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Desde el purgatorio se ve distinto

8 02 2005 - 16:08


[ en respuesta a esta nota ]

Generalmente las retrospectivas no deberían enloquecer a nadie. El Cristo en el bombardero tiene ya 40 añitos. La muestra sobre el infierno ya había hecho ruido hace un par de años en el ICI. Entonces, nada de eso debería haberle hecho presuponer a Ferrari que sería ahora el momento para que se armara la rosca. En ese sentido separo las intenciones del artista en su obra con las pasiones despertadas por la misma, pero pareciera que no hay mucha intención ahora de discriminar los “Infiernos”: el artístico y el generado a partir de él.

Hay un espacio en el que alguien se expresa políticamente sobre un dogma y pretende hacer pensar sobre el asunto. Lo demás, como dicen las escrituras (!), es dado “por añadidura”. A los hechos que provoca la obra no le corresponde al artista hacerse cargo. Es el detonador. Cada uno que aprenda qué hacer con sus emociones, pero nuestra infancia en ese punto es eterna. No todos son Breton o Rodchenko haciendo de lo suyo una prolongación de su identidad de acción política. Y por eso no me parece tan razonable cargar sobre Ferrari un rol extra al que le toca o al que eligió. No es el rol de un artista cambiar el mundo aunque puede elegirlo si así lo quiere, sino apenas y si tiene ganas expresarse a sí mismo o su propia visión sobre el tema que caprichosamente elija. No hay nada más egocéntrico y narcisista que la actividad artística. No nos deben nada.

Es cierto, el debate no existió, ni en la cultura ni en la iglesia, ningún cura salió a decir nada respecto de los interrogantes que hace sobre la tortura eterna la obra de Ferrari. Era lógico, los dogmáticos jamás discuten sobre su dogma. Pero la pobreza de ese debate tampoco es algo que incumba a Ferrari, ya es ajeno a su dominio, y habla más de nuestra pobreza para debatir que sobre él. Su obra para mi fue completa en este sentido: señaló conductas reaccionarias y los señalados actuaron dándole la razón. Y se fue cuando el lo decidió, luego de haber molestado y mucho sin proponerse llegar a tal extremo.

El precedente malo está en las reacciones del contexto, no en las del propio Ferrari. Teléfonica se replantea la agenda del año que viene, y decide sacar todo lo que provoque pruritos religiosos y políticos, renunciando por esta razón su directora a cargo. Constantini decide echarse atrás con muestras de este tenor, los sponsors huyen demostrando que los fieles de Bergoglio se equivocaron: sólo un lugar oficial puede garantizar libertad de expresión porque el entorno privado a la primera en contra se echa atrás por razones de mercado e imagen. Toda esa miseria antes bien tapadita con vino de vernissages dejó a la vista que el Arte por estos pagos era importante siempre y cuando no jodiera a nadie y fuera un paseo de fin de semana y un curriculum vistoso y un free-pass de mecenas sin riesgos y una inversión a largo plazo.

Seguramente muchos se asustaron, pero también, seguramente, muchos jóvenes artistas, unos 60 años menores que Ferrari, deben haber empezado ya a preguntarse si el complaciente arte que hacen vale la pena y si deberían empezar a mover algunas estanterías y correr algún riesgo, aun yéndose cuando empiece a sonar el teléfono con el llamado de la ultraderechista católica Silvia Abagnato haciendo amenazas o tal vez —me arriesgaría a afirmar que alguien de su entorno tuvo que ver— pintandole la entrada de la casa a Schapiro al enterarse que es judía y que tal vez apoyó a Ferrari. Y si no fue la Abagnato y su grupo, fue otro facho sin mucha diferencia.

