto-danza religioso en el que se celebraba la epifanía de un dios, no necesariamente de Dioniso, aunque así haya pasado a la historia, y tanto, que hasta el propio Aristóteles señala al ditirambo específicamente dionisíaco como el origen más remoto de la tragedia griega.

(Entre paréntesis: Los coreutas que participaban de la celebración danzaban disfrazados de sátiros, y de ahí se supone que proviene el nombre de tragedia, pues los sátiros son figuras humanas con trazos de chivo).

Este primitivo aspecto coral del evento, y su carácter netamente musical y festivo, no son un detalle menor. Pues si es cierto que la tragedia se ha ido poniendo lúgubre con el tiempo, este movimiento ya puede verificarse como presente incluso en los orígenes de los orígenes. De esto se queja justamente Nietzsche, que advierte en la tragedia griega un punto de quiebre entre lo que él llamará el pesimismo heleno, o el helenismo a secas, y el optimismo teórico o socrático, que caracterizará la historia posterior de Occidente. Nietzsche construye buena parte de su lectura sobre la base de analizar cómo se va diluyendo el rol del “coro” en la tragedia griega del siglo V AC y cómo se pierde con ello toda su sustancia dionisíaco-musical.

El coro, como vimos, había sido el actor original y excluyente de la tragedia primitiva, y todavía conserva ese lugar central con Esquilo, pero una transformación cultural profunda que empieza a sentirse ya con Sófocles, lo va corriendo hacia atrás en el escenario, de modo de permitir que den un paso adelante los actores. Esta transformación tiene su punto culminante en Eurípides, que es además el encargado de introducir en la tragedia el veneno del silogismo. Lo que puede verse en el paso atrás del coro a favor de la primera persona del actor, o en la expulsión de la música por obra de la palabra, y más tarde, del mísero argumento, es todo un quiebre de mundos.

Cuento esto porque me parece interesante saber –si vamos a tratar de pensar a qué llamamos tragedia hoy y por qué y cuán autorizados estamos a hacerlo- que ya Nietzsche sospechaba acerca de cuán trágica era la tragedia griega. Y creo que por motivos que pueden no estar tan alejados de los nuestros, pues él entendía que el fin de la tragedia griega marcaba a su vez el inicio de una cultura que, en sus grandes rasgos, creo que sigue siendo la sustancia de nuestro modo de estar en el mundo. Sé perfectamente que ha pasado mucho agua bajo el puente, pero creo entender lo que dice Nietzsche, porque me parece bastante claro que Platón está mucho más cerca de nosotros que de Esquilo o de Sófocles, y que a nosotros nos pasa lo mismo.

Lo trágico parece haber sido entonces en sus orígenes algo mucho más parecido a un agradable sinsentido festivo y vital. La tragedia en el período clásico, aquella que constituye nuestro legado cultural, es ya algo más serio. Habría que hacer entonces una parada intermedia, en Esquilo o Sófocles, para ver ese instante antes del quiebre, y comprender algo acerca del espíritu que habita esos textos.

La idea de un cosmos como escenario de lucha entre fuerzas contrarias, la creencia en un ciclo permanente de rupturas y reparaciones de ese agónico orden cósmico, la omnipresencia de una legalidad natural e impersonal que opera esas reparaciones, el reinado pleno de lo divino, absolutamente ilimitado y necesario, todo eso ubica al hombre en un lugar bastante particular. Así es como lo vemos aparecer en el primer momento de la tragedia, como el vehículo de unas acciones que no obra por su voluntad sino por voluntad divina, unas acciones que busca tal vez conocer hasta el final pero no comprender, en todo caso esas acciones son el prisma por el cual finalmente el hombre sabe su destino, la parte que le ha tocado, pero nada más. Y aún así, ese hombre, que no es la fuente de sus acciones, sí es por ellas plenamente responsable. No importan las causas, nadie pregunta por ellas; ni las explicaciones, nadie las formula; ni los culpables, nadie los menciona. En la tragedia no hay nada de eso. Hay acción, y hay responsabilidad.

