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Literatura vil

22 01 2005 - 15:38

“Era una de esas novelas populares de seis peniques. Me pregunto cómo una joven como ella ha podido encontrar de interés esta estúpida historia tan mal escrita.”

La gracia de la cita es que pertenece justamente a una novela de seis peniques. La descubrí en San Clemente, donde las librerías [ 1 ] no venden libros caros. Pero esta costaba uno con cincuenta (tres por cuatro pesos) y la colección, en perfecto estado, llamaba la atención frente a otros productos baratos. Yo nunca había escuchado hablar del detective Harry Dickson ni del autor, un tal Jean Ray. Otra gente sí, ya que la librera me comentó después que algunos clientes se habían reencontrado con un tesoro perseguido a lo largo de los años. Algunas de las cubiertas —las que no vienen firmadas— son, además, muy atractivas y daría la impresión de que piratean las versiones originales.

Jean Ray se llamaba Raymond Jean de Kremer, vivió entre 1887 y 1964, era belga y publicó en francés y flamenco bajo su propio nombre, como Jean Ray y también como John Flanders. Al parecer tuvo una vida aventurera. El mismo afirmaba haber contrabandeado alcohol a EE.UU. durante la ley seca; otros sostienen que fue marino y pescador o que estuvo preso durante algunos años por desfalco.


Por su parte, el detective Harry Dickson nació como una serie alemana en 1907, una de las tantas versiones apócrifas de Sherlock Holmes. Ante las protestas de Conan Doyle hubo que inventar a Dickson, al que se apodó el Sherlock Holmes americano, aunque (al menos en la versión de Ray) el héroe vive en Londres y parece profundamente británico. Se publicaron 230 números que luego fueron traducidos al neerlandés. A Ray le encargaron, a su vez, traducir la colección al francés, pero rápidamente se aburrió y decidió mejorarla, inventándole aventuras propias al detective y a su pupilo Tom Willis (un dúo que recuerda a Batman y Robin, leve onda gay incluida). Ray tradujo unas veinte y escribió unas 178 originales entre 1931 y 1938. A su muerte, se lo consideraba, especialmente en Francia, como un maestro del fantástico. En castellano, ediciones Júcar publicó 60 libritos de Dickson (unas 120 páginas cada uno) en la década del 70 y esa es la única edición española. A la librería de San Clemente llegaron las primeras nueve tras un largo añejamiento en una caja procedente de México.


Las aventuras de Harry Dickson son narraciones irregulares, desparejas, distintas que van de lo policial a lo fantástico y a la ciencia ficción. Tocando fenómenos dignos de los Expedientes X, el detective se ocupa siempre de asesinatos múltiples y cruentos a cargo de algún genio del crimen exótico o, al menos, de una criatura particularmente monstruosa. La acción es permanente, el tono ligero y frecuentemente irónico (como en la cita del comienzo) y alucinado. Las historias no se repiten y más bien obedecen a una imaginación desbocada. El escenario es, a veces, la campiña inglesa de Jane Austen pero, más frecuentemente, el Londres caótico y abigarrado de Dickens al que el autor parece admirar.


En el primer volumen, El canto del vampiro, el asesino posee una voz maravillosa y canta después de cada muerte. Al final, resulta ser el hijo bastardo —infradotado salvo para el canto y el crimen— de un periodista y una actriz que tiene como amante a medio pueblo.


El segundo (La banda de la araña) y el tercero (Los espectros verdugos) están ocupados por la batalla entre Dickson y Georgette Cuvelier, suma sacerdotisa de un emporio criminal que recuerda a Los vampiros de Feuillade. El detalle es que Dickson se enamora de Georgette, acaso por única vez, del modo en que Holmes lo hiciera antes de Irene Adler. Ray es capaz de iniciar el segundo volumen con la frase “Todo estaba en calma en Londres, e incluso en todo el mundo.” Y de contrastarla con la que abre el capítulo IV: “Una inmensa angustia planeaba sobre los hombres y sobre las cosas”. Esas descripciones remiten al sordo terror de la preguerra, al vértigo y las oscuras premoniciones de esos años. En el tercer tomo, que termina a borde de un barco, Ray escribe: —“Tengo cincuenta y seis años— declaró Mr. Simpson con aire triunfal— y le aseguro que nunca, nunca, ¿Oye usted bien, señor?, he asistido a ninguna cosa notable, un crimen por ejemplo. No he visto siquiera un accidente de coche, no siquiera un hombre con la pierna rota. Entonces, digo yo, todo esto son invenciones. ¡Todo esto no existe! Luego… Pues bien…, en ese mismo momento, Mr. Simpson se levantó gritando y empujanedo su silla: —¡Señor! ¡Señor! ¡Hay una serpiente en su cabeza!”


