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27 01 2005 - 05:19

The Guardian sigue siendo el diario más legible, pero hay que reconocer que últimamente se acerca, a veces demasiado, a Infobae. Lo cual no es tan grave, después de todo —el diario ideal incorporaría unos cuantos elementos de la prensa amarilla. El sensacionalismo la embarra indefectiblemente en la escritura, pero ha demostrado una puntería histórica muy superior a la de la prensa “seria” para elegir los temas de interés. Es inquietante leer en el Guardian, entonces, a alguien derrapando en modo “serio”: En A generation lost in its personal space, John Naughton ofrece algunas reflexiones sobre el iPod (y su bisabuelo, el Walkman) que atrasan veinte años y, además, son cualquier verdura.

Naughty Naughton escribe como si los auriculares fueran un implante, pero en realidad es al revés: el audio “social”, el de la vida, era lo compulsivo antes de la aparición del Walkman. Uno creció escuchando, a la fuerza, el tráfico en Juan B. Justo, el partido de los domingos en la radio de los vecinos y el traqueteo de la Línea A en vez de, qué se yo, The Kinks o Stravinsky. No le veo la ventaja, la verdad. Los auriculares son removibles. Por otra parte, Naughton se pierde la oportunidad de abordar las auténticas cuestiones sociales que se desprenden del advenimiento del iPod, entre ellas el problema del ridículo status que otorga el aparatito y la tendencia de consumo que encarna, como pocos otros gadgets, al ofrecerse como garantía de una calidad que no existe y una novedad que no tiene.

Si la idea era cuestionar nuevas tendencias, el Guardian podría haber inclinado por una vez su balanza hacia Peter Lewis, en su cobertura más o menos cínica del enfrentamiento que hizo volar pisapapeles en el Guggenheim hace unos días. Uno habría imaginado que, después del ridículo Guggenheim Las Vegas, los días deThomas Krens estaban contados, pero no. Esta gente, no sé cómo hacen, pero hay que reconocerles una habilidad increíble para salir siempre a flote. Igual que Martín Redrado.

Hablando de museos, y de la meca del juego, uno de los muchos motivos por los cuales no siento ninguna urgencia en regresar a Las Vegas es que jamás supe retirarme cuando estoy ganando. Será por eso también, tal vez, que no termino de entender la decisión de Ferrari de levantar la muestra del escándalo antes de tiempo. Tampoco sé si la decisión es realmente de él, o si se trata más bien de un favor que le hace a Nora Hochbaum, que ya debe estar harta de tanto ajetreo, pero importa poco. La muestra pasó, en apenas dos meses, de evento rutinario a centro de un debate que no se llevó nunca a cabo, para ser relegada después a un segundo o tercer plano cuando las partes en pugna encontraron ocupaciones más urgentes. En principio, la idea de levantar la muestra ahora, sugiere una conclusión lamentable, de curioso valor didáctico para las fuerzas del oscurantismo: demandas judiciales y operaciones mediáticas serán, de ahora en más, contempladas como herramientas menores que no le hacen sombra al viejo, seguro y (parece) infalible método del llamado anónimo con amenaza de bomba.


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