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La muerte más duradera

28 01 2005 - 05:27

Hoy, 27 de enero de 2005, se cumplen 60 años de la liberación de Auschwitz-Birkenau, el más grande y tecnológicamente sofisticado de los muchos campos de exterminio que el régimen alemán nazi montó en toda Mitteleuropa.

No me resulta cómodo escribir estas líneas como respuesta casi mecánica al número redondo de la efeméride — siento incluso algo de culpa. Pero se me ocurre que la razón por la que la efeméride me lleva, en efecto, a escribir, es atendible. Auschwitz todavía nos interpela. Me parece que es interesante, y en algún punto revelador, reparar en los motivosesta persistencia que lleva ya 60 años de empecinada eficacia en la cultura occidental.

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En PBS, el canal público de televisión de Estados Unidos, están dando un documental durante tres semanas consecutivas, precisamente, sobre Auschwitz. No ya sobre el Holocausto en general, ni sobre los judíos de Europa, ni sobre la Segunda Guerra Mundial, sino sobre Auschwitz. El documental se divide en seis entregas, y cada una de las seis horas que dura “Auschwitz: inside the Nazi State” está dedicada puntual y detalladamente a historizar este campo de exterminio. Ni todos, ni cualquier otro; no Treblinka, no Sobibor, no Chelmno, no Buchenwald, no Bergen-Belsen, no Dachau, y tampoco el patético Theresienstadt: Auschwitz.

El documental es, previsiblemente, excelente; la documentación es exhaustiva y su originalidad reside justamente en su detallismo, en su tempo histórico ralentado. Expuesto a grandes trazos, hay poco que no sepamos ya sobre el Holocausto: sabemos que Hitler invade Polonia en 1939 y la Unión Soviética en 1941; que en enero de 1942 jerarcas nazis coordinados por Eichmann diseñaron “la solución final”; que en abril de 1943 se produce el levantamiento del Ghetto de Varsovia; que en mayo de 1943 los nazis declararon a Berlín “ciudad librada de judíos”; que el 27 de enero de 1945 el ejército rojo liberó Auschwitz donde quedaban apenas unas pocas centenas de prisioneros que se habían escondido para evitar ser evacuados en una “marcha de la muerte”; y, por último, que entre 1939 y 1945 murieron 6 millones de judíos (la mitad de la población judía de toda Europa) y 5 millones de gitanos, homosexuales y disidentes politicos. Lo novedoso de este documental reside justamente en que se detiene en los detalles, en las diferencias en cuanto al diseño y disposición urbanística de un campo de concentración y un campo de exterminio; en la procedencia de los materiales para su construcción; en la historia de Rudolf Höss, el gerente de Auschwitz; en el momento y la circunstancia específica en la que un sargento le dijo a Höss que debían encontrar una forma más efectiva de matar —inmediatamente luego de darse cuenta de que sus soldados quedaban psicológicamente afectados luego de fusilar, cara a cara, a un metro de distancia, a 500 judíos frente a una fosa común.

Vimos el documental el domingo a la noche, mientras cenábamos. Dos veces cambié de canal y volví a poner el documental; dos veces mi esposa se paró y se fue a la cocina; tres veces decidimos que no podíamos cenar mientras mirábamos, y cada vez, después de unos minutos, volvimos a comer, y a atragantarnos. Mezcla de culpa (por nada, por todo, por estar en el living de nuestra casa, por comer, por saber que en dos horas el documental termina y veremos una película o vamos a chequear los mails o nada: culpa existencial) y un profundo malestar.

En el tan recorrido artículo “Ideología y los aparatos ideológicos del estado”, Louis Althusser define el funcionamiento de la ideología en términos de una interpelación que constituye al sujeto. Según Althusser somos sujetos de una ideología, somos sujetos de una interpelación ideológica que siempre ya sucedió (“has always already happened”), es decir, que la reconocemos como constitutiva sólo retrospectivamente. Althusser lo explica de manera muy gráfica y concreta (perdón por la cita en ingles, pero no tengo la edición en francés de Lenin et la Philosophie):

“I shall then suggest that ideology ‘acts’ or ‘functions’ in such a way that it ‘recruits’ subjects among the individuals (it recruits them all), or ‘transforms’ the individuals into subjects (it transforms them all) by that very precise operation which I have called interpellation or hailing, and which can be imagined along the lines of the most commonplace everyday police (or other) hailing: ‘Hey, you there!’ Assuming that the theoretical scene I have imagined takes place in the street, the hailed individual will turn round. By this mere one-hundred-and-eighty-degree physical conversion, he becomes a subject. Why? Because he has recognized that the hail was ‘really’ addressed to him, and that ‘it was really him who was hailed’ (and not someone else). Experience shows that the practical telecommunication of hailings is such that they hardly ever miss their man: verbal call or whistle, the one hailed always recognizes that it is really him who is being hailed. And yet it is a strange phenomenon, and one which cannot be explained solely by ‘guilt feelings’, despite the large numbers who ‘have something on their consciences’”