La escena parece salida de Tintin, que Hergé dibujaba en el mismo lugar y la misma época. En ambas sagas hay también una suerte de tensión entre el cosmopolitismo de sus personajes por un lado y un difuso racismo provinciano por el otro (un rasgo compartido también con Simenon, otro belga contemporáneo), por el que se tiene como propio el puñado de países europeos que rodean a Bélgica y por ajeno —en principio despreciable y temible— al resto, compuesto por asiáticos, judíos y hasta deformes criaturas humanoides de mares lejanos. Pero Ray se acerca a los extranjeros mediante el recurso de llevar el racismo al disparate, a la parodia extrema. En una oportunidad, Dickson se disfraza de nuevo rico americano. Para entrar en conversación con una dama y mostrar el carácter de su personaje, le dice: “Mi lema es ‘Respeto a la mujer blanca’, y he hecho honor a él mandando linchar a tres negros que habían querido besar a una florista blanca como la nieve”. En otra, Ray hace carambola de prejuicios y un prestamista judío exclama: “¡Dios de Raquel! Los chinos son a pesar de todo personas.”


En el cuarto volumen, Terror en el teatro, se produce la inesperada irrupción del traductor, un español llamado Alfonso Sastre (que no es el mismo de los otros tomos) y que procede como si fuera un apuntador que invade el escenario. En las primeras páginas, Sastre multiplica absurdas notas al pie que explican lo que es un ensayo general o un habitué al teatro. Pero estas se ponen interesantes en la página 14, cuando Ray escribe: “Pericles Holdon era un autor en boga, que gozaba del favor del gran público, aunque sus obras carecieran a menudo de valor artístico;” y Sastre agrega abajo: “Caso frecuente entre nosotros. Recuérdese por ejemplo, los nombres de Adolfo Torrado, Alfonso Paso, Juan José Alonso Millán o, más recientemente, Jaime Salom.” En la nota siguiente, el traductor levanta la apuesta. Ray continúa la frase: “pero eran ricas en situaciones tremendas y en peripecias angustiosas, muy del gusto de los espectadores.” Y Sastre acota: “Jean Ray describe aquí un teatro semejante al que, entre nosotros, cultivó don José de Echegaray, el cual fue galardonado, como recordará el culto lector, con el premio Nobel de Literatura en 1904.” Pero el extraordinario remate llega en la página 32, ante la frase “No me gustan sus obras”, con la que el Secretario del Interior se refiere a Holton. Sastre, distraidamente, dice al pie: “Original pasaje, en el que el autor da una vez más prueba de su fértil imaginación. Como es sabido, las obras de mala calidad artística suelen ser muy del agrado de los funcionarios públicos.”

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Uno no se encuentra con algo así todos los días. Incluso, la autorreferencia de Ray que caracteriza su propia escritura utilizando estas piezas teatrales de tres por cinco, es de una deliciosa frescura. Y lo que es mejor, no cae en el cinismo. Simplemente, el libro es una fiesta, el traductor lo advierte y se siente invitado. Y el lector también, sobre todo si ha tenido la oportunidad de conocer los gustos de los funcionarios públicos. Para colmo, el despreciado Pericles Holdon resulta al final del libro ser, entre otros crímenes, el jefe de una siniestra organización de tratantes de blancas. Pero, además, hay un millonario argentino de nombre Pedro Suárez, que gasta el dinero a manos llenas con las coristas.


En los tomos siguientes, el parque de diversiones continúa abierto. En el quinto, la acción se tralada al pueblito de Harcester, donde el comisario Brewster es descrito como alguien que “habría podido brillar en la carrera policíaca si no se hubiera dejado llevar demasiado por su amor a la paz y a los libros.” En ese pueblo hay también tres hermanas cincuentonas a cual más fea y un arrivista que está de novio con la más joven, es el amante de la segunda y se termina casando con la más vieja, una historia parecida a la de una comedia italiana con Tognazzi llamada Venga a tomar un café a casa.