Cuando el C.A.C de Cincinnati debió enfrentar aquél juicio por obscenidad por haber expuesto las imágenes de Mapplethorpe, aun habiéndolo ganado la galería, sentó un precedente nefasto. Muchas galerías, aunque el juicio garantizó la libertad de expresión, decidieron tener más cuidado con las obras que exponían, autocensurarse antes que soportar el escrache de algún sector. Ese comportamiento paranoico es inevitable, pero el tiempo todo lo asimila y hoy nadie consideraría a esa muestra de Mapplethorpe obscena, en una de esas lo haga Grondona que llamó “pornográfico” a una foto de unos genitales de piedra sin saber que eran los del David de Miguel Angel, o tal vez la esposa del reverendo Alegría como en aquél capítulo de los Simpsons en el que hace una cruzada contra Marge considerando a ese mismo David obsceno para ser expuesto en Springfield. Los reaccionarios, sino fueran tan peligrosos, siempre tienen algo de caricatura. Como aquél famoso juicio que tuvo su película, valdría la pena una película sobre el caso Ferrari, sólo para que Carnevale deje de escribir siempre la misma columna en la previsible ”ñ”.

Tratándose de una oportunidad única, o pocas veces probable de suceder es cierto que podría haberse apostado más fuerte. Pero la política son los políticos. Creo que el alcalde de Cincinnati debe haberse hecho el reverendo oso con aquél juicio y debe haber dicho “dejemos todo en manos de la Justicia”. Esas cosas se parecen en todas partes menos en el parlamento holandés.

Ante la suposición de que el gobierno de Capital hubiera estado ocupado por Macri, López Murphy, o que esto hubiera sucedido con De La Rúa, sabemos de plano que hubieran actuado como Juez en Córdoba. Se levantaba, se pedían disculpas, malo Ferrari malo, se hacía una misa y a otra cosa. Con mucha fragilidad, poca fortaleza intelectual para defender la posición y todos los demás atributos que tuvo esta administración para encarar el asunto, al menos, ya estaban en el baile y bailaron aunque fuera a los tropezones. Es cierto que si el Gobierno de la Ciudad hubiera sabido lo que la muestra provocaría, no la hubieran realizado, pero eso es lo bueno que tiene a veces la vida en algunos casos no muy trágicos, no se puede prevenir todo. Los del SuperBowl no se esperaban la teta al aire de Janet Jackson, Mirtha no sabía que la filmarían diciendo carajomierda, el público de Cosquín no se esperaba a Julio Bocca y la Figaredo en calzones, los de Cincinnati no se esperaban un juicio por obscenidad, y el oficialismo capitalino no se imaginaba semejante quilombo, que ahora es nada comparado con los sucesos que debieron enfrentar después. A propósito, me imagino a todos los fieles yendo a votar en contra en el referendum revocatorio cobrándose el affaire Ferrari.

Hubo una jueza que dio la razón a los católicos protestantes (paradoja), y otro juez que se pronunció a favor de la libertad de expresión. Menos mal. Que nadie se hubiera opuesto, o que la Justicia hubiera estado toda de acuerdo con las libertades laicistas y seculares, o que el Gobierno hubiera mostrado una estrategia impecable para plantarse, no habría sido la realidad ni acá ni en nigún lado. Ni en Holanda ahora que lo pienso, allí la TV ejerció la libertad de transmitir el film de Theo Van Gogh sobre la refugiada somalí Ayaan Hirsi Ali y sus sufrimientos en la cultura teocrática musulmana, y el holandés terminó asesinado por un fanático musulmán. La sociedad perfecta no existe aunque sus instituciones intenten serlo. Garantizar la libertad de expresión en ese caso no alcanzó para garantizar el derecho a expresarse y no ser agredido del director holandés.

Ferrari, creo yo, en esto, se movió con una inocencia cándida, diría que casi se hizo el reverendo boludo pero en este sentido: es artista plástico y se mueve en los circuitos tradicionales del Arte, no es un rupturista en eso, se asume como un trabajador de lo suyo, un profesional, respeta los espacios, expone en lugares destinados a su actividad, en síntesis, no le rompe los esquemas a nadie. Pero al mismo tiempo con esa cara de hermano hippie de García Ferré dice lo suyo en los lugares donde supuestamente por ser artista plástico está permitido que las exprese. El lo sabe, y sabe que eso hace más idiota cualquier protesta.

