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19 01 2005 - 08:57

La semana se sigue complicando en TP tanto (o casi tanto) como se simplifica en los diarios. Menos mal, porque no sé qué haría si además de trabajar a un ritmo imposible, cocinar y atender a las necesidades de la gripe que reina en esta casa tuviera, además, que considerar seriamente las noticias.

Tres observaciones sueltas (¡ilustradas!) y al azar ocupan hoy, entonces, este espacio.

En el cono sur, parece, se fueron todos de vacaciones. Acá, en el cubo norte, hay módicas novedades: la sucursal española de la Iglesia Católica decidió capitular ante la evidencia y declarar que los preservativos no son tal mala idea, después de todo. El giro no es muy diferente al que podría sugerir un comunicado de los Testigos de Jehová reconociendo la legitimidad de la cirugía. Quiero decir: la postura anterior de la Iglesia Española no era mucho menos delirante que las de la Flat Earth Society, pese a lo cual el Vaticano la sigue sosteniendo. Aceptemos, de todos modos, que se trata de una buena noticia — hay que cuidar la salud de los sacerdotes pedófilos españoles y sus víctimas.

Hace un año y medio, más o menos, salió un librito encantador llamado Schott’s Original Miscellany; un pastiche de información inútil, o útil sólo en determinados contextos, ideal para leer en el baño. Muy en la línea retro tan afín a publicaciones como McSweeneys, el libro de Schott era una novedad refrescante. Se ve que vendió bien, porque las librerías del mundo anglosajón ahora ofrecen una cantidad apabullante de libritos parecidos —una oferta de trivia que cubre todos los nichos posibles. Así como Schott me puso de buen humor el año pasado, sus secuelas (en conjunto) me deprimen. La fiebre de trivia tiene un correlato por ahora inaprehensible con los reality-shows y biopics insufribles en la línea The Aviator. No sé qué augura, pero lo que sea no es muy prometedor.

Todas las mañanas me toca el timbre el cartero. No importa si tiene una carta para mí o no; para entregar cualquier carta debe entrar al edificio, y la manera de entrar al edificio es tocar todos los timbres de todos los departamentos al mismo tiempo. Cualquier discusión degenera en tauromaquia, acá en Madrid — puedo asegurar, por experiencia directa, que no vale la pena intentarlas. Hay que resignarse. También hay que resignarse a que las cartas no lleguen. Las certificadas, al menos. El cartero jamás está dispuesto a subir tres pisos por escalera, así que si hay una carta certificada para mí, omite (por una vez) tocar el timbre de mi departamento, y se la lleva de vuelta al depósito, donde tendré que pasar a buscarla. La ventaja de estas dos peculiaridades combinadas es que, el día que el cartero no toca el timbre, sé que hay una carta para mí. Las desventajas son obvias, e incluyen la de no poder interceptar esa carta salvo que uno monte guardia en el balcón durante toda la mañana.

Sería interesante llevar a cabo en España (y en Argentina, por qué no) un experimento similar al que Direct Creative puso en marcha hace unos meses. Dispuestos a establecer los límites del correo norteamericano, estos sujetos enviaron metódicamente los objetos menos previsibles (un globo inflado, un diente, una botella de agua mineral, una caja conteniendo un muñeco que pedía auxilio cuando la movían) y registraron con precisión el destino de cada uno de estos objetos. Me tienta continuar el experimento, aunque sé que no voy a tener tiempo de hacerlo. Los lectores de tp están invitados a ponerlo en marcha y reportar los resultados.


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