Es que el principio de composición de Ray es que todo es intercambiable: los criminales se sustituyen con los burgueses, las mujeres con los hombres, los viejos con los jóvenes, los locos con los sabios, los mendigos con los millonarios, los seres imaginarios con los reales, los animales con los humanos, las máquinas con los seres naturales.


Por ejemplo, ¡Pericles Holdon es también Pedro Suárez! Pero también, en el tomo sexto, La resurrección de la gorgona, hay un escultor cuyas obras son cadáveres petrificados, pero que es en realidad un científico que logra aislar la esencia del miedo utilizando la mirada de una especie particular de pulpo (uno de cuyos ejempares pasa por ser su cuñada), siempre que la víctima sea previamente inoculada con cierta sustancia a base de algas.


En el tomo siete, El extraño resplandor verde, Dickson lucha contra un supercriminal que se apodera de máquinas que pueden provocar la destrucción de una ciudad en instantes (un terror de larga historia que finalmente se encarnaría en la bomba atómica), pero además llega a producir dobles mecánicos del detective cuya misión es matarlo y reemplazarlo.


En el ocho, El camino de los dioses, un viejo lord inglés que ordena a su sucesor dar cada año un banquete de pordioseros (cuya finalidad oculta es proteger su resurrección) es también el terrible bandido chino Fuh Suh, terror de los occidentales y japoneses que viven en China, mientras buena parte de la acción transcurre en Luxemburgo, lugar muy poco frecuentado en la literatura.


En el noveno, Los enigmas de la inscripción, hay un baile de disfraces en el que cualquiera puede ser la víctima o el asesino y, como en el resto de las historias, cualquier personaje puede tener una careta detrás de la cual se oculta cualquier otro.


La frenética saga de Dickson, su acción permanente, su descuido no exento de ritmo y estilo y sus brillantes destellos de humor están construidos a las sombra de la gran literatura del siglo previo. Dickens inspira a Wilkie Collins, Collins a Conan Doyle, este al oscuro folletín alemán del que Ray toma sus historias y las mejora inspirado en el cine. La obra de Ray es una sombra de sombras, un pastiche de pastiches. Si en 1900 las imitaciones a las apuradas de Holmes podían llamarse literatura menor, en 1930 los pulp de Ray integran ese magma ficcional que incluye a las historietas y al serial cinematográfico. Incluso, la ingenuidad de Ray, su linealidad exenta de aristas sociales atrasa respecto de otros géneros populares. Pero, sin embargo, Harry Dickson es más que un placer culpable. Su autorreferencia y su ironía son modernas y logra encantar gracias a su evidente originalidad, a su desencadenada imaginación, a su ligereza, a su audacia para escribir casi cualquier cosa como si fuera hablado, poseído por el delirio de una de sus fantásticas criaturas. Esta literatura de encargo, bastarda y adictiva, transmite sensaciones de alegría y libertad, cualidades primarias e irreemplazables del acto de leer.

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Entre Dickson y Dickson debí hacer un viaje en ómnibus a Buenos Aires y necesitaba algo más largo que los libritos de Ray. Ellegí La noche del oráculo, la última novela de Paul Auster que, por su precio, es inhallable en San Clemente como el resto de la colección “Panorama de narrativas” de Anagrama. (Me dicen que en Pinamar, sitio más sofisticado en su oferta de consumo, tampoco se consiguen esos libros). Al terminar el libro en el viaje de vuelta, en la soledad nocturna de la ruta, la sensación fue la contraria a la pequeña euforia que producen las novelitas de Harry Dickson. Si bien Auster posee imaginación y técnica literaria, su empresa artística suena vacía e insatisfactoria.


La noche del oráculo está escrito a la sombra de la gran literatura sin pertenecer propiamente a ella. Uno puede detectar procedimientos de Perec, de Nabokov, de Sebald (respectivamente, la proliferación de historias, un narrador que advierte la infidelidad de su mujer después que el lector, la inclusión en el texto de una foto de la tapa de la guía de teléfonos de Varsovia previa a las segunda guerra), entre otros. Pero Auster parece usarlos como parte de la exhibición de músculo y destreza gimnástica que enturbia la lectura de la mayor parte de las novelas americanas, más que como necesidades internas de su narrativa. Incluso, su apelación a los horrores del Holocausto despierta la sospecha de ser un condimento colorido y espectacular al que no viene mal echar mano entre tantos otros. La nouvelle cuisine literaria siempre acechó a Auster.


