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Gótico sin butano

24 02 2005 - 18:12

En casa no hay gas.

Es domingo 20 de febrero de 2005. Hoy se celebra un referéndum cuyo significado preciso se le escapa a mucha gente; a mí, por lo menos. Pero tiene algo que ver con Europa. Digamos. Hoy se vota, como en otras ocasiones, la pertenencia de España a ese nuevo metapaís, supragobierno que traerá para todos los europeos prosperidad, paz perpetua y cosas así. Barcelona se contagia —menos que otros lugares— de ese tan europeo, tan cool, fervor panpatriótico. Pero en el barrio gótico de Barcelona, a metros de la Catedral, a metros de la Generalitat y del Ayuntamiento, sede del gobierno de Joan Clos, el más europeo y más cool de los gobernadores de una España a la que tanto le cuesta sacudirse su impronta cerril, no hay gas. En casa no hay gas. Y hace frío.

En el Barrio Gótico el gas —que llegó a España hace poquísimas décadas— es un elemento casi desconocido. El gas ese que viene por cañerías, ese que uno abre la llave y fluye, calido y letal, ése al que le ponen olor para que uno lo reconozca y no padezca de la “muerte dulce”, ése que mató a varias personas en Lomas de Zamora, creo, justo cuando a mí me habían propuesto como jefe de prensa de Gas del Estado, allá en el paisito. Claro —supone uno—. Cuando esto se fundó, allá por vaya a saber uno qué siglo a. C., las casas no se construían con cañerías de gas. Eso explica todo. Ahora Gas Natural ofrece miles de créditos e hipotecas para que uno pague la inmensa fortuna que cuesta tener gas en la casa. Y así, las casas que se alquilan –no sólo en el Gótico, prácticamente en toda la ciudad— no tienen gas. Tampoco se reemplaza, como en los aledaños neoyorquinos, con electricidad, buena, barata y abundante. Aquí, en especial en Ciutat Vella (ciudad vieja, léase los barrios del Gótico, El Born, la Ribera, El Raval), los inspectores municipales miran para otro lado a la hora de habilitar un piso como vivienda, puesto que, como se sabe, están llenos de inmigrantes. La mayoría de estas casas son inhabitables para estándares porteños. Europa no es lo que era.

El sábado a la noche, ayer noche, olvidados de Europa, nos juntamos en nuestra no tan gótica casa con unos amigos y ocurrió lo que nuestros cuidadosos cálculos no pudieron impedir. Se acabaron al mismo tiempo la bombona de la cocina y la de la estufa. Teníamos una de repuesto, que fue a parar a la estufa, pero nos quedamos sin gas para, entre otras cosas, calentar café hoy, domingo por la mañana. Por lo general, los butaneros, mayormente pakistaníes, pasan todos los días a la mañana; pero, como dicen los locales cuando uno les pregunta cuáles son los horarios de los butaneros, estos pasan “siempre, salvo cuando los necesitas”. El sábado no habían venido, o vinieron cuando no estábamos. El domingo, no hay butaneros en el barrio gótico.

Un aparte sobre la casa. El barrio gótico de Barcelona está formado por encantadoras y entrañables –para los turistas—e insoportables, frías y húmedas –para los habitantes—callejuelas, tan estrechas que no entran coches, aunque sí unos insoportables “papamóviles” que el ayuntamienta usa para limpiarlas cada tanto. Donde vivíamos antes, a metros de nuestra casa actual, jamás llegaba la luz natural: era cara electricidad todo el día. Ahora tenemos luz, mucha luz, puesto que la casa da a una “plaza” (en realidad, poco más que un baldío enbaldosado) llamada (miro el cartel desde la ventana) Placeta de Manuel Ribé. En realidad, hace unas décadas la plaza no existía: era uno o varios bloques de edificios, quizás medievales, como todos los que la rodean. Pero Franco o sus amigos tiraron una bomba, y voilá, tenemos luz, gracias a este novedoso sistema de diseño urbanístico.

Durante el verano, algunos bares ponen mesas en la plaza. El resto del año, la plaza es hogar habitual de homeless y pinchetos varios. No deja de ser más divertido que mirar Crónicas Marcianas o Salsa Rosa, por ejemplo, oír las discusiones de los junkies cuando no encuentran las dosis que descartaron en la enredadera del fondo de la plaza. Un día, al salir de casa, un señor que estaba inyectándose bruta jeringa en el brazo me preguntó, con aire casual, qué hora era. Estaba en el umbral del edificio, pero no me pareció conveniente interrumpirlo pidiéndole que se retirara. Le dije: “van a ser las cinco”.

El sábado por la noche en casa no había gas y el domingo los butaneros, mayormente pakistaníes, no vinieron con sus uniformes anaranjados como las bombonas de gas algunos, o con la ropa que ellos mismos tienen. No se oyeron sus cálidos y recios cantos, vocalizados quizás por medio de técnicas ancestrales con las que sus antepasados, o incluso sus compatriotas de ahora, intentan comunicarse con la trascendencia de su pueblo, y que ahora, acá, en Europa, usan para gritar a voz de cuello “¡butaaanoooo!”, desesperadamente, porque no pueden volver –llueve, truene, nieve o caguen las palomas— hasta que vendan todas las bombonas; desesperadamente, porque sólo viven de la propina (precio de la recarga de la bombona: 8,62 euros. Si uno les da diez, la diferencia es lo que ellos ganan); desesperadamente, porque a algún hijo de puta se le ocurrió prohibirles que golpearan con un estrepitoso fierro las bombonas para anunciar su presencia y la mercadería. Entonces gritan.

Uno tiene que agenciarse, como sea, las bombonas vacías –por lo general comprándolas en ferreterías non-sanctas, o a conocidos, etc.— y ellos te la cambian por una llena. Hay una forma legal de hacer esto: consiste en ir a Repsol (¡sí! ¡los mismos de YPF!) e inscribirse, pagar una fortuna para que ellos te traigan las bombonas y te las recarguen usando exactamente a los mismos pakistaníes, que de todas formas van a cobrar sólo la propina.

Y por eso para los butaneros no hay domingo ni feriado ni elecciones europeas ni la concha de la lora que valga.

Sin embargo, el domingo 20 de febrero, mientras los ciudadanos de bien votan por la paz perpetua y Zapatero mira límpidamente al horizonte con su cara de alelado con el viento en contra mientras trata de calcular cómo capitalizar o al menos restar importancia a la gran abstención que ya se ve venir, los pakistaníes no llegan al barrio gótico.

No los dejan entrar. La policía no los deja entrar al barrio gótico. Porque hay miedo. Miedo de que esos pakistaníes sean miembros de una célula terrorista organizada, tal vez. Miedo de que los catalanes se inquieten por su presencia. Miedo difuso, sutil, permanente.

Y mientras tomo un café fuera de casa, mientras miro la obscena prosperidad que me rodea, se me ocurre que ése es el cemento que mantiene unida a Europa, una Europa contradictoria, rastrera, tránsfuga, una Europa agachada, lejana y decadente; contradictoria, racista y orgullosamente salvaje. El miedo. El espanto que se advierte en sus caras crispadas, el terror que sólo calman matándose en las rebajas de Zara y El Corte Inglés.

Ese espanto que une más que el amor.


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