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6 02 2005 - 04:29

Uno suele dejarse llevar por la intuición y termina, casi siempre, intentando entender los motivos por los cuales hace las cosas que hace. Por eso es cómodo (en el buen sentido) y tranquilizador dejarle la categorización a los demás, sobre todo cuando lo que sugieren parece razonable: alguien incluyó a TP enWikipedia, bajo la categoría de “Citizen Journalism”. No suena mal, aunque habrá en algún momento que reparar en el hecho, tal vez significativo, de que quienes hacemos TP somos más bien ex-ciudadanos de un lugar cuya existencia no está del todo clara. Dispersos por el planeta, nos preguntamos a menudo acerca de la atracción compulsiva que ejercen sobre nosotros las noticias que a veces haríamos bien en ignorar.

En cualquier caso, me gusta lo de Citizen Journalism por el costado amateur que implica. Cuando estoy de buen humor, tiendo a pensar que la profesionalización del periodismo y la política es cosa del pasado. Cuando, como hoy, me encuentro con que ese carácter “profesional” de los diarios argentinos y de los actores que aparecen en ellos reafirma su influencia con armas propias de Mauro Viale, “Citizen Journalism” me suena a quimera infantil.

Habiendo tenido que pasar (como Buffy) por tantos apocalipsis locales, cuesta anunciar la llegada de otro fin del mundo, pero los diarios del domingo se esfuerzan en sugerirlo. En una de esas coincidencias que nadie podría haber podido planear, se invierten los roles que nos empecinamos en mantener asignados a partir de convicciones más o menos ideológicas: el Doctor Grondona dice algo cierto en La Nación, y Página/12 saca (sin querer) un número especial dedicado a demostrar las miserias que alimentan el pensamiento de centroizquierda al que uno sigue queriendo suscribir, vaya uno a saber por qué, a esta altura.

Lo de Grondona no es nada del otro mundo. Una nota en la que enuncia una perogrullada atendible —la inexistencia de oposición y la responsabilidad que le cabe a quien alce su dedo contra el peronismo omnipresente:

“Si es verdad, como dijo Borges, que los peronistas son incorregibles, lo que habría que impedir ahora es que se conviertan, además, en inevitables. Forman parte inseparable de la tradición política argentina y nadie pretende quitarles ese lugar. Pero si son, después de todo, incorregibles, que ahora parezcan inevitables ya no es culpa de ellos. Son, en este sentido, incorregibles, inevitables e inocentes de su inevitabilidad. Son inocentes de que a la gran obra de la alternancia democrática argentina le falte su otro actor principal. El no peronismo no es ni incorregible ni inevitable. Por ahora, es inexistente. Su pecado mortal no es el populismo. Su pecado mortal es la deserción.”

Algo de cierto hay en esto, y no sólo en relación al Gobierno de la Ciudad como exponente paradigmático de progresismo fagocitado. A nadie se le escapa que la oposición que anhela Grondona es la que te denuncia cuando vienen los nazis — una que nos perseguiría a todos nosotros por obscenos y desobedientes. Pero sería necio no reconocer la tésis básica que expone, sobre todo cuando Grondona elige una palabra que nos cuadra perfectamente: Deserción.

No es la misma palabra, estrictamente hablando, pero sí el mismo concepto el que impregna cada una de las acusaciones que brotan hoy de Página/12. La tapa lo anuncia: Macri es culpable de haberse ido a esquiar. No debería hacer falta aclarar que Macri es el anticristo. Pero a las brujas también se las quemaba en nombre de valores nobles. Poco ayuda el odio clasista de Granovsky a entender por qué tipos como Macri deberían, por el bien de todos, mantenerse lejos de la administración pública. Peores aun son la prosa de acusaciones oblicuas y las reflexiones meta-periodísticas que demuestran el desprecio que siente Granovsky por quienes ofrezcan a la causa poco menos que la vida entera:

“Se trata de un tipo de cuestión privada en la que el periodismo serio no tiene por qué meterse. Si Macri, además de enfrascarse en un problema que corresponde a su intimidad, fue a esquiar, es una cuestión que compete a la administración del tiempo libre de cualquiera. Tienen derecho a decidir cuándo y cómo disfrutan de su ocio inclusive los jefes políticos de un partido con base en la ciudad de Buenos Aires luego de la tragedia no provocada por la violencia política más impresionante de la historia porteña.”

Supongo que Granovsky, al nombrarlas, cree estar pasando por encima de semejantes objeciones. Lo delata el latiguillo estalinista de otorgarle a sus enemigos derechos inalienables. Lo cierto es que Macri (que no tiene derecho a gobernar a nadie, y esperemos no lo obtenga nunca) sí tiene derecho a elegir dónde pasar sus vacaciones, así como Granovsky tiene derecho a escribir lo que piensa y lo que sabe — un derecho que no ejerce, porque La Causa lo es todo para él.

Imagino una apuesta en la redacción de Página —un pool que se lleva el que sobrepase records de inescrupulosidad previamente establecidos. Si esto es así, el que se lleva la vaquita es Verbitsky, un tipo verdaderamente dispuesto a todo. Empieza su nota diciendo: ” Sólo la madre de una chiquilina muerta en República Cromañón interrumpió las casi 24 horas de debate””. Es una frase escalofriante que establece el tono y el contenido de lo que sigue. Como sucede también con sus enemigos acérrimos (aunque analfabetos) de la ultraderecha, Verbitsky tiene una capacidad increíble para plantar sus discusiones en un terreno al que nadie puede descender sin mancharse de sangre tanto como él mismo. No sé si lo hace a propósito; supongo que sí. Es el discurso del combatiente, la impostación de Clint Eastwood: “No queremos mariquitas, acá. Si te metés conmigo tenés que pelear.” Ingresando a unas tinieblas de las que no se vuelve, Verbitsky dedica parte de su nota a detallar vínculos familiares y personales de distintos actores políticos (callando otros igualmente “relevantes” dentro de su lógica), exponiendo una vocación policíaca que da miedo.

Al lado de todo esto, los balbuceos de Raúl Fernández resultan conmovedores, en comparación, especialmente cuando le preguntan acerca del nombramiento de Juan José Alvarez, el operador duhaldista que Fernández claramente detesta. Una vez más, sin embargo, la obediencia gana, y el reportaje se convierte en un diálogo de sordos. Ninguna de las preguntas a Fernández obtiene respuesta (o, mejor dicho, todas obtienen respuestas a cualquier otra cosa).

Tristemente, la única pregunta que todo esto responde es la que hace Grondona en La Nación: el por qué de la deserción está detallado en las páginas del otro diario. La dicotomía es aun más inaceptable que la de Ibarra vs. Macri. Con gente así no se puede hacer nada. ¿Somos suficientes quienes, desde un montículo más o menos progresista, pensamos que una mínima dosis de humanidad es necesaria incluso en las arenas movedizas sobre las que se discute política en Argentina? ¿Tenemos alguna posibilidad de enterarnos de cuántos somos y de hacer algo al respecto? No sé. Pero si no se puede, la deserción es la única alternativa viable.


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