En el libro también se encuentran un judío y un chino. Y aunque esto ocurre en los ochenta, donde la corrección política es de rigor, el chino, al que el narrador judío se aproxima con respeto, resulta un ser taimado y agresivo que tanto puede regentear una papelería como un prostíbulo. Lo mismo ocurre con un personaje negro, sensible al mal de la humanidad, pero también un gordo de pocas luces que muere por sus excesos de tabaco. Si agregamos que el único personaje al que Sidney Orr —protagonista y narrador de la novela— detesta es un joven drogadicto, resulta que este escritor es, además de cornudo, un reaccionario apegado solamente a los valores de la familia y el matrimonio [ 2 ]. Es cierto que el narrador no debe confundirse con el autor, aunque ambos sean escritores neoyorquinos y los libros de Auster sean siempre a base de alter—egos que se le parecen mucho.


De todos modos, el libro es pobre y sus historias inconclusas parecen incluso un fracaso en los propios términos de la novela: alguien que quiere demostrar a cada paso que puede sacar historias de la galera debería al menos terminarlas. Pero Auster, con el tiempo, ha perdido incluso buena parte de su energía y su literatura se parece más bien a esos artículos de revista dominical que cuentan la estadía de su autor en un hotel de cinco estrellas. El hotel, en La noche del oráculo, es la propia literatura o, mejor dicho, la condición de escritor. Una vez, Eric Rohmer dijo que un mal que aquejaba la obra de muchos jóvenes directores de cine es que sus películas solo se ocupaban de jóvenes directores de cine. Auster no es el único escritor que se ocupa solo de escritores, pero además no es joven. [ 3 ]


Tal vez por eso, lo más interesante de La noche del oráculo sean cuestiones de crítica literaria. Una de las historias abortadas del libro, la del tipo que un día se va a vivir a otra parte sin ningún motivo aparente, se afirma inspirada en un pasaje de El halcón maltés de Hammett. En realidad, podría afirmarse que la fuente es más bien Wakefield de Hawthorne e incluso que Hammett se inspiró allí. Por qué Auster prefiere citar a Hammett y no a Hawthorne es un pequeño misterio. Auster prologó y editó un libro sobre Hawthorne, así que la ignorancia no puede ser la razón.


En otro pasaje de la novela, a Orr le proponen adaptar para el cine La máquina del tiempo de H. G. Wells. Auster escribe: “El libro me había costado treinta y cinco centavos e incluía dos novelas tempranas de Wells, La máquina del tiempo y La guerra de los mundos. La primera no llegaba a las cien páginas y las terminé en menos de una hora. La encontré absolutamente decepcionante: una obra floja, mal escrita, crítica social disfrazada de relato de aventuras y torpe en los dos sentidos.” (De nuevo, podemos suponer que Auster no es ajeno a las opiniones de su héroe. De hecho, el argumento que finalmente propone Orr es ingenioso y simpático y no hay duda de que es obra de Auster). En estos días no pude conseguir La Máquina del tiempo en San Clemente, para poner a prueba estas afirmaciones, pero supongo que el libro terminará por aparecer. Por el momento, podrían contrastarse con otras de Borges, en el prólogo de un volumen que contenía esa obra y El hombre invisible: “El hecho de que Wells fuera un genio no es menos admirable que el hecho de que siempre escribiera con modestia, a veces irónica.” La modestia y la ironía brillan ciertamente por su ausencia en las obras de Auster, básicamente un escritor y un hombre pomposo. [ 4 ]

Entre perseguir asesinos por las callejuelas de Londres y esperar un anticipo por la próxima novela, es decir, entre ser Harry Dickson y Sidney Orr (o Paul Auster), es imposible no elegir la primera de las fantasías aunque ya esté muy lejos de nosotros. Espero que el azar me proporcione un día los 51 tomos faltantes de Harry Dickson. No creo, en cambio, que vaya a leer la próxima novela de Auster.


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