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El Coronel Sanders contra Johnny Walker

7 02 2005 - 02:29

En su último libro, que por algún extraño motivo salió a la venta en Inglaterra el 26 de Diciembre (yo había intentado infructuosamente sumarlo a mis regalos navideños) Peter Carey aventura una conclusión sobre Japón que confirma nuestras intuiciones más elementales: no se entiende. Carey, alentado por la repentina pasión que el anime y otras subculturas japonesas nada minoritarias habían despertado en su hijo de doce años, hizo el año pasado lo que todos querríamos hacer cuando un signo de interrogación se nos posa sobre una sociedad o una disciplina o un hecho histórico: se tomó un avión, intentó averiguar de qué se trataba, volvió a su casa y escribió al respecto. Wrong About Japan se lee en una noche y dista mucho de agotar el tema, pero su tesis central — que hacer los deberes es inútil si se trata de Japón, porque la distancia que nos separa es inasible — es tan simple como contundente. Llama también a ser refutada por quienes, como yo, no nos resignamos a admitir que hay cosas que quedan fuera de nuestra capacidad de comprensión. La nueva novela de Murakami, Kafka on the Shore, no es precisamente un instrumento útil para esa tarea.

Descubrí a Murakami tarde, porque no sé japonés y porque lo tradujeron tarde, pero también porque el tono de sus primeros admiradores me hizo acordar de entrada a las interpretaciones menos felices que el “realismo mágico” genera en el mundo anglosajón — la luz de esa veneración indiscriminada bajo la cual García Márquez e Isabel Allende son la misma cosa. Algo así pasaba con Murakami, cuyas características japonesas eran parte del paquete supuestamente seductor. No escapo a la fascinación de moda por Japón, pero sí a las tentaciones del folklore, de donde sea. El país (ese universo) me interesa, pero leí a Mishima y Kenzaburo Oé cuando estaba en la secundaria y no siento el más mínimo impulso por releerlos para constatar si me aburrirían tanto ahora como entonces.

La edición tardía de A Wild Sheep’s Chase pudo conmigo, sin embargo. El lamentable teaser “cómico” de la contratapa, al menos en la edición de Random House, me habría hecho pasar de largo, pero un amigo tuvo la buena idea de venderme la novela resumiendo su premisa de una manera más fiel y apropiada: Una novela detectivesca acerca de una oveja que quiere dominar el mundo. ¿Quién puede resistirse a eso? El protagonista de A Wild Sheep’s Chase, trabaja en una agencia de publicidad en Tokio y tiene la no tan buena idea de ilustrar un folleto usando una foto de origen misterioso que encuentra en un cajón de su oficina, una foto en la que puede verse a una oveja con una estrella roja en el torso, una oveja que fuerzas siniestras lo obligarán a rastrear. La historia está planteada de tal modo que uno sólo puede imaginar una larga e inquietante búsqueda de dicha oveja, pero lo que sucede es bien distinto. El protagonista no hace nada y, eventualmente, la oveja aparece. El final melancólico de A Wild Sheep’s Chase estárá muy bien escrito en Japonés —la traducción es decente—, pero no resuelve mucho. Uno no se entera de nada. O, mejor dicho, se va enterando de cosas nuevas todo el tiempo, y se distrae. Más allá de la imaginación portentosa de Murakami está el vacío. Uno sólo puede asomarse.

Algo muy parecido pasa con la tanto más ambiciosa Wind-up Bird Chronicles; seiscientas páginas que casi todo el mundo considera como la opera omnia de Murakami y que en el original eran más, según me enteré después de haberla leído. Aparentemente (a partir de lo que dice Jay Rubin en su libro Haruki Murakami and the Music of Words), a la edición de Knopf le faltan pedazos. No sé si le falta algo a la que leí yo (de nuevo Random House, en traducción del propio Rubin), o a la editada en Barcelona como Crónica del pájaro que da cuerda al mundo. Me animo a asumir que ni el original ni ninguna de las traducciones presenta un final satisfactorio.

¿Satisfactorio para quién? Esa pregunta, la misma que uno se hace en las conversaciones de sobremesa que suceden a una película de David Lynch vista con amigos, encierra el problema con Murakami más que ninguna otra. Como bien reseña David Mitchell (otro escritor “complicado”), los lectores de Murakami suelen dividirse en tres: fanáticos devotos, críticos que le reconocen entidad y talento, y un grupo más reducido que lo detesta. Podría decirse que estas tres posturas son aplicables a cualquier cosa — después de todo, son simplemente una versión de “sí”, “no” y “masomenos” — pero me parece que Mitchell puede permitirse la perogrullada porque existe también otra manera de asignarle signos distintos a cada una de estas tres categorías. Arriesgo: los primeros (los fanáticos) leen a Murakami con el ojo único de la apreciación “literaria”; los indignados lo leen con el otro ojo, el del cine y la literatura “popular” a los cuales Murakami hace constante referencia. Los que están en el medio (como yo) leen a Murakami sopesando ambos elementos, y suelen terminar cada novela más confundidos de lo que estaban cuando terminaron la anterior.

