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The Land of the Free

21 01 2005 - 05:15

Por estas horas, George W. Bush asume su segundo mandato como presidente de los Estados Unidos, lo que no sería un hecho particularmente relevante para nadie más que para él, que a lo sumo puede vivir la experiencia del Inauguration Day dos veces en la vida, sino fuera por la enorme cantidad de ideas que tiene para trabajar en los cuatro años que vienen.

Del mismo modo, que Bush empiece su día de gloria yendo a la iglesia a por la Gloria del Señor, podría no ser tan importante, al fin y al cabo lo hacen casi todos los presidentes de Estados Unidos y de una parte importante de esta tierra, si no fuera porque entre las ideas a las que más está aferrado Bush hoy, hay una que lo invade todo, su cabeza, países, sus conversaciones: confirmarse a sí mismo y al mundo que un rasgo distintivo de los Estados Unidos es su secularización tardía.

“Bad timing” diría uno al pasar, porque el mundo que uno imagina, o que uno —siendo “uno” sólo parte de una clase media urbana con acceso a determinados bienes y con ciertas otras expectativas— cree que estaba a punto de consagrarse, era muy secular. El mundo de leer los diarios, tomar café, hacer un trabajo por la razón que sea —en general porque no podemos vivir de otra cosa— , charlar con amigos, discutirlo todo y si hay tiempo jugar al fútbol o tener una familia pero no tanto porque al fin y al cabo tampoco la familia es un núcleo que encaje armónicamente con el “universo del cafecito”, ese es, por sobre todo, un mundo con bastante poco del dramatismo religioso y un escaso efecto redentor. Algunas de las mejores mentes de nuestra generación creen en Dios y en un universo de valores religiosos, y suscribirían enteramente el párrafo precedente.

El problema es quién ha interrumpido aquello que creíamos que era una novela por capítulos. Dada la enorme concentración de recursos en las manos de Bush, su falta de timing provoca una suerte de cataclismo en el calendario iluminista. Claro que todo es muy pronto y muy cercano y muy visceral aunque no parezca, y que somos nosotros, partes de todo esto, los menos indicados para darnos cuenta de lo que está pasando.

Para aferrarse a un ilumnismo ilustrado quizás lo mejor sea recordar unos comentarios de Luis Alberto Romero durante el pleno apocalípsis de la Argentina en el 2001, cuando recordaba la amargura con la que San Agustín vivía las ruinas del mundo romano, del mundo que él, San Agustín, conocía como civilización. Rodeado de hordas y bárbaros, no le faltaban razones para preocuparse. Más tarde, en la Historia, San Agustin apareció como uno de los fundadores de la civilización cristiana. Sólo que él no podía verlo.

Puede que al fin y al cabo todo esto sea un mamarracho en la historia y nada más. Que en un tiempo alguien comente las razzias contra funcionarios y dignatarios extranjeros en los aeropuertos norteamericanos como el síntoma neurótico de un país que transformó a la tierra en un lugar aislado, miserable e inseguro, medieval, para centenares de millones de personas; como un momento tonto más, sepultado por la vida, como la pesadilla de presidencia de Lindbergh en la novela de Philip Roth, enterrada en medio de uno de los momentos más excepcionales de la vida de éste país.

Algunas manchas de este gobierno se parecen tanto a las de la administración de Richard Nixon, que uno se siente tentado a pensar que están configuradas de un mismo ADN, y que les espera por tanto un mismo final. Y no se trata sólo de la corrupción y la guerra, sino sobre todo, de la retórica, de la inflamada Nada, del cinismo transformado en la plataforma de un lenguage impenetrable, del clima de incredulidad general que una mitad se traga con resignación y la otra con pavor.

Pero aun así, conociendo el final de Nixon y sin parámetros para saber cómo terminará éste, algo de Bush parece aun más empecinado que su predecesor, algo en su épica tiene más pretensiones de ser irreversible.

No hay, ni aun si uno abriga esperanzas de un nuevo Watergate, un optimismo desmesurado. The Guardian bien titula la Consagración de la Bestia como “World Fear New Bush Era”. Razones no le faltan, al mundo, al que vio pasar el discurso inaugural con un llamado: “ending tyranny in our world”.

A diferencia de otros a los que la historia los encontró en el centro sin saber por qué, Bush está donde está para cumplir una misión, un ambicioso plan, ambiciosamente enunciado desde la escalinata del Capitolio: “By our efforts, we have lit … a fire in the minds of men. It warms those who feel its power, it burns those who fight its progress, and one day this untamed fire of freedom will reach the darkest corners of our world.”

Es entendible que a miles de millones les haya corrido un frío por la espalda si en su discurso reinaugural Bush dice, sobre todo, aquello que debe haberse tallado en la ventanilla del helicóptero para verlo todos los días: “We are led, by events and common sense, to one conclusion: The survival of liberty in our land increasingly depends on the success of liberty in other lands.”

Para algún otro momeno quedará una discusión sobre la precisa decisión de usar “liberty” y no “freedom”. Lo cierto es que, a diferencia del oxígeno o la sal, la libertad será simplemente definida en el tiempo como aquello que hayamos decidido que sea. Pensar en abandonarla es algo que da miedo a quienes sólo la entendimos de una manera. Pero en algún momento habrá que empezar a pensar en la evolución y éxtasis de su sentido. En si la libertad, mirada de frente y a los ojos, no ha culminado su tarea convirtíendose en el verdadero tormento de occidente.

En fin, Happy Inauguration Day.


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