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Austerlite

22 01 2005 - 19:15

Poco hay de arbitrario en la comparación casual que se le ocurrió a Quintín viajando entre Buenos Aires y San Clemente. De hecho, una de las novelas mas celebradas de Paul Auster (City of Glass, la primera parte de la Trilogía de Nueva York) ya había hecho algo parecido —yuxtaponer las preocupaciones circulares de Auster a un universo más popular y reconocible—, sólo que en el caso de City of Glass no se trataba del pulp belga de entreguerras sino de noirs más recientes y mucho más americanos.

Hace más o menos un año, entré al lot de Universal con un guión original en la mano y salí con una copia de City of Glass en la otra. “Me encantó tu película, por eso me pareció que eras la persona ideal para adaptar esto”; una lógica impenetrable que sin embargo reina en Hollywood desde hace décadas y, habiendo dominado la primera mitad de esta década, ya podría ir aflojando, ¿no? Parece que no, a juzgar por las dos películas que vi esta semana, The Aviator y Closer. Si bien la primera se define a sí misma en cada escena como un emprendimiento personal ciclópeo y la segunda, mucho más modestamente, se limita a reproducir con una fidelidad sospechosa la obra de Patrick Marber que le dio origen, ambas degradan, cada una en su estilo, el material original en el que están basadas. Si el hecho de que una película de Mike Nichols sea mejor que una de Scorsese es deprimente en sí mismo, peor aun es darse cuenta de que estas dos películas, igual que otras cincuenta que uno vio en los últimos meses, sólo existen como resultado de operaciones industriales que podrían haber generado cualquier otra cosa.

Dado el curioso status de City of Glass como novela de culto, me sorprendió descubrir, leyéndola por segunda vez, que sólo me acordaba de las primeras dos o tres páginas. Comentando esto con algunos amigos, me encontré con que a ellos les pasaba lo mismo: se acordaban, más o menos, de la llamada telefónica que abre la novela, y de la confusión de identidades que esa conversación genera, y de nada más. Haciendo los deberes, conseguí una copia de la adaptación a historieta que publicaron, hacia fines de los ochenta, Karasik & Mazzucchelli — otra versión extremadamente respetuosa de un original que estaba, a su vez, basado en otros artículos genuinos, algunos explícitos y otros más genéricos, todos sacudiéndose adentro de la licuadora de Auster. La versión comic de City of Glass es todavía menos apasionante que el libro, pero la introducción de Bob Calllahan vale la pena. El tipo ensaya, en pocos párrafos, una clara defensa de todo lo que me aburre en la literatura reciente, y arriesga incluso una definición: ” a literature of individual human obsessiveness.” De eso ya tengo en casa. Dame otra cosa.

Si bien es cierto que los mejores libros tienden a ser inadaptables —y que sería lícito preguntarse para qué hace falta, realmente, convertir libros en otra cosa—, releerlos con una adaptación en ciernes es a veces una buena manera de entender por qué no funcionan. En el caso de Auster, la paradoja es interesante: City of Glass se propone como una deconstrucción del noir como género; ni a mí ni a nadie le interesa ir a ver eso al cine, pero Auster es lo suficientemente obsesivo (o disciplinado) como para no permitir que ninguna otra cosa se le cuele en la historia — si le sacás ese elemento central, lo que queda es nada, cero, aire. La única manera razonable de adaptar un libro de Auster es convertir la adaptación en una obra sobre Auster. Tiendo a pensar que esto, más que resultado de un plan maquiavélico por parte de Auster, es consecuencia lógica de que sus preocupaciones formales terminen siendo, en última instancia, el motor de la ficción que escribe (las memorias de Auster entran en otra categoría, y me gustan mucho más).

‘When I write”, dice Auster, “the story is always uppermost in my mind, and I feel that everything must be sacrificed to it.” No le creo del todo, porque las historias suelen ser lo menos interesante de sus libros, pero sí le creo lo del sacrificio. Hay algo que Auster comparte con la gran mayoría de los narradores preocupados por el azar: un proceso de depuración implacable que, con la excusa de la literatura, asegura para sus novelas un escenario controlado y estéril. A veces tengo la sensación de que los personajes querrían hacer otra cosa en los libros de Auster, y él no los deja. No porque sea mal tipo, sino porque cree saber qué es lo mejor para ellos. Como el papá del nene en City of Glass, que lo dejó encerrado en un cuarto a oscuras durante veinte años.

Barajando este tipo de variables, inventé una versión muy libre de City of Glass incluyendo al propio Auster como co-protagonista. Pero parece que Auster tiene la política de no compartir el cartel con nadie, y parece también que Hollywood, con cierto criterio, no tiene el más mínimo interés en Auster como persona. Así que será, seguramente, otra película más que no se hará nunca.


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