Un tercio de los libros editados en USA y por lo menos la mitad de todos los libros “raros” publicados en el mundo, hacen mención a Pynchon en la contratapa. Pynchon, uno de los excéntricos más citados y (lamentablemente) menos leídos, se las viene arreglando desde hace décadas para disponer de los elementos más tradicionales de la narrativa cuando le conviene (o cuando tiene ganas) y para tirarlos por la ventana cuando le molestan o ponen en peligro el fluir aparentemente inevitable de la prosa que le debe a muchos pero obedece a nadie. La inmensa mayoría de los textos “raritos” que remiten a Pynchon de acuerdo a sus editores no pasa de presentar elementos bizarros como condimento. Por una vez, en este caso, la referencia me parece válida, aunque no necesariamente por los motivos que Random House supone. Empiezo a concluir, después de haber leído cinco de sus libros, que Murakami es una especie de anti-Pynchon.

Cuesta estar seguro, en el caso de alguien que vive en el extremo opuesto del planeta y escribe en una lengua inaprehensible para mí, pero intuyo que la resolución (más bien lack thereof) en las novelas de Murakami resulta frustrante por motivos que no tienen nada que ver con la brecha cultural que nos separa. Peter Carey podrá decir lo que quiera, pero el universo que describe Murakami, así como sus preocupaciones recurrentes, no me son ajenos. Sus personajes tienen los mismos problemas que yo, y cuando Lo Extraño se les presenta reaccionan inmediatamente, oponiéndole una resistencia que deviene de la misma razón occidental que uno conoce.

En Super-Frog Saves Tokio, uno de los cuentos incluídos en After the Quake, y también uno de mis favoritos, el señor Katagiri vuelve a su casa y se encuentra con una rana gigante esperándolo en el living.

“Sabía que encontrarme acá iba a ser algo impactante para usted —dice la rana— pero no tenía otra alternativa. ¿Quiere una taza de café? Me pareció que estaba usted por llegar, así que puse agua a hervir.”

Lo sobrenatural suele presentarse, en Murakami, como lo más natural del mundo. De ahí, supongo, que en el Reino Unido se le rinda una pleitesía similar en tono y estilo a la tradicionalmente reservada para otras visiones igualmente “poéticas” del mundo real (Cf. Realismo Mágico). Pero los personajes de Murakami se parecen mucho más a nosotros de lo que nosotros nos parecemos al Coronel Buendía. ¿Qué hace una rana parlante en mi casa? Esta pregunta, la que se haría cualquiera de nosotros. separa a Murakami de las alegorías kafkianas y del desenfreno de Pynchon. Los personajes de Murakami quieren, necesitan entender, a toda costa. Todas sus novelas (por lo menos todas las que leí yo) giran en torno al esclarecimiento de un misterio inicial, y todas conducen a finales de una ambigüedad que es exasperante precisamente por ese motivo — porque de entrada te dijeron que había algo que entender, pero al final parece que no. Así como Pynchon te convence, casi al pasar, de que entender no es algo que pueda lograrse por la vía deductiva, Murakami se despega del consenso literario japonés estructurando sus novelas a partir de bloques de género; noir , pulp en sus distintas expresiones occidentales, incluso relectura “pop” de la tragedia griega en Kafka on the Shore. Sus personajes centrales tienen problemas humanos y terrenales, casi siempre menos particulares y excéntricos que los que aquejan a sus personajes secundarios (que suelen ser, por este y otros motivos, los más interesantes). Si algo, además de los sueños y la ambigüedad, es una constante en Murakami, es el uso de una estructura que se presenta tradicional y aristotélica pero se hace pedazos en las últimas páginas.

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No hay, claro, ninguna regla que postule que una novela se tiene que entender. Un párrafo tal vez, un capítulo (si querés) también: si uno no tiene la menor idea de lo que está leyendo, lo más probable es que se aburra y termine tirando el libro a la mierda. Así y todo, ahí están Joyce y Beckett — las unidades más mínimas son a veces incomprensibles en ellos, y nadie se queja, ni hay motivo para quejarse. Tal vez sea por eso, por ese derecho ganado de la literatura “seria” por sobre otras artes narrativas más populares, que la mayoría de quienes nos irritamos con los finales de Murakami terminemos de algún modo irritados con nosotros mismos, con nuestra propia incapacidad de recomendar libros que, sin duda, hemos disfrutado mientras los leíamos. Más indignados, más contemporizadores o más sabios, los críticos occidentales de Murakami comparten esta frustración sin nombrarla del todo. A la calidad nominal de Murakami como escritor (nadie de nosotros sabe japonés pero se detectan, entre traductor y traductor, un estilo y una voz propios y personalísimos) hay que sumarle ese escudo invisible que proyecta sobre nosotros la responsabilidad de sentirnos defraudados por los páramos a los que conducen, casi siempre, sus historias. Muchos tratamos de encontrarle la vuelta, pero el turro de Murakami parece haber dado con la fórmula del crimen perfecto. De algún modo, el que nos escamotea la revelación es él y los que nos sentimos culpables somos nosotros.