También actúa con candorosa inocencia al exponerse su retrospectiva. Da por sentado que estamos en Democracia, si es así, entonces, será defendido de cualquier ataque, porque él sólo es un artista que dice lo suyo dentro de su habitat natural. En ese sentido tampoco busca la polémica, es polémico por no buscarla. No se si se entiende lo que quiero decir. Se deja maltratar y se deja defender, porque si estamos en Democracia, no hay de qué preocuparse, y si pasa lo contrario entonces, a esta Democracia algo le pasa. Con esa pasividad, Ferrari deja muchísimas cosas expuestas a expresarse por sí mismas llegado el caso. Se mueve con la parsimonia de un elefante sabandija que sabe que está adentro de una cristalería. Y desde mi punto de vista, está bien que lo haga así, su comportamiento respetuoso del status quo cultural y oficial expone las fallas o fragilidades que ambos sistemas tienen y obliga a todos a demostrarle si es así o no.

No estoy diciendo que Ferrari es un maquiavélico y piensa todo esto estratégicamente, pero su manera de estar presente le deja poco margen a todos los que los rodean de no equivocarse al tratar con él y su obra explosiva para los creyentes. Si lo fuera, se hubiera quedado hasta el final, por joder nomás.

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En lo que a obras respecta, en éstas lo interesante es el concepto. La materialización es una descontextualización de objetos que obliga a recurrir al manifiesto del autor para comprender las intenciones de la interacción entre estatuillas y planchas para hacer bifes. No hay interpretación librada a la mirada del espectador, hay un fundamento escrito sobre la misma —podría no ser así y aun ser sumamente inquietante, pero en este caso es de ese modo— . Ferrari es el más interesado en que se sepa que los cristos crucificados dentro del tostador eléctrico tienen un discurso. Me parece de terrible actualidad la interpelación al cristianismo occidental en este momento en que nuevamente Dios es invocado para ir a la guerra, las elecciones se ganan desde los púlpitos llamando a “moral values” de dudosa moralidad y el profiláctico es considerado inmoral hace pocos días desde el Vaticano. De pronto, forros con la cara del Papa cobran mucho más sentido.

“Infiernos” se aparece hoy más profética que declamativa, ahora esas obras desarrolladas desde hace tiempo se ven manifestadas en la realidad de manera innegable, volviendo el cacareo católico insoportablemente retrógrado e hipócrita. Cuando digo que mantengo una cierta esperanza de que tanto revuelo sirva al menos para caldo de los artistas no me refiero a que aparezca ahora un malón de exposiciones ideológicas (no duden que las habrá y en lugares no tradicionales, es un carro al que muchos se subirán al calor del momento), sino a que aquél con inquietudes de interpelar este estado de cosas decida, por fin, arriesgar. Ya no hay necesidad de debatir canones artísticos, en el terreno cultural ha sido —y seguirá siendo—aceptado todo con poco ruido (que si se hizo la lipo para la obra, que si usa muertos, que usó un linyera; el debate se ha limitado al uso técnico, no al sentido, no deja de ser válido, lástima que no hay mucho de lo otro).

