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1 02 2005 - 01:34

Ah. Con que a esto se refería Raúl Fernández cuando dijo que era “el momento de dejar la politiquería barata y de tratar de sacar rédito de esta tragedia.” Confieso que la idea de un plebiscito se me cruzó ayer por la cabeza, y menos mal que no lo dije acá, o me encontraría hoy ante la peligrosa tentación de creer que lo que uno dice tiene algún efecto sobre los demás — esa ilusión a la que es tan proclive Clarín, que en la voz de Kirschbaum procede ahora a alinearse con el Jefe de Gobierno, usando palabras temibles: “valentía”, “coraje”.

Aclaremos que el escenario planteado para hoy es mejor, mucho mejor (por lo menos nominalmente) de lo que podría haber sido. La ausencia de Ibarra en la sesión de hoy sólo habría allanado el terreno para “Que se vayan todos” Segunda Parte. Y concedamos, en principio, que valentía y coraje son, sin duda, los valores que estos sujetos tienen en mente al decidir este curso de acción. Lamentablemente, este llamado a plebiscito es en respuesta tardía a una secuela de QSVT que se venìa autoproduciendo espontáneamente. Como recurso para enfrentar una crisis es discutible, pero como reacción ante lo que se percibía como pérdida de legitimidad, es un desastre que demuestra que Ibarra y los suyos están más cerca del Gobierno Nacional de lo que pensábamos.

El método es bien porteño y podría haber sido casi un reflejo si se hubiera producido antes: patotear. Ibarra dice: “he decidido que la ciudadanía decida si debo continuar o no al frente del gobierno, porque hay quienes quieren reemplazar a la voluntad popular.” Mientras desayuno y tentativamente (ya habrá más a la noche) me permito esbozar una traducción posible:

”¿Qué te pasa? ¿Tenés problemas conmigo? Bueno. Poné a otro en mi lugar. ¿A ver? ¿A quién? ¿No ves que todos los otros son peores? Ah. ¿Viste? Entonces calláte la boca.”

El discurso es conciliador y republicano; lo que propone es sádico y ruin. El movimiento es paradigmático de la gestión de Ibarra, y tiene similitudes en lo formal con el estilo K (tal vez sea eso lo que inquiete a Granovsky, que de todos modos ofrece hoy una respuesta bastante sensata y equilibrada); estrategias como esta devienen de la explosiva combinación de dos features otrora irreconciliables: el pragmatismo institucional y una visión de orga que tiñe todas las cosas con la dualidad “ellos o nosotros”.

No habiendo fuerzas políticas decentes con un mínimo de entidad en la Ciudad de Buenos Aires, los ciudadanos con algún interés en lo público (cada uno, digo, individualmente) deberán hacer un mea culpa, tal vez: si alguien pudiera disputarle poder a Ibarra, este sería el momento, pero nadie parece estar en condiciones. Tenemos un problema.

Ibarra, Fernández y Telerman conocen este problema, y prometen usarlo como herramienta para someternos a la humillación de votarlos a ellos. En la medida que el problema no se enuncie (y supongo que este es un buen momento para empezar a enunciarlo), no hay más remedio que otorgarles que algo de razón tienen.


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