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Bloomberg y el fin de la democracia (tal como la conocimos hasta ahora)

6 02 2005 - 20:22

El comentarista de la televisión pública de Nueva York anunció la nota siguiente con el tono que a uno lo lleva inmediatamente a recordar de los avances de TN, sobre todo cuando dijo que el el alcalde Michael Bloomberg llamaba a “tighten belts.”

Como la mayoría en Nueva York no sabe quién es Isabel Perón, ni la escuchó nunca llamando en cadena nacional a ajustarse los cinturones, acá nadie se alarma. Del mismo modo que como esta ciudad aún no ha pasado por experiencias como la de los últimos treinta años de vida argentina, tampoco nadie se escandaliza cuando presencia discusiones sobre cómo reducir gastos y aumentar ingresos que parecen sacadas del libro de la Ley de Murphy o Como Asegurarse un Fracaso Estrepitoso, si éste (el libro, no el fracaso)existiera.

Pero de todas maneras, el llamado de atención de NY1 era exagerado, al menos para la noticia que precedía. Bloomberg presentó el presupuesto para el 2005 (el año fiscal empieza en julio) en un día generoso, con muy pocos recortes de gastos, algunas rebajas de impuestos, el anuncio de un aumento en la recaudación impositiva y un gasto previsto de 48 mil millones de dólares.

Es mucha plata desde donde se lo mire. La concentración de riqueza en estas pocas manzanas del planeta es tan impactante como la enorme presencia del Estado para garantizar que esa riqueza siga fluyendo (en general, para que siga fluyendo entre las mismas manos, aunque el dinero es tanto y algunas tradiciones tan obstinadamente duraderas que en este caso la teoría del derrame se convierte incluso en una verdad autoinflingida al capitalismo más ramplón).

El presupuesto de la ciudad de Nueva York es un 150 por ciento más grande que el presupuesto nacional de toda la Argentina, que para el 2005 está en $ 59.708.631.204, groseramente, unos 20 mil millones de dóalres. ¿Mucho gasto público? El presupuesto de la ciudad es practicamente la mitad del Producto Bruto Interno de la Argentina, que anda por los 290 mil millones (de pesos). Puesto de otro modo: con el gasto público de la ciudad de Nueva York se puede comprar la mitad de la Argentina.

La generosidad de Bloomberg para presentar tamaño presupuesto tiene varias motivaciones, la menor de las cuales no es el hecho de que en Noviembre debe pelear por su reeleción. No le va tan mal por ahora. Más aun, a juzgar por la carencia de rivales físicamente encarnados y la casi ausencia de un pensamiento crítico integral verbal y públicamente enunciado, Bloomberg podría incluso presentar un presupuesto con el tono de Isabel Perón del ‘75 y Lopez Rega a su lado, y aún así asegurarse cuatro años más en uno de los cargos políticos más lindos de la tierra.

Por una parte, su gestión no sólo no es tan mala como muchos esperaban. Por otro lado, los demócratas sí confirmaron las expectativas sobre su notoria ineptitud para ya no mostrar, sino al menos tener, una idea distinta. Algo de buena gestión, la inexistencia de adversarios y la infinita disponibilidad de recursos privados, de su propia cuenta bancaria, convierten a Bloomberg en un tipo de temer. El arco de alianzas con organizaciones y líderes políticos de la ciudad es tan vasto, que diluye el poco de daño que podría haberle causado su condición de millionario. Bloomberg acaba de sumar a su campaña a Herman Badillo, un ex demócrata, ex presidente del Bronx, primer puertorriqueño en llegar al Congreso norteamericano representando a un estado continental, verdadera institución en el mundo latino. Hace unas semanas, Bloomberg también puso en su equipo al ex vocero del senador Chuck Schumer, algo así como la cara visible del partido demócrata de la ciudad por 20 años.

Para estas y otras adquisiciones, el alcalde cuenta con dos instrumentos divinos para tentar a cualquiera, como son la ilimitada disponibilidad de fondos y la ilimitada ausencia de alternativas en el horizonte.

Bloomberg no es un tipo particularmente inteligente, ni un gran orador. Habla con mucha sencillez, no por un esfuerzo pedagógico sino porque no parece volcado al pensamiento complejo, a menos que se trate del mundo de las finanzas. Pero puede expresar sus ideas con claridad, está convencido de ellas y lo obsesiona convencer al resto, más de lo que puede decirse de Aníbal Ibarra, por poner un caso familiar.

