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27 02 2005 - 05:03

Pasa a menudo: la Teoría de los Dos Demonios no se formuló nunca, pero de tanto invocarla se hizo realidad y así es como esta noche todo se reduce a una competencia entre Eastwood y Scorsese, argentinizando la entrega de los Oscars de una manera mucho más profunda y preocupante.

Eastwood es, me parece, un fraude. Sí, la última media hora de Unforgiven está bien, A Perfect World tiene sus momentos y el tipo demostró cierta sensibilidad al darse cuenta de que Bridges of Madison County tenía que suceder casi exclusivamente en la cocina de la protagonista. Pero igual. Million Dollar Baby? Dejáte de joder. No se trata sólamente de que Eastwood filme todo el tiempo planos que no-se-pueden-pegar (Absolute Power y Black Hunter, Black Heart son una tortura difícil de superar, en ese sentido) sino también de lo que él representa, y no me refiero al ícono machista y violento que, en lo que a mí respecta, podría ser sin problemas si supiera actuar o dirigir o algo. Eastwood representa algo peor: la ilusión de cambiar las cosas desde adentro. La promesa de que si hacés mierda durante veinte años, el Sistema te recompensará al final. El estoico buen alumno se lleva el reloj de oro.

Scorsese, en teoría, representa lo contrario: la guerrilla estética que se abre paso a la fuerza y cambia las cosas desde afuera. Sólo que, claro, habiendo visto Gangs of New York y The Aviator, no queda espacio para defender tampoco esta postura. El demonio para el que trabaja Scorsese ya se ocupó de licuar el cerebro de la mayoría de los cineastas de su generación; se trata del proceso que Richard Lester llama “cocooning” y es lo que le pasa a la gente que no toma más el subte. Perdón por insistir con Lester, pero ya hace dos semanas que terminé su libro y no pasa un día sin que algo me remita a las cosas que leí ahí. Raro, porque el librito parece más bien inofensivo.

Como bien sabemos, la gaseosa teoría de los Dos Demonios sostiene que los dos extremos opuestos son lo mismo, y en este caso no habría ninguna dificultad en aplicarla si no fuera por la ausencia, en la analogía, de alguna postura que represente el púlpito democrático y civilizado desde el cual este tipo de “teorías” suelen denunciarse. No hay. Y sí hay, en cambio, un tercer demonio, tal vez más ominoso que el resto.

Finding Neverland, que con un poco de suerte perderá en todas las categorías para las que está nominada, consigue trascender todas estas consideraciones (ya de por sí anecdóticas) sobre las estrategias personales y los modos de producción. Lo hace ofreciendo, para variar, una visión del mundo tan consistente como convencida. Problema: es una visión de mierda. La película de Marc Forster no sólo desperdicia la extraordinaria historia detrás de J.M. Barrie y el desdichadísimo adulto en el que se transformaría su nene-musa; también destrona al Zemeckis tardío en su afán de asimilar la imaginación a la Fe, lo cual es inaceptable por donde lo mires.

Igual que Zemeckis en Contact (y, de una manera igualmente indignante aunque algo más oblicua, también en Cast Away), el sorete de Forster ya tiene resuelto, antes de empezar su película, que todas las preguntas posibles tienen la misma respuesta:

B-E-L-I-E-V-E

Fuck believing. I want to know.

Pocas cosas más perversas que responder con la Fe al ansia de conocimiento de un nene.

“Bueno, sí, tu mamá se murió, pero si creés siempre la podés ir a visitar a Neverland.”

¿Sabés qué? No. Las gallinitas no hablan. Y si hablan, te apuesto lo que quieras que no es para taparte la boca cuando hacés preguntas difíciles.

¿Qué se puede hacer salvo ver los Oscars? No sé, algo habrá. Pero puedo asegurar, habiéndolos leído, que los diarios del domingo no son una buena alternativa.


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