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El doloroso adiós a la veredita

25 02 2005 - 07:51

Iba a escribir versos hermosos esta mañana, tal vez los más hermosos, pero leí Clarín.com y todo se me fue por el inodoro de la vida. Digo inodoro de la vida porque recién escuché a un locutor decir en la radio “trampolín de la vida” y me percaté que hay mucha gente diciendo “algo… de la vida”, “no sé qué… de la vida”. Me declaro ahora, si no harto de la vida, harto de los no sé qué, de los algo de la vida, de tanta mala poetización para algo tan básico como despertarse a la mañana, reproducir las calorías necesarias para aguantar y acostarse para volver a empezar.

Lo que importa.

Me encuentro ahora en Pinamar, nueva escala de mi gira vacacional pero, cuando iba a proponer el acertijo de por cuál calle de Pinamar caminan los boludos, se me abrió Clarín.com que venía lenta. En la primera plana, el caradura de Pato Fontanet, cantante imitador del Indio Solari y líder de Callejeros. Del tipo, “rompió el silencio”. El asunto es que habló por Radio Diez en el programa de Oscar González Oro y Eduardo Feinmann y le echó toda la culpa a Omar Chabán. Ellos, la banda, no sabían nada de los techos inflamables, ni se imaginaron que, en ese lugar, metían el triple de gente de lo tolerable. “La banda va y toca”, dijeron. “No es coproductor ni dueño”, aseguraron con sus remeras de rock puestas y una tristeza colocada y, esa sinceridad seria que los adolescentes muestran en los colegios cuando pasa una desgracia, un compañerito que se suicida o un profesor que queda en coma.

No sé qué me impresiona más:

1) que los Callejeros se sigan haciendo los boludos, como si ellos fueran los magos que se contrata para un casamiento y cuya responsabilidad en que el enano de la torta cobre vida y le toque el culo a la hermana de la novia es nula.

2) Que hayan dado su primera entrevista después de la cámarita de gas de Cromagnon a Radio Diez.

3) O saber que las dos cosas no mellaran el cariño, la fidelidad, el amor, el trampolín de la vida o no sé cómo miércoles llamar a esa lealtad que miles de pibes tienen con la banda, multiplicada después de Cromagnon.

Anoche, los chicos (Callejeros), se quedaron en la cocina suburbana de azulejos blancos de alguno de los integrantes de la banda después de hablar con el abogado Julio Virgolini (ex Carlos Menem, ex Alfredo Yabrán) y escuchar de él, el calvario que pasó Diego Argañaraz, manager de la banda, ante el juez Julio Lucini. Conmocionados, resolvieron seguir la estrategia que el abogado de estrellas de la maldad, les recomendó. Lo charlaron, los chicos. Calcularon. Y llamaron. “Lo hacemos, Julio”, dice mi guión que le dijeron por teléfono a Virgolini, bien tarde, ya tal vez con el Clarín papel en la mano, donde Argañaraz sale en la tapa, disfrazado de fan de la banda a la que le maneja la plata, pero en un celular, esposado y atormentado.

Para Julio, fue sólo un llamado, ya saben a quién, sentarlos a las diez de la mañana de hoy en el programa más escuchado de la radiofonía argentina y asegurarse un trato amable. Claro que lo lograron.

Un periodista amigo, entendido en rock, me dijo hace poco que la primera nota después de Cromagnon, los Callejeros se la iban a dar a Juan Di Natale en la Rock and Pop que los apoyó desde el inicio.

El apoyo desde el inicio es muy importante para las banditas de rock. Hay que ser de la primera hora, supongo que como mami que es de la primera hora también y hasta la última hora de ella o de ellos. Esto significa, además, que no tiene ninguna importancia de quién gusten ellos sino que lo único que les importa es quiénes gustan de ellos. Lo cual es tristón por cuanto revela falta de ideas propias, excepto el amor a sí mismos y que no hay estéticas o ideologías a las que puedan reconocer como previos a ellos o superiores a ellos. Las cosas sólo son en relación a sí mismos.

Y si gustó de vos entrada y nunca te abandonó pues es amigo.