Bloomberg también es frívolo, suele irse con su avión privado a las Bahamas sin avisar, o dejar clavado al resto de su equipo mientras prepara el presupuesto para ir (en su avión privado, siempre) a la última boda de Donald Trump. Su dinero es ilimitado y está presente todo el tiempo, pero de algún modo ha logrado meterse en la arena pública con las apariencias de un ciudadano más, igual a cualquier otro.

Es decir, un tipo temible, al frente de una maquinaria poderosa.

Bloomberg también sabe leer lo que pasa alrededor, las señales de la ciudad, los hábitos de la gente. Y tiene sus iniciativas y sus luchas. Algunas controversiales para un lado, como cuando la emprendió contra los sindicatos del sector educativo para encarar una reforma ambiciosa y cuestionada; un tipo de pelea con el sindicato de maestros que, en Buenos Aires, todos los intendentes han creído imprescindible e impracticable, desde Carlos Grosso hasta acá, con todas las escalas intermedias. Otras propuestas controversiales por otros motivos, como la ley que por dos años obligaba a todos los que autos que ingresaran a Manhattan desde afuera a tener por lo menos dos pasajeros, decisión basada en la desesperada necesidad de recaudar y de controlar el caos de tráfico posterior al 11 de setiembre de 2001, pero que debería extenderse y endurecerse aún más. Y otras, controversiales por otros motivos, como el decreto que obliga a todo el personal de enfermería de la ciudad a saber los rudimentos básicos para practicar un aborto, a menos que se presenten objeciones religiosas insuperables.

Otras líneas de su gestión han sido menos polémicas, aunque debieron serlo más. En su discurso de presentación del nuevo presupuesto, el alcalde llamó a todas las áreas de la administración pública a controlar o ajustar sus gastos (de ahí lo de ajustarse los cinturones), a excepción de las escuelas y los maestros, el sector con el que más peleó al comienzo de su gestión. Así se ahorran unos 900 millones de dólares, incluyendo recortes y reestructuraciones con los que se gastará menos en las bibliotecas públicas (13 millones) los programas para los chicos cuando salen de la escuela (15 millones) y la entrega de comida a domicilio para jubilados (8 millones). Es, contrario a la tentación inicial de uno, un kit de medidas complejo, cuyo análisis debería ser más quirúrgico: en algunos casos puede llegar a implicar un peor servicio; en otros casos, el efecto del rediseño puede ser exactamente el contrario.

Las decisiones alrededor de qué hacer con la zona del World Trade Center no le corresponden enteramente a él (la ciudad comparte la autoridad, y la propiedad, con el Estado de Nueva York y en algunos casos con el Estado de Nueva Jersey) pero Bloomberg ha sido un entusiasta propagandista de lo que se ha hecho hasta ahora. Al margen de las consideraciones estéticas (la Freedom Tower no se ve particularmente linda en los planos) o ideológico/globales (desde el nombre de Freedom Tower hacia abajo, está todo mal) los emprendimientos en la zona también cargan con lo peor de esta ciudad, con su peor contacto con lo peor de este país. Los fondos de ayuda especiales de los gobiernos federal y del Estado se usaron en mínima escala para atender el impacto de la crisis sobre el pequeño comercio, los nuevos planes de edificación eliminaron la posibilidad de levantar en la zona edificios de vivienda económica, los mayores contratos de reconstrucción recayeron en los principales contribuyentes a la campaña electoral del gobernador George Pataki.

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Es difícil que Nueva York pierda por completo la mixtura y superposición de experiencias, clases y culturas que la hacen singular, pero éste es al menos un esfuerzo mayor.

Viendo todo en perspectiva, no podía haber sido de otra manera. Esta ciudad atraviesa un periodo —uno más en su larga historia, no necesariamente su momento terminal— de desafío radical a las ideas básicas con las cuales se entendió la política hasta ahora. Hay por lo menos dos datos que desafían nuestro sentido común sobre la política: Uno es que en Nueva York los ciudadanos son un porcentaje cada vez más chico de la población. El otro es que, al mismo tiempo, los ricos concentran una porción cada vez mayor del dinero (eso es previsible), del poder y de la autoridad sobre los asuntos públicos, proceso del cual la llegada de Bloomberg fue una parte y una consecuencia.

