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[Fin de] Una Temporada en el Infierno

28 01 2005 - 05:18

dos zippos que no serán

Uno de los muchos motivos por los cuales no siento ninguna urgencia en regresar a Las Vegas es que jamás supe retirarme cuando estoy ganando. Será por eso también, tal vez, que no termino de entender la decisión de Ferrari de levantar la muestra del escándalo antes de tiempo. Tampoco sé si la decisión es realmente de él, o si se trata más bien de un favor que le hace a Nora Hochbaum, que ya debe estar harta de tanto ajetreo, pero importa poco. La muestra pasó, en apenas dos meses, de evento rutinario a centro de un debate que no se llevó nunca a cabo, para ser relegada después a un segundo o tercer plano cuando las partes en pugna encontraron ocupaciones más urgentes. En principio, la idea de levantar la muestra ahora sugiere una conclusión lamentable, de curioso valor didáctico para las fuerzas del oscurantismo: demandas judiciales y operaciones mediáticas serán, de ahora en más, contempladas como herramientas menores que no le hacen sombra al viejo, seguro y (parece) infalible método del llamado anónimo con amenaza de bomba.

Asumiendo que los motivos que se esgrimen para el levantamiento de la muestra sean los verdaderos, el conflicto se cierra inadvertidamente desviando el debate hacia otras preguntas, que nada tienen que ver con las garantías que reclaman para sí tanto la Iglesia como el resto de los mortales. Con cierto sentido de la oportunidad, la decisión de Ferrari termina formulando una pregunta sobre los límites de la política en la vida de las personas, y su sentido último. ¿Vale la pena tanta malasangre? ¿Por qué, en última instancia, deberíamos dedicar tiempo y esfuerzo a personas e instituciones que no comparten nuestras preocupaciones, ni nuestro universo cultural/social, ni nuestros gustos, ni nuestra idea del mundo, ni el más mínimo interes por las cosas que nos interesan a nosotros? Ferrari tiene todo el derecho del mundo a mandarlos a todos a la mierda, y sin embargo la aparente claudicación entra en conflicto directo con la intención evidente en por lo menos la mitad de su obra. El Cristo en el bombardero, quiero pensar, no es tanto para mí como para quienes creen en Cristo o en los bombarderos, o en las dos cosas (y es cierto, las dos cosas suelen ir juntas). Lo más interesante de las piezas más osadas en la exposición de Ferrari es su poder revulsivo; ¿qué gracia tienen si no inquietan a nadie?

Esta última pregunta proyecta una sombra bastante siniestra sobre nuestra propia actividad, acá en TP, y sobre todas las cosas que uno hace para molestar a los demás — muchas más de las que tendemos a reconocer. No todos los medios son iguales, claro, y cada uno exige a priori distintos niveles de metáfora. En el caso de la muestra de Ferrari (no tanto de Ferrari en sí, ni de su obra) parecería emerger una confusión entre los objetos y su función que tal vez sea útil comentar antes de abandonar el tema.

Brian Eno suele contar una historia reveladora al respecto. Hace tiempo, reencontrándose por tercera vez con el mingitorio de Duchamp que tanto inquietaba al Señor Dozo, Eno tuvo la idea de preguntar cuánto había costado transportar el artefacto hasta el MOMA. “30.000 dólares”, le dijo alguien, y fuera esto cierto o no, uno no puede menos que estar de acuerdo con la conclusión de Eno acerca de la confusión terrible que esto implica. Con el mingitorio, Duchamp postulaba explicitamente: “Puedo decir que incluso un mingitorio usado, o cualquier otra cosa, es una obra de arte.” Años después, ese mingitorio y sólo ese podía servir para tales fines. “¿Por qué — se preguntaba Eno — no comprarle un mingitorio al plomero de la esquina y exhibir ese?” Y esa pregunta le debe haber dado la idea, porque Eno decidió salir del museo, comprar un tubito de plástico transparente, volver al museo y arreglárselas para hacer pis en el mingitorio, a través de la grieta entre dos paneles de vidrio, sin que nadie lo viera, devolviéndole al menos al objeto su función original.

