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5 02 2005 - 03:26

Suena paradójico (por lo menos a la mañana, cuando mis posibilidades de ir más allá de lo evidente todavía necesitan una segunda taza de café), pero Ricardo Roa, General Adjunto, ejemplifica lo peor de lo argentino sobreestimando la situación en la otra punta del planeta. Fiel a la cruzada de señora gorda que Clarín mantiene en torno a la educación, el pelotudo de Roa compara las deficiencias nacionales en el área de las matemáticas con la excelencia que, parece, ostenta Singapur. “La clave del éxito allí”, dice, “es la cultura del esfuerzo.” Roa omite mencionar, seguramente por ignorancia, que en Singapur vas preso si tirás un chicle en el piso — ni hablar de los índices de suicidio en jóvenes y adolescentes.

No es que haya motivos para jactarse de nada argentino, en estos días. Y sin embargo, a medida que la atención de los medios se desconcentra un poco después de una semana dedicada exclusivamente a Ibarra y su absurdo referendum, empieza a escucharse otra vez la conversación eterna, que nunca amaina, sobre el peronismo, la identidad nacional y otras obsesiones retro.

Entre otros tantos que emergen de las tinieblas, está Cafiero, que se pronuncia en un reportaje de la revista Debate en contra de “la relación prematrimonial, la cohabitación en pareja, la pérdida del valor de la virginidad femenina.” No aclara la relación prematrimonial de quién, y a uno no le queda más remedio que deducir que se refiere a la de cada uno de nosotros. El reportaje, en general, no tiene desperdicio. En un momento, Cafiero le repregunta al periodista:

”¿O usted cree que son todos marmotas y esclavos de un poder económico, que no sienten nada, que no sienten el peronismo?”

Y la respuesta que no llega ahí, sí aparece en otro reportaje, publicado hoy en La Nación, al filósofo duhaldista Silvio Maresca. Nominalmente, Maresca se alínea con sectores que que le son adversos a Cafiero, pero en las cosas importantes parecen estar bastante de acuerdo: “El fenómeno de la legalización del aborto, de los matrimonios gays y la apología del transexualismo son fenómenos propios del nihilismo. No creo que representen la emergencia de valores nuevos, sino la profundización de la disolución de los viejos valores.

A su vez, pese a su posición francamente crítica ante el gobierno de K, cuando Maresca carga en contra de la gestión cultural parece que estuviera hablando en contra de un gobierno que no es éste — más bien da la impresión de que cree que Alfonsín todavía es presidente:

“La cultura no reside en los festivales y recitales, y no es sólo una cuestión de presupuesto lo que está en juego. Tiene que ver con la construcción de una identidad cultural, lo cual implica un trabajo conjunto entre los organismos de cultura y los de educación. Eso incluye la formación ética y la formación en una cultura política, que no tiene que ver con el partidismo y las adhesiones ideológicas. También le doy importancia a la cuestión religiosa.”

Excluyendo (tal vez, uno nunca sabe) esa última frase acerca de la “cuestión religiosa”, podría ser una respuesta de Nun, tranquilamente.

Hay dos elementos rescatables en esta avalancha de persuasión fascistoide: uno, más bien lateral, es que al menos gente como Maresca identifica sus peligros en el mismo lugar que uno pone los propios porotos. Nihilismo it is, darling. Y cada vez más, en lo posible, hasta que de las cenizas de tus construcciones ideológicas filonazis podamos hacer castillitos de arena en los que cada uno pueda jugar con el Playmobil que más le gusta. La otra ventaja, didáctica, de todo esto, es que tanto en las disidencias como en las coincidencias, las talking heads nacionales aceleran el proceso de interpretaciones tardías sobre el peronismo, augurando, con un poco de suerte, su tan dilatada extinción.

Maresca, un verdadero monstruo, acierta tal vez en una caracterización de gran claridad:

“el peronismo es un movimiento de afirmación nacional, plebeyo, la contracara complementaria del 80, que fue el momento de la construcción patricia de la Argentina moderna. Y va adoptando las ideologías de moda en el mundo: en los 70, el socialismo; en los 80, la socialdemocracia; en los 90, el neoliberalismo, y hoy, el progresismo.”

No parece mala idea proponer una discusión sobre el progresismo en esos términos, como si se tratara de The White Stripes. Aunque no va a ser ni hoy ni acá, porque me tengo que ir al supermercado.


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