Mi teoría es esta: no hay forma de establecer durante el transcurso de una narración más o menos convencional que la misma no tiene por qué resolverse. Dicho de otro modo: una vez que uno se vale de herramientas de género — las novelas de Murakami serán literatura “seria”, pero los problemas de sus personajes no están tan lejos de, digamos, Chandler— toda ambigüedad en la resolución será percibida emocionalmente como una trampa. Lo interesante en este caso es que Murakami no parece estar jugando sucio. De hecho, estoy convencido de que la incorporación temprana de elementos decididamente bizarros en sus historias se relaciona con una intención consciente de ir plantando una lógica ajena a las tradiciones narrativas que uno pueda intuír en ellas. “Mirá que acá hay gatos que hablan”, dice Murakami, “no te confundas.” Sin embargo, no alcanza.

Con las películas pasa mucho. Más allá de lo sutil o sofisticada que pueda ser una película, los espectadores tienden a re-estructurarla en tiempo real de acuerdo a lo-que-ellos-entienden mientras la ven. De este modo, casi todas las películas son percibidas como algo más o menos convencional mientras uno las mira. Es por este motivo, entre otros, que todo el mundo tiende a discutir sobre el final de Mullholland Drive y no sobre el principio, pese a que la película no es más rara cuando termina que cuando empieza. Existe la posibilidad de que las novelas de Murakami hayan decidido no terminar en ninguna parte no bien empiezan, pero uno no puede resistirse a la sed de conocimiento de sus protagonistas. Hay algo sádico, después de todo, en someter a alguien a preguntas fascinantes durante días y días sólo para ofrecerle, al final, otras preguntas como respuesta.

”[A] certain type of perfection can be realized only through a limitless accumulation of the imperfect.”, dice un personaje de Kafka on the Shore. Traducida así, suena comprensible que a puristas como Paul Lafargue la frase les resulte irritante. Sin embargo, “a limitless accumulation of the imperfect” no es una mala definición de lo que Murakami ofrece. Tanto en Wind-up Bird como en Kafka on the Shore hay momentos de una intensidad primaria que uno conserva en su memoria mucho después de que las incoherencias o banalidades (aparentes — siempre queda la duda del factor japonés) le opacaran el placer de una lectura más fluída y apacible. El villano inverosímil de Kafka on the Shore (Johnny Walker, salido de la etiqueta de la botella de whisky y encarnado en doppleganger del padre del protagonista) decapita gatos y devora sus corazones aun tibios. ¿Para qué?

“To collect their souls, which I use to create a special kind of flute. And when I blow that flute it’ll let me collect even larger souls. Then I collect larger souls and make an even bigger flute. Perhaps in the end I’ll be able to make a flute so large it’ll rival the universe. But first come the cats.”

Colonel Sanders, santo patrón de Kentucky Fried Chicken ocupa un lugar similar en la novela, aunque benigno: una especie de pimp malhumorado que te ayuda siempre y cuando no rechaces la invitación de alguna de sus putas deslumbrantes que citan a Hegel.

Murakami no se hace el vivo: estas excentricidades son expresión completamente sincera de lo que tiene en la cabeza, y una vez leídas pasan a ser nuestras con una facilidad que sus características jamás sugerirían. Existe la posibilidad de que Murakami no pudiera permitirse nada de todo esto si se animara a dotar de sus novelas de un sentido unívoco. Pero tal vez todos nosotros (sus lectores obstinados, que seguiremos reincidiendo aun previendo la inevitable decepción) seríamos más felices si él se relajara un poco en este aspecto. La complejidad de sus novelas ya está ahí; no necesita convertirse en statement. De hecho, convertirla en lo más importante de sus libros es degradarla, exponer estas imágenes y estas obsesiones como si fueran fenómenos de circo. Y no lo son. Todos conocemos a alguien como Johhny Walker, y todos hemos tratado de matar a un gusano blanco sin ojos ni boca ni cabeza, estremecedor en su avance cansino y constante. Hay algo inédito en la facilidad con la que Murakami nos hace creerle las situaciones y escenarios más oníricos. En sus libros, es imposible dudar de lo extraordinario. Por contraste, tal vez, o por algún motivo que me cuesta entender, los momentos más prosaicos y cotidianos de Murakami resultan mucho menos reales. Carey culparía a Japón, yo me resisto. Me faltan el dinero, el tiempo y la energía suficientes, pero una temporada en Tokio sigue pendiente, entre otras cosas, para responder algunas de estas preguntas. Esperando que llegue el momento, desempolvo mi CD de Japanese for Busy People.


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