Lo improcedente pasa por la temática. Del mismo modo que el debate fue pobre durante años en todos los aspectos de la vida argentina, también lo ha sido el Arte en cuanto a discursos, pobreza no solo local. Voy a ser atroz, extrema e injusta por un instante: recorrer galerías se va volviendo voyeurismo de pajas creativas ajenas —hasta con la música me ha empezado a
pasar esto y me estoy volviendo insoportablemente revisionista— digo pajas, porque nadie está cogiendo con nadie, es puro monólogo, ni aun en aquella instalación que busca la supuesta interactividad con el público. Y está bien, el devenir artístico es caprichoso y personal, como dije, no nos deben nada, pero ahí quedan en el catálogo, no trascienden ninguna esfera que no sea la ascéptica sala de exposiciones. Y está bien, es la elección de esos artistas. Pasa que me muero de hambre intelectual y espiritual con eso, y al menos, Ferrari grita un poco más fuerte, el grito traspasa el quirófano cultural y provoca ajetreo afuera porque ataca un paradigma. La gran mayoría representa los paradigmas, juega con ellos como si fueran conceptos abstractos, no los discuten en su aplicación real en el mundo en que viven: los recrean.

No digo que sea pobre en calidad ese Arte, pero no hay muchos en la línea de los discursos incómodos, tan incómodos que hagan agarrarse el trasero a las academias que tienen esos alumnos, a las galerías al encontrarse ante esa obra y a los directores de institutos antes de otorgarles una beca.

Pocas rupturas pegaron saltos cuánticos como las vanguardias del Siglo XX, y mal que nos pese, las más importantes e influyentes de ellas tenían discursos estéticos y políticos como un todo. Es cierto, Ferrari no es un vanguardista, está usando un conocido lenguaje estético cargándolo con su discurso. En el pasado siglo se cumplió a rajatabla la premisa de Oscar Wilde “La vida imita al Arte”. Nada cambió tanto el lenguaje visual, las costumbres y los códigos como esas vanguardias tempranas. Quiero ver si hubieran existido los 60’s (flower power, psicodelia y mayo francés) si no hubiera existido el Surrealismo 30 años antes. Estoy segura: sin Surrealismo en los 30’s no hubiera habido 60’s, sin Situacionismo no hubiera existido el punk en los 70’s. Casi nadie se está adelantando a los hechos, o
sembrando lo que se cosechará como presente y normalidad dentro de décadas. Ya ni escriben! como Kandinsky, como Breton sus manifiestos, como Debord, o el no-surrealista/avida dollars/Dalí escribía su Diario de un Genio, o Warhol su teoría de A a B. No tienen un carajo para decir, hay una aceptación malsana a que las cosas son así y que serán así dentro de tanto, en vez de una mucho más sana rebelión a que sea así y sea peor dentro de tanto. Me explico. No pasa como creen algunos alquimistas del Arte por explorar sólo las técnicas o mezclar lenguajes; si es por eso en cualquier momento se hará arte genético y alguien se volverá un artista en hacer combinaciones obteniendo engendros. Bueno, algo de eso ya hay en el uso de lo “vivo” en el Arte y ya hay algunos intentos genéticos patéticamente efectistas. Me refiero a la creación por fastidio, hartazgo, asfixia, o adhesión a todo eso.

Los Futuristas italianos adherían al avance de la máquina y terminaron dandole una medida estética al fascismo italiano, éste es uno de los peores ejemplos de la nefasta influencia que puede tener el Arte en la política y en el pensamiento de las masas. Pero la mayoría de las veces no fue así y sirvió para expresar una inquietud de una generación que toma ese discurso como canal. Así de increíblemente fuerte es el impacto del Arte en la conciencia de masas. Si es verdad que todavía la vida está imitando al Arte, con razón andamos todos sonámbulos cada uno con su discurso personal a cuestas, incomunicados, incapaces de debates dialécticos porque parecemos televisores escupiendo discursos sin feedback, y sin tecla OFF que nos apague.

[Sé que esto es exageradamente injusto con muchos artistas actuales. Aclaro por las dudas, que odio (odiar en el sentido literal de la palabra) el discurso posmoderno proindividualista, antidebate y prodiscurso único de tipos como Lipovetsky en los 90’s, que ha convertido toda expresión en onanismo con público en vez de artistas expresando su temperamento único esperando que los observadores reaccionen en consecuencia.]


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