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19 02 2005 - 04:41

Buen día desde Tegel.

Como siempre, pensé que iba a poder reportar en tiempo real desde Berlín y no tuve tiempo para nada. Por lo menos vine temprano al aeropuerto para hacer el daily del sábado.

No sé quién ganará hoy el Oso de Oro (bastante trabajo tengo buscando los osos comestibles que me pidió mi hija, otro ítem que supuse fácil de conseguir pero parece que no existe), ni importa demasiado, más que para el distribuidor que se beneficie. Las películas fueron este año peores que el anterior, el año pasado peores que el anterior, y así. No me animo a hacer un balance más o menos responsable porque vi las dos películas más interesantes (una rusa y una japonesa) con subtítulos en alemán, a consecuencia de lo cual entendí bastante poco. La peor película del mundo —una extravagancia aburridísima acerca de los últimos días de Miterrand— también me tocó subtitulada en alemán; en este caso, sin embargo, tal vez habría sido mejor no entender francés.

Un dato curioso: en por lo menos cuatro películas en la selección oficial algún personaje se entera, tarde, de que tuvo un hijo años antes de que la película comience. En The Mighty Celt Gillian Anderson es la madre soltera de un nene que cuida perros, y se supone que debería tranquilizarnos la llegada del ex-terrorista dispuesto a asumir su paternidad, pero en realidad nos da lo mismo. En The Life Aquatic Owen Wilson es el hijo perdido de Bill Murray, y ahí también da lo mismo, puesto que los personajes de Wes Anderson no son seres humanos, más bien peones, muñequitos de playmobil sentados en sillones muy bonitos, diciendo pelotudeces inexplicables al son de Bowie-bossa. Como dijo mi amigo Alex, eterno optimista: “the last remainders of a dying monster”, el posmodernismo cool. En Beyond The Sea, la película de Kevin Spacey que es algo así como una biografía autorizada de Palito Ortega, también hay padres y madres ocultos. Si bien en el caso de Spacey el descubrimiento es probablemente el punto más importante de la película, llega demasiado tarde y tampoco te importa demasiado, porque estás ocupado tratando de entender cómo alguien pudo convencer a tanta gente de que esa música era digna de revival alguno.

La única película buena con hijo sorpresivo es una que, como corresponde, le dedica al tema el espacio que merece. En Transamerica, Felicity Huffman es un transexual a punto de conseguir la operación que lo transformará definitivamente en mujer cuando se entera de que su única excursión heterosexual, quince años atrás, había resultado más fructífera de lo deseable. A diferencia de las otras tres películas, Transamerica presenta un hijo abandonado verosímil y conflictivo: un pibe hecho mierda después de haber pasado por quince familias sustitutas, prostituyéndose a cambio de cocaína y viviendo en una casa tomada con otros outcasts a los cuales apenas conoce. Lo más interesante de Transamerica —además de la extraordinaria actuación de Huffman— es que es una comedia tan amable como sórdida, dos características que casi nunca van de la mano. Hay algo forzado, a veces, en el tono (el approach me hizo acordar, oblicuamente, a The Optimists, una feel-good movie con Peter Sellers pauperizado circa 1970), pero en líneas generales uno no puede menos que sentirse agradecido al ver personajes que parecen estar vivos — el piso es el techo últimamente, y habrá que conformarse con lo que hay hasta que las cosas cambien.

Nada sugiere que algo vaya a cambiar pronto, sin embargo. A medida que la cooperación pan-europea se sedimenta, va quedando claro que la idea de “globalización” que tiene esta gente es la de una agenda que se define a partir de una extraña combinación: filantropía y mercado. Mejor dicho: una especie de mercado de la filantropía, en el cual el dinero se mueve entre distintos organismos de financiamiento (cada uno con su prolija agenda políticamente correcta) o se despilfarra en eventos que apuntan a la construcción de una industria artificial cuyos productos no consume nadie.

“I don’t think you can make an industry with money” dice Richard Lester en el interesantísimo libro de entrevistas con Steven Soderbergh que venía leyendo recién, en el subte, “you create an industry with the reasons why you are going to make certain kinds of films and the ability to get those films shown — and shown to their best advantage throughout the world.” Es una opinión coincidente con la que vengo expresando (tímidamente a veces, a menudo con un énfasis que no hace mucho por convencer a mis interlocutores) en foros europeos desde hace años. Lamentablemente, Richard Lester no hace más películas y las entidades oficiales europeas (y latinoamericanas, también, aunque a nadie le importe) no están en condiciones de aceptar, ni siquiera en privado, que (tengan o no industria) no tienen cine, no tienen películas, no tienen una política respecto de qué películas deberían tener, ni la posibilidad de hacer lo único que podría empezar a resolver la situación: cerrar todo y empezar de cero.

“Nadie se toma en serio a Berlín”, dice Lester, y me encantaría que así fuera. Pero (además del mercado, que tuvo uno de sus mejores años esta vez, en gran medida gracias al cine asiático y a las demencias que llegan desde los países del Este) cientos de cineastas analfabetos van construyendo un mundo paralelo con piezas cuidadosamente seleccionadas entre lo peor de ambos mundos: una banalidad que supera ampliamente la que el consenso suele asignar a Hollywood y una suerte de welfare para artistas que han abandonado toda esperanza de serlo, a cambio de las migajas del development money y el reconocimiento fácil, conveniente y satánico de su desempeño como buenos alumnos.

Los buenos alumnos llenan formularios, asisten a seminarios sobre el desarrollo de historias que no existen, concurren a las fiestas que, al menos esta vez, fueron alemanas aun cuando las auspiciara Prada y el anfitrión fuera Ridley Scott; a las dos o tres horas la fiesta se termina, vienen veinte soldaditos con headset y uniforme y te explican que te tenés que ir, que tu lugar no es ese sino afuera, en la calle, bajo la nieve, pero que al día siguiente podés volver a parasitar, siempre y cuando no se te ocurra sugerir que lo que se festeja, en realidad, es la posibilidad de estar ahí y no en el cine, viendo esas películas que no le interesan a nadie, pero que seguiremos haciendo mientras el Estado nos albergue, para lo cual hacemos estas fiestas, pero la de hoy se terminó, así que ahora andáte.


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