Para quienes no lo saben porque ya no son jóvenes y escuchan jazz, o son los jóvenes que escuchan ¡y hacen! jazz, los Callejeros fueron bastante famosos antes de la tragedia cuando embocaron un hit “Una nueva noche fría” que hasta pasaba Néstor Ibarra en Radio Mitre, lo que es decir. Esa canción prueba que Pato imita Indio. Cuando esto ocurrió, la fama módica, la sudamericana fama, muchos medios grandes y chicos, diarios y fanzines, quisieron hacer reportajes a Callejeros pero se los negaron a la mayoría porque “cuando te mandaba las gacetillas no me diste bola” y, entonces, daban notas sólo a quien tenía probada la lealtad maternal con ellos.

Entonces, se publicaron unos muy pocos reportajes que son, más bien, un encuentro con fans encubiertos. Lo curioso es que los periodistas no eran fans sino que, de pedo, les habían dado pelota antes, pero porque les sonaba amigable el rock chabón, no porque los amaran en especial. La cosa es que los reportajes se parecían a lo que los Callejeros creían que estos periodistas eran y, entonces, estos periodistas fueron fans. Como lo fue hoy Feinmann, aunque por su lealtad marcial y mercantil a los dueños de los micrófonos. La idea de aquellas entrevistas siempre apunta a “lo que cuesta consolidarse como banda”, a “que no te dan bola”, a “cómo crecés de a poquito”. En fin, el llanto. El gasista de la vuelta de casa perdió un ojo hace poco, trabajando, y a la semana, levantó la cortina de nuevo. Su padre un día también le dijo: “¿gasista? Van a hacer más falta los electricistas”. Pero él era un soñador del gas, pensaba en gas, olía a gas, gaseaba. Y el también empezó de abajo, como ayudante, con una garrafita chiquita y después se compró un calefón a botonera y ahora su nieto se llama tiro balanceado. En el medio, se casó, tuvo hijos, se mató la hermana, y se levanta a mear a las tres y a las cinco de la madrugada por la próstata. ¡Y no llora! Los Callejeros, los Attaque y todos los fachos del rock se la pasan llorando.

Repasando, ellos son el mago del casamiento, van, tocan, recaudan y se van. Y, como el mercado es libre, otro día los contrata otro y van, tocan.

No, man, no es así.

Vos querés celular, chata para llevar los equipos, comprarle una casa a tu madre. ¡Y esas fueron entradas de más, Pato! Querías llegar rápido a Valeria del Mar. Pisaste a una nena. Cagaste. Manejá despacio. Ahí están los cartelitos de la ruta.

Los Callejeros se hicieron masivos, por obra y gracia de un hit, lo que no los pone en ningún acuario distinto que los Milli Vanilli. Y llevan gente a los recitales porque encontraron la fórmula de la demagogia justa para ser seguidos por algunos miles. Una fórmula que puede no funcionar con algunos otros miles, que son menos chabones o que son más chabones y siguen a otras bandas, tan irresponsables como ellos, al menos hasta el 30-12.

En los recitales, en las calles, en la 105 y playa, los pibes putean mucho, con la patente de la rebeldía y descuido que les transfieren cada producto, cada uno de los productos, destinado a la juventud, y que se advierte en su diseño, en su marketing y en su publicidad. Pero, gran parte de lo que designa como rebeldía de los jóvenes, no es más que una licencia poética, sostenida en una extensión de las posibilidades de sus cuerpos jóvenes (nuestros cuerpos jóvenes) en una actitud social. Se combina con que, por esa razón, tu viejo ya no puede pegarte más y, entonces, lo enfrentás porque ya estás uno a uno. No sos rebelde, creciste, era eso. Que tengas el pelo largo o corto, es una cuestión de modas y peluqueros. La bandita de rock en el garaje o sentarte en la vereda no es más que el hecho de que estás verde y que te bancás las incomodidades porque estás aprendiendo a vivir. Porque cuando aprendas, au revoir a la veredita y no por adocenado, por inteligente.

Sin embargo, se ha resuelto creer estas historias de la rebeldía de los jóvenes. Y esto, que es por comodidad, ya no lo es por inteligencia. Porque sin lugares comunes, mucha gente no sabe quién es.

