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8 02 2005 - 06:59

La pirotecnia no está atravesando un buen momento. Es comprensible, claro, y la noticia de que desde el escenario de ese oxímoron que es Cosquín Rock hayan obligado a apagar una bengala es nominalmente buena, por supuesto. Pero, como siempre, los consensos absolutos y repentinos se establecen en Argentina con una contundencia retroactiva que, por algún motivo, necesita reescribir el pasado. Así, como todos sabemos, todo el mundo estaba en contra de la dictadura durante los setenta, y al menemismo no lo votó nadie. Ahora Las Pelotas son nuestros nuevos ángeles de la guarda, pese a que —según un comentario muy difundido que no puedo constatar pero nadie desmintió— la tapa prevista para su disco en vivo era una foto épica de su público y sus bengalas. Leí por ahí un comentario uruguayo muy acertado al respecto: “El canto de las marchas decía ‘no los mató la bengala, no los mató el rock’n’roll, los mató la corrupción…’ Bueno, si no fueron las bengalas entonces yo prendo una, chabón…”

A mí siempre me gustó quemar cosas. Creo haber pasado por una breve fase de piromanía a los seis o siete años, durante la cual experimentaba con los elementos más dispares en un tacho dispuesto a tales fines en el fondo de mi casa. Después ya no quemé nada raro, pero algunos de mis recuerdos más vívidos tienen que ver con las llamas — el ritual de juntar leña para encender la chimenea a la noche, en Buenos Aires y en Eyba Saalfeld, las fogatas en Bolivia, el auto que explotó espontáneamente en la puerta de mi casa de Caballito, una noche, hace mucho tiempo. Fue esta misma predilección por el fuego, más que ninguna otra cosa, lo que me impulsó a reunir a un inverosímil grupo de amigos y llevármelos hace unos años al Burning Man. Mientras hacíamos, porque sí, un website que era un blog antes de que los blogs existieran, nos dedicamos a quemar cosas en el desierto durante días, y a ver cómo las quemaban otros. Volvimos como nuevos, descansados y en paz, con la única frustración de no poder explicar del todo por qué una experiencia así tiene efectos tan saludables.

Backdraft es una película bastante mala (como todas las de Ron Howard), pero hay en ella una escena extraordinaria. Es la audiencia de parole a partir de la cual un pirómano dedicado (Donald Sutherland) podría salir libre, algo que el personaje de Robert De Niro quiere evitar. La actuación de ambos es responsable de elevar la escena tan por encima del resto, aunque el diálogo no es menos memorable — hay algo estremecedor en cómo, de a poquito, De Niro lo va llevando a Sutherland a una admisión sentida y casi inocente de sus impulsos. ¿Cómo negar lo que uno disfruta tanto, por más terrible que sea?

“What about the world, Ronald? What would you like to do to the whole world?”

“Burn it all.”

Si quemar un poco hace bien y templa el espíritu, quemar todo es la expresión desesperada de algo que, además de peligroso, es imposible. No se puede quemar todo. Primero, porque se muere gente (y uno no quiere que se muera nadie) y después porque todo es demasiado. Si bien poca gente estaría en condiciones de suscribir a los deseos de Donald Sutherland en Backdraft — el protagonista de Fight Club, algún guevarismo disperso —, el impulso es no sólo comprensible sino (me parece) compartido por casi todo el mundo en algún momento. Burn it all. Que se vayan todos a la mierda.

Ese impulso siempre se llevó bien como el rock, y no sólo en instancias kitsch como las de Kiss o Def Leppard (uno de cuyos discos se llama, ya que estamos Pyromania). Las ganas de quemar todo no están tan disociadas de las de romper guitarras, y el costado pirómano se expresa con distintos matices en Hendrix, The Who o Julian Cope pero está ahí, sin duda. En el terreno local, recuerdo el efecto catártico de la Buenos Aires bombardeada por García en Ferro, 1982. En este contexto, resulta reveladora esta reseña iletrada de hace casi un año:

La apuesta en escena (sic) fué simplemente demostrar lo que es Callejeros, con un respaldo de una gran escenografía que ocupaba todo el lugar y una gran puesta en escena de la gente (85 bengalas!!!)

¿Perdón? ¿Puesta en escena de la gente?

Cuesta creer que Las Pelotas no se den cuenta de la estética decididamente menemista que impregna el arte de tapa de todos sus discos — algo solamente explicable a partir de su expresión confesa de encarnar lo nacional. La banalidad de Def Leppard no era menos confesa, pero por lo menos ellos se ocupaban de producir la pirotecnia, la “puesta en escena” que, digamos, Radiohead no necesita. Será interesante (aunque improbable) que toda esta discusión marginal sobre el “rock” (whatever the fuck that means, a esta altura) confronte a sus actores, en Argentina, con el vacío musical que se instaló hace unos veinte años por motivos que nadie termina de entender. Para eso hace falta, en principio, que alguien lo note.


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