Reconozco quién soy, reconozco valores (éticos, ideológicos) que me constituyen como sujeto al saberme interpelado, al darme cuenta de que eso, eso que estoy viendo en PBS, me está señalando algo sobre mí, algo sobre quién soy. Cambio de canal porque no soporto ver las deportaciones desde los Shtetls o los ghettos; y sin embargo no me voy a chequear el mail y me olvido. Vuelvo a poner channel thirteen, vuelvo a los trenes que pasan por debajo del cartel que dice “Arbeit Macht Frei”. Decía, vuelvo sobre lo mismo: 60 años más tarde, Auschwitz nos sigue interpelando.

Muchos hechos históricos traumáticos producen un efecto similar, pero Auschwitz pareciera tener la capacidad de simbolizarlos a todos, de ser metáfora del trauma; El Trauma en su manifestación universal, la mera idea del trauma. Mucho, muchísimo (y seguramente no suficiente) se escribió y polemizó acerca del carácter único del Holocausto en la historia de occidente. Nunca antes se habían volcado todos los recursos de un estado nacional al exterminio de una etnia completa (pero los historiadores del genocidio armenio a manos del estado turco discuten, legítimamente, esta afirmación). Nunca antes, dicen Adorno y Horkheimer en la Dialéctica del Iluminismo, había quedado en evidencia la potencia diabólica del endiosamiento moderno de la razón y su instrumentalización; esto es, Auschwitz como la culminación de la ilustración, justamente porque consiste en la organización racional, científica del exterminio; el progreso tecnológico que hasta entonces se leía en términos de progreso de la humanidad, revela en Auschwitz su costado criminal; exterminio y progreso material serían las dos caras de la misma moneda moderna. Pero, ¿por qué Auschwitz en particular y no, digamos, el hambre o la esclavitud como consecuencia de la explotación capitalista en general?. Estos y otros muchos “nunca antes…” definirían el carácter de Auschwitz como hecho único en la historia.

Y sin embargo, uno, frente a la desesperación que sentimos ante al estado de cosas en el mundo, puede refutar la unicidad de Auschwitz (no ya su condición extrema, pero es su unicidad lo que se postula), oponiendo una larga lista de traumas sociales, infinitas injusticias, insoportables desigualdades, cuyas cifras difieren y tal vez se epequeñezcan frente a las dimensiones del Holocausto, pero que sustancialmente no tienen un poder traumático, un umbral de dolor, diferente al de Auschwitz.

¿Por qué es importante dejarse constituir por Auschwitz –pero no sólo por Auschwitz—, hoy, 60 años más tarde? La idea de este artículo es que la importancia de seguir constituyendo nuestra identidad a partir de la interpelación de Auschwitz no está en las peores y más obvias razones (la identificación con las víctimas por ser judías “como yo”; gays “como yo”; gitanos “como yo”; armenios “como yo”, etc., en función de una identity politics berreta), sino por su funcionalidad en el presente. La vigencia de Auschwitz hoy pasa precisamente por la desacralización de su unicidad. Los sujetos en los que nos convertimos al reconocer nuestra posición frente a Auschwitz es lo que nos permite ver los Auschwitz de nuestro presente, los muchos Auschwitz que nos rodean: el genocidio de Rwanda y Darfur, los chicos que se mueren de hambre en América Latina, Asia y África, e incluso el hacinamiento en los ghettos de las capitales de Estados Unidos y Europa.

Es lo que rescata de la invisibilidad a la que están condenados en las sociedades occidentales que habitamos los 100 mil muertos civiles de la guerra de Irak. Pero al mismo tiempo, ese rescate es el que genera la subjetividad que me hace preguntarme: ¿por qué 150 mil muertes trágicas en el Sudeste asiático son tanto (tanto, tanto, tanto) más visibles que 100 mil muertos civiles en una guerra arbitraria y vil? (y ahí, en esa subjetividad y en esa pregunta se ve el carácter feliz y necesariamente ideológico de toda interpelación que marcaba Althusser).

Sesenta años más tarde, es hora de resignificar Auschwitz, alejarla de la postulación de su unicidad histórica, para acercarla a los Auschwitz que nos rodean, volverla funcional en el presente. No porque su reconocimiento vaya a evitar el dolor en el mundo, sino porque saber ver Auschwitz en la cara del otro politiza nuestra subjetividad y eso nos encuentra posicionados (always already) frente a la posibilidad –la posibilidad al menos– del cambio y, quizás, la reparación.


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