Llegar a una ciudad sin ciudadanos pero que no por eso ha desarmado sus instituciones democráticas es otro de los milagros posibles sólo en Nueva York, de la mano de una de las olas inmigratorias más grandes de su historia. Muchos de los habitantes actuales de Nueva York nacieron no ya en otra ciudad, sino directamente en otro país. Los datos más actualizados son los del 2000, que el gobierno acaba de publicar. En 1990, unas 2 millones de personas habían nacido en otro país. En el 2000, ese número se fue a 2.871.32 personas. Se calcula que esos números se dispararon entre la fecha del censo y el 11 de setiembre de 2001, y que aun desde entonces no ha dejado de crecer. Sumado a eso el hecho de que los inmigrantes indocumentados suelen estar subrepresentados en este tipo de encuestas, es posible que cerca de tres millones y medio de personas nacidas en cualquier parte del mundo vivan actualmente en Nueva York.

La inmensa mayoría de esta población no está habilitada para votar, no son ciudadanos de este país, ni de esta ciudad. Muchos son ilegales, otros están con sus papeles en regla, pero en ambos casos sus derechos están consagrados en otros países. A los efectos de ser ejercer su derecho a elegir autoridades, están en la misma. Menos de un 10 por ciento de los inmigrantes nacidos en otro país ciudadanos americanos.

Toda democracia tiene siempre una población exceptuada de sus derechos, por los motivos que sea, pero se suele hablar de democracia cuando la inmensa mayoría sí goza de la posiblidad de votar y elegir las políticas que lo van a gobernar. ¿Cómo se llama al régimen político de una ciudad cuyo mapa demográfico ha cambiado tanto que la exclusión de la mayoría de la población ha sido un proceso externo que se ha producido sin vulnerar ni un milímetro de la constitución? La respuesta quedará para algún profesor de ciencias políticas. Queda agregar acá que, para compensar las aristas más enojosas de esta situación y hacerla aun más compleja, buena parte de esos inmigrantes tienen muchos más derechos en esta tierra en la que no son ciudadanos que en aquella en que sí lo son. Como me lo dejó en claro una señora argentina dedicada a la limpieza en el barrio de Queens, ella ha usado el hospital público muchas mas veces acá, donde es una inmigrante ilegal, que lo que pudo haberlo usado durante toda su vida en Morón, donde era ciudadana con todas sus atribuciones.

La complejidad no le quita nada al hecho de que, en lo que a derechos instituídos se refieren, los inmigrantes no tienen a su alcance la posibilidad de decidir quién será el sucesor de Bloomberg.

Los que sí pueden, y lo hacen, son lo que uno groseramente denominaría “los ricos”. El actual alcalde tiene una de las fortunas personales más grandes de la ciudad y, siguiendo la tradición de los Rockefeller, ha volcado sus recursos al servicio de su carrera política. No le ha ido mal, sobre todo porque esto mismo no ha sido motivo de escándalo. En el 2001, cuando empezó la campaña electoral, Bloomberg era escasamente reconocido entre los votantes. Era difícil incluso medir la intención de voto, por el altísimo nivel de desconocimiento sobre su persona. Decir que Bloomberg compró aquella elección es bastante cercano a lo que pasó desde entonces: una campaña fulminante que pasó por encima de la de cualquier partido político, y que le permitió superar todos obstáculos que apenas medio año antes parecían infranqueables.

No hay forma de saber cuál es el impacto de estas transformaciones, aunque uno intuye, con prejuicio lógico, que no serán nada buenos. Así vista, desde afuera y desde adentro, la ciudad no se ve distinta, ni peor, ni más desigual que lo que ha sido. Puede haber algunas mínimas señales; el transporte público que se deteriora, un aumento moderado en la cantidad de homeless, un peor servicio médico para quienes dependen del Medicaid, uno de los seguros públicos de salud.

Pero a grandes rasgos, Bloomberg ha transformado en una gesta el mantenimiento de su ciudad “up and running”. No ha pasado más de un mes sin que el alcalde se haya puesto al frente de alguna pelea relevante para la ciudad. Y en más de un caso ha ganado. Aunque miserable, su épica de reconstruir la ciudad tras el 11 de setiembre es efectiva y él ha buscado que cada acto de su gestión haga algún aporte en esa dirección. Todo lo cual —y todo su dinero—lo ha fortalecido como político y gobernante.

Sin equivocarse demasiado y con una inesperada vocación por la gestión pública, Bloomberg debería ganar su reelección sin problemas. O tener que vivir una catástrofe como el incendio de una discoteca llena de chicos y pasar sin tropezar.


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