La rebeldía de la juventud es una mentira grande como una casa. Pero la gente que habla por televisión y las maestras pintarrajeadas de las escuelas creen y enseñan que los pibes son rebeldes y, ellos, tan contentos, tan rebeldes, les hacen caso. Hacen la rebeldía, obedientemente, como los Callejeros. Como tantos otros.

“A tu edad, muchacho, yo no tenía tantos pájaros en la cabeza”, decía en alguna película como Pimienta, Luis Sandrini, y la cosa es que el pibe al que le hablaba no tenía pájaros en la cabeza, si es que eso se entiende por ganas de volar o muchas ganas de volar. El tipo no se quería convencer de que para ganarse la vida hay que laburar o hay que hacer algo con la vida que implique el riesgo de perder. No era rebelde, era vago o cagón, el sobrino de Sandrini.

El Caso Cromagnon fue el Caso Ibarra durante todo enero y parte de febrero pero haríamos bien en conseguir que se transforme en el Caso Callejeros. Tiene el problema de que si uno enfatiza en Callejeros, se “benefician” Chabán e Ibarra, que si se enfatiza en Chabán, se “benefician” Callejeros e Ibarra. Ibarra y Chabán fueron hostilizados, posiblemente, en la medida justa pero hay que desconfiar de los lugares comunes, sin los que deberíamos poder vivir, aun al costo de la soledad. Mientras las piedras de tantos pecadores caían sobre las cabezas de Aníbal y Omar, los Callejeros comenzaron la venta de discos más espectacular y rápida desde la muerte de Kurt Cobain. Y de remeritas, colgantes y broches.

La ideología de soy el mismo.

Pato, que ya es un necio bíblico, fue a la radio vestido con remera negra según vi en las imágenes por Internet y utilizó un lenguaje, con Oro y Feinmann, muy joven. “Había una banda de gente”, dijo en un momento, que es lo que antes era bocha de gente y lo que sería mucha gente si hablara como el adulto que es y al que se niega. La rueda demagógica con la que llegaron arriba, a llenar Obras, Excursio y tres Cromagnones continúa —son perros entrenados—, y son ahora sus muertitos que, sabemos, flotan en el mar, a los que usan para no hundirse. Chicos de callejeros, si yo mato a mi mamá (pongamos otro ejemplo mejor: si Ayelén mata a su mamá, es homicidio agravado por el vínculo, no atenuado). Que hayan llevado a sus familiares a los recitales no prueba su inocencia sino que, su irresponsabilidad tenía el extremo del vínculo y la consanguinidad.

Los muertos propios estuvieron firmes junto a la banda, hoy en la radio. Esas fueron las instrucciones: matar a Chabán, mantener el código jóvenes que hacen su experiencia artística y hacerse las víctimas. En esta etapa Callejera había que madurar. Y si hace seis meses no le daban notas al No de Página/12, ahora van directo a la oficina del diablo.

Pero, entonces, sacate la remerita, ponete una chomba, Pato, una camisa.
Mi interés igual era el punto tres, esos corazones de quince años (como dijo alguna vez ese maestro de la demagogia, el Indio) obnubilados por los Callejeros.

Pero no sé qué hacer.

Imagino que empeorará porque el Pato ensayará el personaje del líder místico, al que el rock suele empujar con las inmensas fuerzas de los clichés, en cuanto un brutal llamado a madurar se topa con una negación que tiene raíces en el centro de la tierra . “Nunca es justa la felicidad”, dice ahora su página de Internet en fondo negro. Que, claro, no significa nada.

Parto, habiendo dicho, con algunas preguntas para el fiscal por si convoca a Patricio Fontanet, o al bajo, o al batero o al de la guitarrita. Porque los chicos siempre están en grupo.

¿Qué callejean los callejeros?
¿Por qué están en la calle?
¿Qué les gusta de la calle?
Ser callejero es distinto que ser qué. ¿Avenidero (en el sentido de la avenida Santa Fe o en el sentido de la avenida Provincias Unidas? ¿Distinto que rutero?, ¿distinto que playero? ¿distinto que what?
¿Por qué la onda negra de sus remeras?
¿Qué era lo negro del asunto? ¿Qué es lo que está tan oscuro?
¿Puede decirse que se camuflaban para la noche?

y

¿Por qué creen que no pueden ver que lo que hicieron estuvo mal?


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