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18 02 2005 - 07:29

El escenario es una cena de trabajo, una cena con varias personas, empleados de una corporación. Los temas no son de trabajo, sino más bien sociales. La excusa del convite, la reunión en Buenos Aires a propósito de un evento especial, de empleados venezolanos con empleados argentinos, un jefe venezolano con base en Miami y otro jefe americano con base en LA. Los venezolanos toman wiski, el americano Malbec.

El venezolano es el mejor contador de chistes del mundo. Su fuerte es la programación de cable, es muy carismático, es un ex gordo, fuma cigarrillos con boquilla, le gusta el póker, (el vicio en general si se me permite decirlo así).

El directivo americano es serio, eficiente, no es sexista, ni homófobo, ni machista. En una cena previa a las elecciones de noviembre en USa dijo que si re-elegían a Bush se iba a vivir a Canadá. Habla castellano perfectamente, toma buen vino y no fuma. Lo llamaremos J. Como parte del grupo se encuentra un empleado argentino, cinéfilo, educado, una persona agradable, que a su vez quiere agradar al directivo americano (lo llamaremos el planner). El planner empieza una conversación con J diciendo “ayer me alquilé el DVD de ‘Ray’ (la peli sobre Ray Charles) y…” Y ahí el americano lo corta y le dice ¿Cómo? Si Ray todavía no se estrenó en Latinoamérica. Siiii, dice el planner pero en mi video club está. Su intención era la de tener un tema de conversación, y de paso exhibir su interés por el mundo del espectáculo. En seguida J lo reprende de mala manera, le dice que le dé el nombre de ese video club y la dirección porque él va a reportarlo a la MPAA. Que se trata de un delito, un delito gravísimo para nuestra industria. Y le dice que él está mordiendo la mano que le da de comer. Le dice muchas cosas más en la misma línea. A esta altura el planner lo único que quiere es rebobinarse tres minutos para atrás y comentar el Superbowl. Por momentos, los ojos de J sugieren que le está tomando el pelo. O así lo quiero creer porque el planner me da mucha lástima. Yo estoy sentada entre el planner y J. Para entrar en la conversación –antes del conflicto- había empezado a comentar que no entendía cómo funcionaba la piratería, que mi hermano en el pueblo donde vive siempre va a ver películas… y ahí J salta y me dice “A tu hermano también tenés que denunciarlo”. A esta altura creo que J nos está joteando, pero que el hecho de que hable en una segunda lengua no deja percibir el chiste como si se expresara en su lengua materna.

El planner se esconde en el baño, se tapa la boca con una servilleta y la velada continúa. El próximo tema lo inicio yo preguntándole a J si se mudó al Canadá. Se rie, dice que a él le conviene la administración Bush porque con Kerry pagaría muchísimos más impuestos, pero que no obstante como él es la persona más políticamente correcta del mundo no lo votó. Que él es independiente, que Terminator es un buen republicano, que California es un buen estado. Y que la agenda de Bush es religiosa y no política. Hasta aquí, todo está bien. Yo vuelvo a simpatizar con J. Casi todo lo que dice es correcto. Aparece el tema de los fumadores vs. No fumadores. Creo que aparece a propósito de California y la ley que prohíbe fumar en la playa. Yo digo que los fumadores me tienen harta, que mi mamá, mi papá y mis tías que son como Paty y Selma, fuman, y que cuando voy a visitarlos a todos juntos tengo que ir con un tubo de oxígeno porque no les importa nada y que la cocina y el baño apestan a Jockey Club Light. Le digo todo eso, pero también le digo que una Ley que prohíbe fumar en la playa me da ganas de ponerme a fumar. El me explica que estoy equivocada, que él no tiene por qué ir a la playa y tener que pisar esa mierda (sic) que arrojan los fumadores (no conoce la palabra colilla), que él no está seguro de que esa mierda no sea tóxica para la piel, ni para el suelo. Y me asegura con un brillo satánico en los ojos que en veinte años las cosas van a cambiar y ya nadie va a osar prender un cigarrillo.

Pienso que tantos años de trabajar en una corporación enseñan a callar. Pienso que el comentario sobre las ganas de fumar estuvo de más, pero que exitosamente me contuve de decir que mi vecino ya me ofreció nueve veces colgarme al cable y que yo no acepté. Y que básicamente no acepté porque no quiero tener cable en mi casa. No tanto por pruritos morales contra la piratería, aunque confieso que no gozo delinquiendo, más bien todo lo contrario. Me doy cuenta de que no puedo decir que no tengo cable porque trabajo en el negocio de la tv por cable. Al cierre del comentario sobre la prohibición de fumar en las playas, el venezolano enciende otro cigarrillo y dice que ese tipo de leyes explican que los americanos tengan a Bush de presidente. El planner, ya más recompuesto, consigue decir que en realidad no pudo terminar de ver Ray porque la película se atascó a la mitad y que se quedó con ganas de saber cómo terminaba.
–¿Ves? Le dice J. El crimen no paga.


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