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31 01 2005 - 08:40

La cita es de Clarín, por lo tanto sospechosa. Schmidt o algún otro de nuestros amigos con acceso a archivos radiales podrá corroborarla o no. Pero si es textual, si realmente Raúl Fernández dijo lo que dijo, se abre un abanico de nuevos escenarios ante la todavía posible segunda parte de Ibarra Inmolado.

Dice Clarín que dijo Fernández:

“Es el momento de dejar la politiquería barata y de tratar de sacar rédito de esta tragedia.”

Y uno intuye que el origen de la frase se encuentra en una combinación de lo peor de Fernandez y lo peor del periodista. Fernández debe haberse podido permitir el furcio en cierto contexto, hablando en un tono en el que seguramente quedaba claro e implícito el “dejar” que el periodista debió haber puesto entre corchetes. Pero esta es sólo la más conservadora de todas las interpretaciones posibles, producto del sentido común y de una cierta experiencia con los medios. Hay mejores.

Sin la más mínima intención de psicoanalizar a Raúl Fernández, cabría de todos modos asumir el acto fallido como una expresión de voluntades, ocultas incluso para quien las nombra. Y antes de que alguien diga “duh” me apresuro a aclarar que, si este fuera el caso, las declaraciones de Fernández podrían constituir la primera buena noticia desde que Ibarra asumió su cargo.

Las disquicisiones morales quedan para otro día (o, mejor, para otro tipo de conversaciones, menos específicas): los problemas del Ibarrismo son muchos, pero el autismo de su cabeza visible y la falta de reflejos de casi todos sus aliados desembocan en el problema, la falla fatal que pagaremos todos. No se trata, justamente, de la intención de Ibarra de “sacar rédito” de cualquier cosa sino de su incapacidad de hacerlo, efectivamente. “Sacar rédito” suena mal, pero no es sino un sinónimo de “avanzar” en política — sin ese “rédito” no te votan ni las piedras. La horda que se abalanza sobre Ibarra valiéndose de las armas conseguidas en el incendio no hace otra cosa que política. No de la mejor manera, con un estilo que es, posiblemente, repugnante, pero lo hacen. La caída de Ibarra, que se hará estrepitosa si no se presenta mañana ante la legislatura, sólo podrá ser consignada como una instancia más en la cual las fuerzas que supuestamente lo representan a uno —o al menos representan a un ínfimo porcentaje de uno en las módicas coindicencias que podemos tener y que nos separan, en teoría, de gente como Macri— capitulan en el único estilo que conocemos. Si hay algo verdaderamente transversal (ah, con qué velocidad desapareció esa palabra) en la política Argentina, es que los menos malos terminan siendo siempre quienes te entregan a lo peor, a lo que más temías.

Es parte del mismo espiral perverso por el cual Chacho Alvarez nos legó a De La Rúa y éste nos condujo a manos de Duhaldemort (para no hablar de Alfonsín). Ahora, Ibarra y Fernández nos llevan de la mano a una República de los Niños en la cual Macri es rey. Todo por no poder aprehender cómo se da vuelta la realidad en dos días, y por su incapacidad de imaginar formas novedosas para enfrentarla.

Ya que no dejan de hablar de la tragedia (“la tragedia de esto”, “el otro coso trágico…”): en el tercer acto de cualquier tragedia decente, el tipo se da cuenta de lo que le pasa. Yo, en lo personal, quiero ver eso — e intuyo que, sin saberlo, un importante sector de porteños también. Si esto es, de veras, una tragedia, Ibarra ni siquiera necesita ser un héroe. No hace falta Indiana Jones. Sí hace falta quien se entregue a la jauría injusta e inhumana que pide sangre en la legislatura, algo que Ibarra no hizo el viernes. Si no lo quiere hacer, que lo haga el gordo Fernández — no importa quién, alguien. Porque si no lo hacen, se los van a cargar igual, de un modo más humillante, en un final más propio de Arlt que de Sófocles. No es casual que en los via crucis uno nunca vea a quienes van a ser crucificados tratando de escapar. Cuánto mejor sería todo si Ibarra estuviera en condiciones de actuar aunque sea esa nobleza ficticia. Me temo que no, y que los romanos ganan.


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