Creo que buena parte de nuestra dificultad en entender el universo de lo trágico radica en nuestra imposibilidad de abandonar esa primera persona (la que dio el mal paso hacia delante y se perdió del coro), y todo lo que ella acarrea consigo: la necesidad de sentirnos protagonistas de nuestras acciones, la fiebre de explicar, la calma que nos produce encontrar causas, la manía de la culpa, la negación del dolor y de la muerte. Por estas cosas me parece que cualquier cosa a lo que nosotros llamemos tragedia, será inevitablemente “chunga”, pues en algún sentido, como lo intuía Nietzsche, nos hemos construido en oposición al sentimiento de lo trágico.

Por eso nos imaginamos lo trágico como una inversión del orden natural, cuando en verdad, esa definición sólo nos define a nosotros. Somos nosotros los que suponemos, esperamos, que haya un orden del mundo que asocie lo bueno a lo bueno, y lo malo a lo malo, como se asocian las causas a las consecuencias, por eso cuando lo bueno viene seguido de lo malo, lo llamamos “injusticia” (cuando alguien bueno muere lo consideramos siempre una injusticia, si no dijéramos que es una injusticia qué consuelo nos quedaría sabiendo que no hay consuelo). Pero lo trágico no es eso en absoluto, pues si hay un orden natural en la tragedia, no tiene reglas ni actores morales, al menos en el sentido que nosotros entendemos la moral, como indisociable de la voluntad personal y de la autonomía.

Sí podríamos preguntarnos qué cosa hemos puesto en su lugar, o más modestamente, qué decimos hoy cuando decimos que algo nos parece trágico.

Me parece que, tomando todos los riesgos del caso, se puede acotar un contexto de uso actual de esta palabra. Tengo la impresión de que solemos hablar de tragedia frente a desgracias que reúnen determinadas condiciones: que nos parecen “injustas” y “evitables” (no siempre la injusticia es evitable); que les suceden a personas que consideramos “inocentes”, es decir, que creemos que no se merecen de ningún modo eso que les sucede, o que no han hecho nada para merecerlo; que tienen un culpable o culpables (porque creo que siempre para nosotros hay por lo menos un culpable de la tragedia) que no es sin embargo alguien que quería que la desgracia ocurriera, sino más bien una persona que ocasiona la desgracia por negligencia, por ambición, por desidia, es decir, algo así como un provocador impersonal.

Este es el punto que me parece –si se quiere- más trágico de nuestro modo de sentir lo trágico: la presencia latente de lo impersonal. Sin embargo, nuestro modo de reaccionar frente a eso es absolutamente no trágico, puesto que para nosotros es inadmisible que aquello que nos parece lo más íntimo y personal –el dolor- sea provocado por una fuerza impersonal –alguien que ni siquiera ha querido hacernos sufrir-. Nosotros necesitamos una causa, y si no, aunque sea, un causante. Eso es lo que da sentido al dolor para nosotros. Edipo no pregunta por qué, como hace Cristo al pie de la cruz (“padre, ¿por qué me has abandonado?”). Edipo asume su destino; sería mejor decir, lo encarna. Y la gracia está justamente en que encarna ese mandato impersonal con una densidad que hoy sólo consiguen unos pocos responsables.

Creo que nunca escuché decir que la desaparición de personas en la Argentina haya sido una tragedia, ni que el genocidio perpetrado por los nazis contra los judíos haya sido una tragedia. Allí hay asesinos. Eso en todo caso es Shakespeare, pero ni siquiera, porque Shakespeare pone en juego una ética del asesinato. Por eso le hace decir a Bruto, el matador de Julio César, “seamos Casio, sacrificadores, pero no carniceros”. Las carnicerías no son tragedias. Creo que las guerras tampoco lo son. Y dudaría de incluir en este rubro también a las catástrofes naturales. Me parece que no vemos lo trágico allí, o en todo caso, también corremos a explicarlo por causas. No nos devora la tierra, ni el agua, ni el fuego, ni el cosmos, ni lo sagrado impersonal y necesario. Nos devora la razón, y como diría una amiga, sus hijos bastardos.


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