Para Duchamp, así como para sus nietos, que son hoy cientos si no miles, la más importante (tal vez la única) función de los objetos que tendemos a llamar “arte” era la de establecer entre ellos un diálogo que difícilmente pudiera darse entre personas que no contaran con tales herramientas. Los forros de Ferrari con una estampita del Papa en la punta no terminan de encajar en esta categoría (de hecho, Ferrari reactiva un debate viejo y conocido que ha venido sucediendo con y sin objetos mediadores), pero en cualquier caso no cabe duda de que la confusión generalizada entre lo que las obras de Ferrari son y lo que dicen es bastante parecida a la de quienes pagan sumas ingentes para transportar un mingitorio que podría o no ser ese. El statement inicial (también explícito) de las obras anticlericales en la retrospectiva de Recoleta giraba en torno a la denuncia de un determinado estado de cosas. Después del escándalo, ese statement se potencia, y a él se le suma otro que reclama el derecho de poder decir esas cosas. Hacéte cargo. La agitación política conlleva un cierto grado de responsabilidad; nada sobrehumano, simplemente no desconocer el objetivo que te puso en movimiento en primer lugar. Si no, como ya dijimos, no tiene mucha gracia — es algo así como si el protagonista de una película se diera por vencido por la mitad y durante el resto del metraje tuviéramos que verlo bañarse, tomar la leche, hacer las cosas que hacemos nosotros todos los días. Al fin y al cabo, nuestras vidas cotidianas están signadas por la resignación. Un poco más de arrojo no vendría mal.

Hace unos meses se quemó en Londres uno de los galpones de Momart, un depósito de lujo en el que dormían lejos del escrutinio público un conjunto significativo de obras recientes, todas valiosas y emparentadas. Las cenizas de unos cuantos Hirsts y Emins se esparcieron por la ciudad, más de uno creyó ver una gran maniobra propia de Ocean’s Eleven, tantos otros celebraron (aunque parezca increíble) la hogera como una versión moderna y sofisticada de la ira de un Dios clasicista que habría, por fin, dado su veredicto acerca del Brit Art. A los hermanos Chapman se les quemó Hell, nada menos; una perturbadora maqueta cuya catálogo de crueldades no habría desentonado en la muestra de Ferrari. Tuve el privilegio (restrospectivo) de ver Hell en la despareja exhibición de los Chapman auspiciada por Saatchi, hace más o menos un año. Si bien me gustó mucho y lamento su pérdida (me gustaría poder volver a verla en diez años y comprobar lo perdurable [o no] de su estética Playstation aplicada al sufrimiento universal), hay algo adecuado en su destino último, Hell consumida por las llamas, sólo recordable en las fotos que la muestran fragmentada, más artificial y turbulenta de lo que era en persona. Era previsible que a los Chapman no se les escaparía la relevancia de este incendio.

En uno de esos movimientos de ingenuidad autodestructiva que sólo puede impulsar una corporación, al Momart no se le ocurrió mejor idea que convocar a los Chapman para que diseñaran el regalo empresario de este fin de año. Los Chapman, con su mejor cara de póker, respondieron a la propuesta ofreciendo un brillante encendedor Zippo con el logo de Momart prolijamente calado en su delicada cajita metálica.

“Durante cinco o seis milisegundos —cuentan los Chapman— pensamos que nos iban a decir que sí.” Pero no pudo ser, por motivos que resulta fácil imaginarse. “Les propusimos pagarlo y distribuirlo nosotros, y enviarlo como regalo personal, despegado de la institución.” Momart respondió en modo Bartleby: “Preferiríamos que no lo hicieran.”

En su balance del affair Ferrari, La Nación editorializa:

Que la muestra de Ferrari se prestaba altamente a la controversia lo probó el hecho de que hasta la defensora del pueblo de la ciudad consideró que se había creado un riesgo de daño moral en un espacio público. Sólo ahora, cuando la muestra ya no se exhiba más en la Recoleta y el interés de la opinión pública haya elegido otro motivo de discusión, se podrá hacer con más calma el balance de un episodio que puede haber servido para avivar un debate teórico que algunos extrañaban, pero que indudablemente no contribuyó en nada a reconciliar a una sociedad que todo el tiempo está reviviendo enfrentamientos que la llenan de intolerancia y dolor.

No es decabellado pensar que el levantamiento anticipado de la muestra sí es un movimiento tendiente a la “reconciliación” que La Nación agita como una de tantas banderas que se verían mejor en llamas. Si Ferrari no quiere molestar, su obra pierde sentido. En un país sin hermanos Chapman, nuestras opciones se limitan. Sólo nos queda el consuelo de imaginar las extraordinarias reacciones que podría haber provocado como regalo institucional 2005 un encendedor Zippo portando el logo del Gobierno de la Ciudad. Aunque, teniendo en cuenta otro suceso reciente, en este caso tal vez sí habría sido excesivo.


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