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16 02 2005 - 02:32

Tengo que castrar al gato y no me animo.

Mauricio, el gato, vino a vivir a casa alrededor de los seis meses. Al menos esa fue la edad que le estimó la veterinaria cuando se lo presentamos. Nos lo dijo con ese tonito de médica pediatra: “pero este es un felino muy joven” ¿Felino muy joven? ¿No sería más normal decir “gatito chiquito”? Detesto a los pediatras (A la gran mayoría de ellos. El otro día leí que el protagonista de la nueva novela de Ballard es un pediatra que se vuelve loco y sale a matar a todo el mundo.) y también a los veterinarios que actúan como pediatras e infantilizan a los padres (a los amos) dando consejos no solicitados sobre crianza y modales.

Bueno, el tema es que la veterinaria de entrada dio por hecho que íbamos a castrar al felino. Yo me fui de ahí pensando “ni en pedo”. Lo discutimos en familia y llegamos a la conclusión de que las bolas de Mauricio eran de él y que era una imposición cortárselas, etc. Que al fin y al cabo no vamos a mutilar al animal por nuestra propia comodidad. Porque, claro, castrado no tiene más feo olor, no te mea los muebles, no se va a pelear por ahí, no vuelve enfermo, ni con pulgas. En fin que “siendo macho no había problemas” (aunque hay machos excepcionalmente responsables de su cría, como Homero, no el de los Simpons, sino el gato que Alina y Huili tenían acá en Buenos Aires)

Después estuve pensando como mujer y decidí que mi actitud era de falta de respeto al género. Porque al no castrar a Mauricio, les iba a complicar la vida a otras gatas no castradas que iban a tener a sus crías, las cuales iban a terminar ahogadas o envenenadas por algún vecino perverso. Había que castrar.

Más allá de cualquier tipo de debate acerca del concepto de plaga, de ecología urbana, de ‘derechos del animal’, etc, etc. lo que me chocaba de la castración era ésta insistencia humana por mejorar las cosas. Para explicarme mejor, la semana pasada se cayó una cotorra —viva— en mi patio. Mi esposo la rescató alojándola en una jaula para pájaros vacía que usábamos para transportar al gato (parece surrealismo, pero no lo es) Discutimos. Yo le dije que la deje libre, él me decía que era una cotorra doméstica escapada de otra jaula y que si la soltábamos se la iba a comer un perro o que la iba a hacer mierda el temporal. La cotorra fue nuestra residente (como yo en tp) durante unos días y finalmente la soltamos. Antes de que la soltáramos yo había llegado a comprar el argumento de que el pájaro iba a estar mejor en casa. Si me descuido puedo terminar argumentando pelotucedes pro-lifers casi sin darme cuenta. Pero yo no quiero ir por ahí, sino por el lado de la discusión de si es mejor mejorar las cosas, o si las cosas están bien como están. Algo más cerca del orden de pensar que un Puerto es un accidente geográfico y una Ruta no, pero de eso vamos a hablar en nuestro próximo programa.

Después volvimos a darle la vuelta al argumento. Que los gatitos y las hembras de la especie se las arreglaran, nosotros no éramos quienes para rebanarle los huevos al pobre animal. Además justo vino de visita una pareja de amigos holandeses con la novedad de que “he’s gonna get fixed next month” – Fixed? -Yes, the big V. La ve de Vasectomía. Guau. Una pareja de treintañeros sin hijos, qué se yo, nos dio cosita. Si no querés tener hijos, tá bien, pero tomar una decisión tan radical. ¿Cómo puede haber gente que esté tan segura sobre algo? Especialmente si ese algo implica que modifiques una parte de tu cuerpo en forma permanente (uhm, después de todo, tener hijos también es permanente así que sí, pensándolo de esa manera, podría ser entendible.) Por otra parte ¿Es lo mismo operarse la nariz que hacerse una Vasectomía? Parece que Holanda es el segundo país más densamente poblado del mundo, por eso los ciudadanos responsables no tienen hijos. ¿No es pedirle demasiado al ciudadano?

Lo cierto es que Mauricio apesta. Vuelve sucio de grasa, como si fuera un gato de taller, lleno de pulgas, con heridas considerables. Y tiene un carácter horrible. Los vecinos se quejan de que les caga las macetas y en masa me dicen que todo eso es culpa de que no está castrado. En mi casa no entra más así que lo exiliamos a la terraza. Le damos de comer ahí todos los días comida de la más cara. De cualquier modo, cuando vuelve lastimado me da culpa: si fuera un castrato no se pelearía con nadie. Además tendría el pelo precioso y olería bien.

En los alrededores de Agronomía hay unos carteles colgados que tienen el dibujito de un gato y dicen: “No me abandones. Castrame” y que presuponen que es mejor ser castrado que homeless. Yo todavía no sé qué pensar.


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